César Arístides
Autor de uno de los poemas fundamentales de la poesía mexicana, en el que metafísica y deslumbramiento, contrición y revelación convidan sus esencias: “Muerte sin fin”, de José Gorostiza, convirtió la llama de la búsqueda/pérdida del ser en una reflexión mística/mítica sobre el quebranto eterno y la concepción del instante, del segundo como testimonio de la vida terrible y perdurable. Previo a esta composición emblemática, el poeta trazó un sendero donde la inocencia infantil, la alabanza al recuerdo más recóndito y el avistamiento al ser superior, a su murmullo y señales, incluso con los gestos de la muerte, son piedras de toque, los primeros albores de una noción memorable sobre la razón/ sinrazón existencial.
Y para muestra de lo que sería ese poema de la consumación, la duda y el desahogo, los versos de “El enfermo” ofrecen elementos clave en la poesía madura de Gorostiza: el miedo, el presentimiento, la reflexión severa sobre la vida que se extingue y el amor que se deshila, vida que se vuelve rumor, transparencia, nada.
Algo acecha a la conciencia y al mundo exterior, señales taciturnas de luz y sombra, un momento de dolor, el presagio triste: “Por el amplio silencio del instante/ pasa un vago temor./ Tal vez gira la puerta sin motivo/ y se recoge una visión distante,/ como si el alma fuese un mirador./ …/ Afuera canta un pájaro cautivo,/ como si el alma fuese un mirador”.
El tiempo entonces es un velo de amargura. Se siente en el poema que, en efecto, algo se acerca/cerca, llena con inquietante silencio el ambiente, anuncia lo que no quiere/debe anunciar, señala lo que delira en lamento y orfandad; abre el camino con cautela no sólo al miedo o a la gravedad de las emociones rotas, también a la presencia sutilmente oscura que toca la última puerta, el último vaso, la última voz, mientras un pájaro rompe con hermosa violencia el armazón de la agonía.
Pero el poeta regresa a definir la estampa, el dibujo intenso de vida que pende de un latido frágil. El poeta eleva los misterios del final con místico dolor y enciende mayor vida a esa flama de muerte que se asoma: “Tal vez fingen las cortinas altas/ plegarse al toque de una mano intrusa,/ y el incierto rumor/ a las pupilas del enfermo acusa/ un camino de llanto en derredor./ …/ En sus ojos opacos, mortecinos,/ se reflejan las cosas con candor,/ mientras la queja fluye/ a los labios exangües de dolor./ …/ Cuenta la Hermana cuentas de rosario/ y piensa en el Calvario/ del señor”.
En la quietud y la penumbra, en la caída y el tiempo que de pronto abre sus ojos, en el sueño despierto del miedo, la tarde es símbolo de lo que apenas se mueve tras los párpados, la ventana, la plegaria, la vida; mas ésta última no se detiene con la muerte, da luz al misterio de las cosas que se alejan: “Pero invade la sombra vespertina/ un extraño temor,/ y en el péndulo inmóvil se adivina/ la séptima caída del amor./ …/ Tal vez gira la puerta sin motivo. Afuera canta un pájaro cautivo,/ y con gota fugaz el surtidor”.
¿Gira la puerta por el efecto de la pena? ¿Gira la soledad en ella, el vacío la entraña silente de lo funeral? ¡Gira el mundo etéreo y real! ¡La vida es el pájaro y la gota, la existencia es un sendero luminoso donde se mece la palabra, la sentencia y la muerte! Con versos preclaros y de sutil sonoridad, frases que se enlazan con cadenas de viento y susurro, “El enfermo” es un postigo donde puede verse lo que es/será esa muerte sin fin, ese cortinaje extático, el rubor helado que cincela nuestras dudas y anuncia la certeza de nuestra palpitación efímera.
