Fallan los hombres
Jorge Carrillo Olea
A raíz del desastre de la administración municipal de Cuernavaca, municipio victimado por el cinismo, la ratería más increíble, la impunidad y la total ineptitud, surge una ya antigua reflexión basada en reiteradas realidades: el municipio mexicano no funciona. Corrupción e ineficiencia son el binomio letal. Las hay aparentemente en casi todas partes y todos los días. Fallan los hombres, hasta los de buena fe. La verdad es que hay una disfuncionalidad estructural.
En materia de organización política y comunitaria, el municipio aún con otros nombres y en otros países es un concepto intocable. Es antiquísimo, prerromano. Es intocable en su figura, pero de que algo falla, algo falla y eso es imputable en distintos grados a casi todos los municipios, sin importar su magnitud, dimensión o naturaleza. Cuando un presidente termina su gestión exitosamente es debido más a su personalidad que a la respuesta de la institución en su conjunto. Una mayoría de sus titulares pierden popularidad crecientemente en sus meses y años de responsabilidad y salen desprestigiados. Es algo injusto para los gobernados y para los gobernantes dignos.
Los municipios son la base de la organización territorial, de la división política, de la división administrativa de responsabilidades. Su carga es directa e inmensa respecto de sus posibilidades. Sí, administra su hacienda pero ésta suele ser magra en ingresos y egreso, insuficiente por ineficaz, desordenada en el nulo control de las participaciones vastas federales. Consecuentemente sus servicios son terriblemente ineficientes: agua, drenaje, alumbrado, panteones, rastro, calles y jardines, limpia, mercados o alumbrado. Los de seguridad sencillamente han hecho explosión. Y se dejan en el limbo nuevas formas de un deber hacer, como la preservación y promoción ambiental que si en algún nivel es manejable es en o con el municipio. Tal función no está en sus facultades constitucionales.
El método de elección de autoridades es absurdo. Esa sería una base de la ineficiencia de su gobierno: la falta de identidad legítima y responsabilidad con el pueblo. Lo rigen las mismas normas que para elegir al presidente de la república, al gobernador o a un legislador federal. Hoy es posible la candidatura ciudadana para ellos pero no para la de un ayuntamiento.
Absurdamente, la novísima reforma constitucional (agosto 2012) desconoce la raigambre del ciudadano distinguido y respetado. No cuenta a su favor su fama pública, su honorabilidad abiertamente reconocida, hay que pertenecer a la CTM, a Morena, al SNTE, ser cenecista, ser Verde o parecerlo. No cuenta la filantropía ciudadana. ¿El resultado?: un ayuntamiento que simplemente es la parcelación del dominio municipal para dividirse el poder, los increíbles sueldos, prestaciones y abusos, y con ello una riqueza inalcanzable por otro medio, el dinero que nunca fue soñado.
Algo huele mal en el municipio mexicano y no es su concepción. Básicamente huelen mal sus autoridades, habiendo veces que es sólo por incompetencia, sobre todo en los municipios rurales pequeños. Sus conductores pueden tener mil cualidades pero frecuentemente son sumamente limitados en preparación. Y luego, aun en municipios ahora conurbados totalmente, en los que se hace prevalecer ese engendro del populismo que son los “usos y costumbres” que es un eufemismo de autogobierno, se juega con la figura y resulta que núcleos importantes de población se sustraen al régimen legal corriente y se acogen a un supuesto indigenismo cuando así conviene y son titulares del derecho común cuando así les place. Resultado: impunidad y retraso.
Entonces, señores constitucionalistas y científicos de la política, pero también sociólogos y todos nosotros: ¿qué hacemos con el municipio?
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…Suspensivos. El Tribunal Electoral es un sostén de la democracia electoral, pero no como recién dio muestras. En más de mil páginas de dictamen final, no reconoció una sola debilidad del sistema. Ni una paja de irregularidad a los ganadores. Laudos perfectos sobre la lógica imperfección que tiene un proceso. Discursos inaccesibles y eternos. El lenguaje corporal lacayo por versallesco del presidente al entregar el primer premio. ¡Un frustrante final!
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