Ricardo Muñoz Munguía
La pureza de la estancia es un andar por la poesía. Poesía que delinea el lenguaje, lo hace puro. Así las Estancias que se dibujan a lo largo del poemario de Itzela Sosa.
Estancias se traza en cinco secciones. En los primeros tres apartados nos llama la atención o nos hace voltear hacia los elementos que los clásicos griegos marcaron con la filosofía presocrática, un periodo que marcó a la cultura tanto griega como europea. Los elementos (“estados de la materia”) a que hacían referencia son tierra, agua, fuego y aire. Y las divisiones de Estancias son: Agua, Aire, Fuego, Tiempo e Hibridez. Así, de algún modo, Itzela Sosa, autora del libro que hoy nos convoca, señala hacia la voz de los elementos que definen su universo, como el que cada autor debe tener, y lo lleva a la página con la pasión de la palabra, una fiel estancia que ella habita para, desde ahí, subrayar esas presencias: “El destino es un horizonte de agua” o “El abismo está hecho siempre/ del que cae en él” o “palabras como espejos que se encienden” o “El silencio es siempre un horizonte” o “Se nace del misterio en el que viajan los siglos”. Horizonte, destino, tiempo…, o vasos comunicantes de Itzela Sosa que conectan una estancia y otra.
Itzela Sosa (Cuernavaca, Morelos), traductora, ensayista e investigadora social, hace de su voz la estancia de la luz y de la noche. Ambas estancias despliegan, a veces en conjunto, a veces por su lado, sus territorios, es decir, los elementos de los que se nutren como la soledad, la muerte, la memoria, la palabra…, en sí, la pureza a la que la autora de Memorias de intemperie (2010) acude para sembrar su mirada, que va más allá de la noche en la que habitan nombres, furias, desavenencias, temores, o donde el día enmarca profecías, sueños, paraísos, instantes de luz.
Itzela Sosa, Estancias. Eternos Malabares / Fonca / Conaculta / Ayuntamiento de Cuernavaca (Colección Mester de Junglaria), México, 47 pp.
