Sara Rosalía

Aquí hay varios intelectuales que disponen de varios nombres y suelen omitir sus apellidos, el ejemplo más conocido es el de José Agustín que se queda sin apellido por el riesgo de que lo confundan con su tío el famoso compositor José Agustín Ramírez. Por el contrario, Gore Vidal consta de dos apellidos y deja para su acta de nacimiento sus nombres de pila, Eugene Luther, para aceptar el apellido de su padre, Vidal, y el de su abuelo materno, Gore, quien fue senador demócrata y a quien el futuro escritor admiraba profundamente.

La sensación es que con la muerte de Gore Vidal se apaga una luz crítica en la literatura de los Estados Unidos. Adquirió fama con una novela titulada La ciudad y el pilar de sal, que trata sobre Jimmie Trimble, oculto en las páginas del libro bajo las iniciales J. T., un muchacho que murió en la batalla de Iwo Jima, en 1945. Su temática gay propició que alguna revista se negara a reseñar sus obras siguientes. Pero, como afirma el autor, la prohibición incita la curiosidad y desemboca en publicidad para el artista.

Gore Vidal no desdeñó los medios masivos de comunicación y escribió, además de obras teatrales, que fueron adaptadas a la pantalla, guiones para el cine y la televisión. Una escena de Ben Hur, en la versión de Willian Wyler, que el conservador actor Charlton Heston se negaba a interpretar por advertir en ella un tono homosexual, le ocasionó problemas. El guión original había sido encomendado a otro argumentista y fueron llamados para darle un nuevo tratamiento Gore Vidal y nada menos que Christopher Fry, el dramaturgo inglés muy conocido en México por la versión española de Que no quemen a la dama, de León Felipe, y las clases de Salvador Novo de teatro inglés.

Dos obras le acarrearon mayor fama. Juliano el apóstata, una novela histórica que sucede en Bizancio, y Myra Breckinridge, sobre la transexualidad, que en los tempestuosos sesentas fue llevada al cine por Mae West, ícono de la cultura gay, y Raquel Welch, un símbolo sexual de esos años. (Menor atención despertó su secuela, Myron, aunque si no recuerdo mal, también se tradujo al español).

Con Burr, de 1973, comienzan sus incursiones en la novela histórica de tema norteamericano y el escándalo es mayúsculo. Referirse a la parte más voluminosa de George Washington con todas sus letras no era el mayor de los desacatos, ya que desmiente leyendas en torno a su vida y critica sus acciones políticas. Consideraba, según declaraciones a La Jornada, a la guerra de Secesión en Estados Unidos como un castigo por la invasión a México de 1846. Esta idea no es casual, su abuelo, el senador Gore, era contrario a la política expansionista de Estados Unidos, una de las caras más oscuras del imperialismo norteamericano. (Por otro lado, tenía relaciones familiares con los gobernantes de su país, era, por el matrimonio de su madre, hermanastro de Jacqueline Kennedy, primo de Jimmy Carter y de Al Gore, presidente y vicepresidente de EU, respectivamente. Ya no en sus ficciones, sino de viva voz, consideraba a Bush el más tonto y peligroso de los que han habitado la Casa Blanca.

Era especialmente original en su literatura. Juliano el apóstata, está escrita en forma epistolar, y a la investigación, siempre calificada por los críticos como meticulosa, suma la originalidad de llamar a las ciudades con los nombres más familiares a los lectores, ya el más antiguo, ya el actual y las fechas de las cartas siguen el calendario nuestro. Burr está escrita en primera persona y cuando este personaje histórico muere en las páginas de la novela, Gore Vidal se las ingenia para relatar el desenlace por medio de un obituario. Hace unos días, observé a un joven alumno leyendo con evidente interés su más reciente texto: Sexualmente hablando. Su novela Creación, publicada ya en su versión completa en español, es bastante más voluminosa que Terra nostra, de Carlos Fuentes, que ya es decir mucho.