Entrevista a Leopoldo Brizuela/Premio Alfaguara de Novela 2012
Eve Gil
Contrario a la mayoría de los ganadores del Premio Alfaguara, Leopoldo Brizuela (La Plata, Argentina, 1963) no parece familiarizado con las entrevistas. No deja de sentirse raro, nos dice, desde que la escritora española Rosa Montero, en calidad de presidente del jurado del premio, le habló para comunicarle la buena noticia, y él no supo qué decir. “Pero, hombre, cariño —le dijo— te estoy avisando que ganaste el Alfaguara.”
No estamos hablando, sin embargo, de un autor neófito: Leopoldo tiene publicadas cinco novelas previas a eésta, dos de las cuales han sido distinguidas con premios nada despreciables: Inglaterra. Una fabula (Premio Clarín 1999) y Un melodrama, finalista del prestigiado Rómulo Gallegos en 2011.
Una misma noche, obra que lo hizo acreedor al premio con que se da a conocer entre los lectores mexicanos, es, desde mi particular sentir, de las mejores que han surgido de este premio, desde su institución en 1998.
Experiencia personal
Aunque Una misma noche tiene un inquietante talante de novela autoconfesional, no puedo evitar sorprenderme cuando Leopoldo Brizuela me confirma que está inspirada en una experiencia personal, que no es para nada casual que su protagonista, Leonardo Bazán, sea, como él mismo, escritor y tenga sus mismas iniciales.
“Mi idea original —dice— era escribir una novela conformada por muchas versiones de un mismo hecho, razón por la cual hablé con mucha gente que había vivido la dictadura, pero al final no fue así. Se quedó un solo personaje, Leonardo Bazán. Pero quise ir mucho más allá del recuerdo, como la reaparición de un recuerdo cancelado de manera inconsciente, que de pronto se apropia del personaje y se convierte en el eje de su búsqueda vital, de su vida, en una necesidad de reafirmarse del lado de las víctimas y no de los verdugos.”
Esa misma noche transcurre, simultáneamente, en 1976 y en 2010. Un niño de unos doce años toca el piano mientras algo terrible sucede en la casa de al lado: la detención y tortura de Diana Kuperman, una joven e intachable abogada judía. Treinta y cuatro años después, ese mismo niño continúa viviendo con su madre y una mascota, permanece soltero, se ha convertido en un escritor de cierto éxito y es testigo de un asalto en la misma casa, ocupada por otra familia.
“Hay dos cosas verdaderas —dice— en el libro: efectivamente, en 1976 la policía irrumpía en todas las casas —«nos entraron», decía la gente, y esa misma frase es repetida por la esposa del médico cuya casa es asaltada: «nos entraron»—; ni siquiera hacía falta estar «sospechado». A mi familia y a mí nos tocó; también yo era un niñito y fue una cosa violenta, atemorizadora, a pesar de que finalmente no pasó nada… pero dejó un trauma en mí. En mi caso particular, no me sorprendía que lo hubiera olvidado, sino que no pudiera entenderlo. Empecé a contárselo a algunos amigos y todos me daban versiones diferentes, y yo archivé todas esas conversaciones con la idea de, alguna vez, escribir una historia, y eso pude llevarlo a cabo cuando sucedió la otra cosa verdadera del libro: un asalto perpetrado por la policía, según supimos después, a unos vecinos.”
Al igual que Leonardo, Leopoldo tiene la convicción de que la literatura es un refugio, la única posibilidad de salvarse. Y la novela está llena de referencias literarias, y aparecen personajes que, a través de los libros, cicatrizan sus tremendas heridas, como sería el caso de Miki, el mejor amigo del protagonista.
“El reto de la novela es reconstruir algo que pudo haber sucedido —continúa el autor— y hacerle sentir al lector que se trataba de un hecho absolutamente real, y me pareció que sería mucho más efectivo si jugaba con diversas posibilidades, sin aferrarme a una sola versión.”
Nombres familiares saltan por todas partes, entre ellas el del ex presidente Néstor Kirchner —a quien se debe la reapertura de todos los casos de la época de Videla y los llamados juicios de la verdad— a quien las Madres de la Plaza de Mayo lloran durante su sepelio, la propia presidenta, cuyo nombre nunca se menciona, los verdugos y las víctimas, y el caso real de la empresa Papel Prensa, que abastecía los diarios de la Argentina en la década de los setenta, y de la que la dictadura se empeñó en adueñarse a costa de la tortura y desaparición de todos los involucrados, desde el propietario hasta los empleados. ¿Existió Diana Esther Kuperman, quien fungía como secretaria?
“Ese es un personaje inventado —responde Leopoldo—. Casi todos los personajes lo son pero, en efecto, los mezclo con nombres reales y reconocibles. Las declaraciones sí son reales, porque Diana Kuperman es una mezcla de muchos personajes que padecieron ese horror. Aunque definitivamente, como en la novela, no creo que haya sido casual que el régimen se haya ensañado particularmente con los judíos. Los propietarios de Papel Prensa lo eran, se les arrebataron los bienes bajo tortura y después se les desapareció.”
De Leonardo Bazán sabemos poco, casi nada; de hecho, antes del asalto a la casa de sus vecinos, parece un anodino cuarentón que saca a pasear a su perra, pero el personaje va revelándose cada vez más y, casi al final, descubrimos que es homosexual; sin embargo, a diferencia de otras novelas con protagonista gay, la historia no gira en torno a su sexualidad, y le comento a Leopoldo que es la primera vez que leo una novela donde la homosexualidad del personaje es incidental y secundaria, es decir, algo normal, cosa que celebro profundamente.

