Gabriela Rubio

Me habían dicho que era un buen lugar para suicidarse en caso de ser necesario. Me bajo del autobús en una curva al pie de un sendero ascendente que se pierde en el bosque. El chofer me indica con su dedo índice —que bien podía haber sido otro pulgar— el fondo del camino. Asiento y espero a que el ruido del camión solitario se desvanezca.

El camino es fácil de andar, no siento pesadez en los zapatos como suelo sentirlo.

Me sonrío a mí misma por haber tomado la buena decisión de dejar la mochila en el pequeño hotel del puerto.Siento extrañamente como si al fin, quizás en toda mi vida, estuviera tomando buenas decisiones. Cuando me doy cuenta la vereda ha desaparecido, no sé cuanto tiempo he caminado con pasos seguros. Continúo en línea recta. Me siento suspendida caminando sobre las mismas piedras que ya he pisado antes.

A esta altura el viento golpea con fuerza. Por primera vez en esta mañana mi cuerpo responde a mis órdenes. A unos pasos el gran muro ofrece su caída de ciento cincuenta metros. Mis pies permanecen anclados a la orilla. Saco de mi bolsillo una pequeña navaja. La vena anticipa el filo, hinchándose. Mi mente sigue como en todo el transcurso, ausente, quizá ya se ha adelantado al abismo. Esas líneas azules y púrpuras revelan su color verdadero.

El aire que golpea mis oídos me anuncia el trayecto. Permanezco inmóvil algún rato hasta sentir hormigueo en los pies. Camino sin problemas los tres pasos faltantes, extiendo los brazos para entregarme a lo inminente. Un viento a mis espaldas me da el último empujón. Es cuando abro los ojos, no sé cuándo los cerré. Al separar los pies de la tierra siento vértigo y en seguida desaparece cuando me veo flotando. Como las notas de una pianola pasan frente a mí las partituras del muro.

Puedo ver mi sangre escapar por la delgada incisión de las muñecas. Las gotas flotan como espeso mercurio a mi alrededor. Algo me dice que estaré vacía antes de llegar al fondo. Entre espuma y rocas alcanzo a notar varias aletas grises serpenteando en el agua. Muchos encuentran consuelo en los brazos del muro norte de Veracruz.