Patricia Gutiérrez-Otero

Todo tiene su tiempo y razón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar… Eclesiastés 3, 1-2

Empezó el otoño, no tardaremos en llegar al invierno. El invierno es el tiempo en el que lo viviente duerme, entra en un estado de descanso, casi de muerte, mas solo es casi… Todo sigue a ritmo bajo. La vida late, apenas imperceptible, según los diferentes climas, pero ahí está, rehaciéndose, recuperándose, retomando fuerzas, creando potencia para brotar cuando el tiempo sea oportuno, cuando el viento cálido sople y los brotes se atrevan a despuntar en cada rama, en cada arbusto, en todos los árboles.

El otoño no es fácil, es un momento de dejar ir frutos, flores, hojas… Es el tiempo de prepararse a entrar en el lento proceso de la hibernación.

No es fácil dejar la primavera y el verano: el despertar y el apogeo de los ritmos. Una flor, tres flores, dos; cien vuelos de golondrinas, treinta cantos de jilgueros, dos fumarolas del imponente volcán. En el verano la irrupción de vida es vertiginosa: todo late y grita y se enciende como antorcha. Todo es llamarada, fiesta. La sangre corre por las venas sin freno, el corazón late más que nunca. Ningún atrevimiento es grande. Besar en la calle a la desconocida ya amada es apenas un asomo de verano. Buscar a la amada lejana y prohibida, no es impedimento: es carrera y gozo.

Ahora llega el otoño, el momento de empezar a apagar las antorchas para aguantar el más crudo invierno desde hace más de tres décadas. Estamos, en el cambio de los tiempos, según los mayas. En nuestras tierras no hay nieve, aunque en algunas partes la helada cubre las tierras. En todos los casos, debajo de la helada y de la tierra, se sigue organizando el magma y las lombrices y todo un mundo vivo en descanso: todo aquello que hará que las semillas, dormilonas, despierten sabiendo a donde van. En el otoño algunas especies deben emigrar para no morir, pero siempre prometen regresar; otras, entran en sus guaridas para descansar sus cuerpos, recogerse y reorganizar sus organismos; unas más, siguen afuera, enfrentando el medio, triunfando y, muchas veces, muriendo. Los sabios ritmos de la vida enseñan en qué momento ella se asoma, cuándo triunfa, en qué momento se separa, emigra, calla, se deja ir, un, tres, dos, en un fecundo y sabio silencio; los ritmos nos enseñan el renacer y el estallido de vida.

Además, opinamos que hay respetar los Acuerdos de San Andrés; respetar las autonomías indígenas y sus lugares; evitar los monopolios nacionales e internacionales; regresar a un modo moderado de vida; hacer los boicots comunes y necesarios; esclarecer la situación de las víctimas y los feminicidios; hacer unas leyes laborales y justas en cuanto a las Víctimas y en cuanto al Trabajo.