Alejandro Alvarado

El volumen de ensayos sobre Salvador Elizondo, Cámara nocturna, convocado por la editorial Tierra Adentro (Conaculta) es una relación entre lectores jóvenes de Salvador Elizondo, que fue dándose “de una manera azarosa”, refiere Daniel Orizaba, compilador del volumen. “La necesidad de reunir todas estas visiones o reuniones respecto a la obra de Elizondo, fue lo que me llevó a proponer la compilación de este libro. En realidad a varios de los autores puedo considerarlos elizondeanos, ya sea en su labor como narradores o como poetas, pero sobre todo como ensayistas”.

“Elizondo, yo podría decir que, dentro de esta generación de medio siglo llamada de La casa del lago (se ha denominado de distintas maneras), es uno de los escritores más importantes; no sólo es considerado uno de nuestros narradores más vanguardistas con Farabeuf, por ejemplo, sino que en el cuento, en el ensayo y en la traducción desarrolló toda una trayectoria que marca un hito en la literatura mexicana; curiosamente, es de estos autores secretos que siempre hay que revisar su obra; tal vez en la memoria de la mayoría esté presente Farabeuf, pero gracias a los recientes descubrimientos que hay de sus textos biográficos, autobiográficos —recordemos Autobiografía precoz o los Noctuarios—, nos hablan de este autor, narrador principalmente, que siempre tuvo con la literatura una manera de relacionarse con el mundo”.

—¿Qué se resalta en estos ensayos sobre Salvador Elizondo?

—Él es como uno de los maestros secretos que todos tenemos, principalmente, por la rigurosidad de su obra y por su capacidad crítica. Es un escritor con ciertos temas, ciertos modos y ciertas técnicas de hacer literatura y, al mismo tiempo, nos deja, a nosotros, como lectores, la lección de la crítica y de la rigurosidad en el acercamiento hacia la literatura; y creo que, de alguna manera, todos hemos visto, hemos logrado desarrollar una relación personal aunque no cercana físicamente con la obra pero sí con esta imagen del Elizondo que nos gustaría recurrir.

Me interesaba que se compenetrara, sobre todo, en las obras menos estudiadas por la crítica, sobre todo por la crítica académica. El ensayo de Pablo Martínez Lozada llamado “Confesiones de otra mascara”; habla, justamente, de estos textos biográficos y a través de ellos va construyendo o recreando una versión personal de sí mismo en la literatura. Por ejemplo, “Diario de la composición”, de Francisco Serratos, sigue también esta línea pero se enfoca, sobre todo, en los fragmentos del diario que se han conocido. Manuel Iris, que es un gran poeta él mismo, habla de Salvador Elizondo como alguien que estuvo siempre cercano a la poesía, no sólo como lector y crítico sino como poeta. Las relaciones intertextuales existen entre la literatura de Julio Verne y el ensayo del que trata José Miguel Barajas García. Algunas reminiscencias barrocas de Salvador Elizondo destacan en “El retrato de Zoé”, de María Inés Canto. El trabajo de Miguel Barrera trata de la relación de Elizondo y la tradición intelectual mexicana. Finalmente, toda la dimensión iconográfica, visual, que también está presente en Elizondo y es una de sus marcas propias, la aborda el trabajo de Martha Patricia Reveles, “Memoria, sueño y escritura”. Es esta constelación de temas de los que Elizondo siempre fue aficionado y nos los legó en su literatura.

—¿Qué es lo que se rescata en este libro de la producción poética de Salvador Elizondo?

—Es curioso porque este año se ha anunciado que sale Contubernio de espejos, uno de los libros de poesía de Elizondo; me atrevo a decir que sólo uno de ellos porque seguramente encontraremos vestigios de su poesía en algún otro momento; de hecho, él inicia como poeta, y los restos o rasgos que tenemos de Elizondo como poeta debemos reconocer que se relacionan con que él provenía de una familia de poetas modernistas. Una de las características principales de la poesía de Elizondo es su rigurosidad formal, no sólo desarrolla un gusto por las formas clásicas y trata de introducir formas novedosas, sino que también prefiguraran algunos de sus temas preferidos: la muerte, la permanencia, la memoria o las imágenes espectaculares.

—Salvador Elizondo es uno de los protagonistas principales de la vida cultural que se desarrollaba en México en los años sesenta… —Uno de los ensayos contenidos en esta compilación es el de Anuar Jalife Jacobo que habla de su importancia como editor de la revista Snob, de los temas que le interesaban. Además de formar parte de esta generación, Elizondo está siempre enterado de lo que está ocurriendo en el mundo, y nos habla de ello a través de la literatura en México; por ejemplo, del cine de vanguardia de la nueva ola. Elizondo participa de entre esta comunidad cultural no sólo como escritor, también como editor y además como una especie de conciencia del arte contemporáneo en su momento.

—¿Cómo define a Salvador Elizondo el transgresor de las letras?

—El sentido de la trasgresión más que como uno de los temas de los que ya se ha hablado o de algunos procedimientos que están en su literatura y por los que es reconocido, es en el sentido de la relación tan particular con las que aborda la forma y el fondo, y la manera en que conceptualiza la literatura. La literatura de Elizondo surge en un momento y en una época, justamente en los años setenta, donde vamos a encontrar que hay novelas imprescindibles, que hay poemarios que son ineludibles en nuestra tradición. La rigurosidad de Elizondo y su lucidez sobresalen, son notorias, sobre todo la rigurosidad; esto es, en otras palabras: la trasgresión de Elizondo es llevar a los límites de las posibilidades de la literatura a un punto en el que parece que aún estamos; llevar la marca, el registro de lo que se puede hacer con una rigurosidad; en eso es transgresor, en llevar los límites más allá, y en eso consiste la perdurabilidad de su obra y el impacto que tiene en los jóvenes lectores.

—¿Se le ha dado el lugar adecuado a la obra de Salvador Elizondo en la literatura mexicana?

—Quienes somos sus lectores y lo hemos apreciado, tal vez para bien o para mal, siempre tenemos presente la figura elizondiana y de su escritura. No estoy seguro de que sea tan conocido como pueden ser otros compañeros de generación por ejemplo, pero hay un grupo de lectores que siempre volvemos a él. Lo deseable sería, claro, que fuera conocido y reconocido por una cantidad mayor de lectores; pero esta misma rigurosidad, y, a veces, cierta meticulosidad en sus temas, en sus formas, tal vez no sea muy accesible para un público muy amplio.