César Arístides

Más de veinte años se han cumplido del fallecimiento de Thomas Bernhard, y su obra aún conmueve y enerva, apasiona y repele. Narrador delirante e impostor de la frase, ego que deambula por el razonamiento más profundo y también por la reiteración enferma; el novelista, dramaturgo y poeta nacido en Heerlen en 1931, hizo de la condición del escritor, del artista, una hoguera existencial para sublimar una de sus obsesiones literarias: la aniquilación. Y en El malogrado, que en el año 2011 rescató la editorial Alfaguara (Madrid, España), la reducción del individuo a pensamiento miserable, es revelada por una voz incisiva, equívoca y tenaz que nos habla del fracaso del artista a través del convencimiento de que la única alternativa que ofrece la vida para someter a los demonios es la extinción. Y no es casualidad que esta preocupación del escritor austriaco surja en toda su obra con seres miserables, ya sea fontaneros o pintores, estudiantes o dramaturgos, cuya vida sólo tiene descanso en el aniquilamiento.

Thomas Bernhard se vale de la amargura de un hombre, Wertheimer, con todos los atributos para triunfar en la escena pianística internacional, que decide, aún estudiante en un conservatorio de Viena, abandonar sus impulsos luego de escuchar al joven Glenn Gould. Escuchar al músico canadiense le permitió asumir su quebranto existencial, entender la inutilidad del arte en su vida y, paradójicamente, abandonar los deseos de enaltecer una carrera artística que le brindaba más que satisfacciones una mortificación que derivó en vacío.

De su caos espiritual y su refinada pesadumbre sabemos gracias a un amigo común, que luego de enterarse de la muerte de Wertheimer, bautizado por Gould como “el malogrado”, acude al sitio donde pasó días antes de su muerte, en un poblado gélido de la alta Austria; en ese lugar de penuria y decadencia inicia un soliloquio entrecortado, lleno de divagaciones y conjeturas, algunas demenciales sobre la existencia, el arte, el crimen, la amistad, la creación artística y la sublime/terrible belleza de la muerte.

Desde el momento en que llega a un mesón a cargo de una mujer viuda, gastada por el trabajo y la soledad más seca, y hasta la llegada a la casa del amigo muerto, nuestra voz principal revela las pasiones que compartieron con Gould y la devoción a su genio; desmenuza sin misericordia la condición autodestructiva de Wertheimer a pesar de su talento musical. No sólo relata sus vivencias cuando los tres coincidieron en el Mozarteum y el vigor de Glenn que alteró sus vidas: “Era el hombre más despiadado hacia sí mismo. No se permitía ninguna imprecisión. Sólo a partir del pensamiento desarrollaba su discurso. Aborrecía a los hombres que decían lo que no habían pensado hasta el fin, es decir, aborrecía a casi toda la humanidad”. Se cuentan además las horas de ensayo bajo un clima gélido, los sueños trémulos de los artistas y la forma en que la pasión dio su lugar al desencanto.

Por la rememoración sabemos que Wertheimer se alejó con desdén de sus padres que, sin embargo, siempre desearon su bien, que trató siempre de ser Glenn Gould pero no lo consiguió, aún así lo veneró y se hundió en la displicencia de la inacción. También se hundió cuando su hermana de cuarenta y seis años, a quien sometió con un trato brutal durante lustros, lo abandonó para casarse con un hombre millonario, se hundió cuando sus intentos por redactar audaces disertaciones filosóficas quedaron sólo en aforismos. Así, Wertheimer “se sustrajo precisamente al mundo que, como a sus millones de compañeros de infortunio, realmente sólo quiso siempre hacerlo feliz, lo que sin embargo él supo impedir con la mayor brutalidad hacia sí mismo y hacia todos los demás, porque, como también todos los demás, se había acostumbrado de forma mortal a su infelicidad como a ninguna otra cosa”. Y con ello despreció cualquier posibilidad de alivio a su amargura.

Consciente del hartazgo que le produce la vida se despide del mundo y Bernhard detalla las circunstancias en una evocación memorable: nuestro malogrado adquirió un piano desafinado, en pésimo estado, e invitó a sus antiguos condiscípulos durante dos semanas a su retiro en la alta Austria, allí compartió con ellos vinos y manjares pero también los sometió a la tortura de escucharlo interpretar durante horas a Bach y Handel hasta que, exhausto y de repente, les pidió abandonar la casa. Descansó en su cama dos días seguidos, luego se levantó, se alistó y se marchó a buscar a su hermana; cuando estuvo frente a su casa buscó un árbol cómplice para ahorcarse. Antes de abandonar su hogar para matarse, quema todos sus papeles y deja a la vista sólo una bella señal, un triste saludo: las Variaciones Goldberg interpretadas por Glenn Gould.

Con El malogrado, Thomas Bernhard confirma sus obsesiones: la angustia de los hombres, la alienación, el suicidio, el aislamiento ante la incapacidad de expresar sentimientos de bondad o misericordia, la enfermedad como condición humana, resultado de una conexión entre malestar físico y sentimientos podridos. Si en Tala la visión despiadada a la comunidad artística vienesa es parte medular de la novela, en El malogrado la severidad con la que se enjuicia al artista desertor también es implacable. El soliloquio en esta obra descubre la agria actitud del malogrado que se pierde en el laberinto de sus pasiones y su egoísmo. La soledad y amargura de estas páginas también nos recuerdan el abatimiento del músico de la novela Trastorno, del ser lisiado al que también cuida su hermana y que termina por golpearla brutalmente con una tranca. Así resuelve Bernhard el destino de sus creaturas/fracturas, como las que deambulan violentas, llenas de pesadumbre en Calera o Helada: sus infelices requieren del abismo y la extinción, se obstinan en hacer su vida desgraciada, insoportable, incluso apelan a la ironía para hablar de la tragedia.

A pesar del agobio existencial y el discurso sofocante, El malogrado es una novela de ensoñación y amarga belleza, una novela triste y hostil; su soliloquio concede estampas donde la nobleza del paisaje, de la música y de las atmósferas es suplantada por la observación resentida de estos misterios, por acontecimientos en los que los hombres se pierden en inhóspitas provincias, viajes en tren trazados por el hastío y un horror vestido de piano, de escultura, de amistad amarga.