A 39 años del crimen de Salvador Allende

Jorge Carrillo Olea

Para los latinoamericanos, el 11 de septiembre de 1973 fue un día aciago. Ese día con Salvador Allende murió una esperanza para la democracia del subcontinente. Fue asesinado por tres manos, por más que recientemente se haya oficializado que su muerte fue un suicidio que sí, es de creerse, pues sabía lo que le esperaba si lo tomaban vivo.

Las tres manos asesinas, suicidio o no, fueron Richard Nixon, Henry Kissinger y Augusto Pinochet. El primero, un cuáquero fundamentalista que rigió sobre el imperio como genio del mal y así terminó. El segundo, un estratega singular, sin el menor escrúpulo para nada, un talento de la política  internacional, estadista al servicio criminal de su país, que fue objeto paradójicamente del Premio Nobel de la Paz. El tercero, la mano ensangrentada que asesinó, desapareció, torturó o secuestró a millares de chilenos, hombres, mujeres, jóvenes. Hubo de ocupar la capacidad de un estadio de futbol para recluirlos. Tal  genocida habría de durar 17 años en el poder.

Por lo dramático del caso, por su nivel de tragedia épica, se ha escrito mucho sobre aquellos terribles días y sus tiempos secuentes. Poco difundido fue el entramado de sus autores intelectuales y sus fines. Estos fueron una muestra extrema de la paranoia constante de la sociedad y de los gobiernos de Estados Unidos. Era la guerra fría y el miedo histérico por todo lo que oliera a comunismo, y Allende era un comunista declarado.

El 17 de septiembre de 1970, tres años antes del golpe, Henry Kissinger como asesor de Seguridad Nacional del presidente Nixon por escrito le decía: “a menos que establezcamos un control directo, el programa de acción para Chile no funcionará”, “es un tema ambicioso y si tenemos que enfrentar falta de coordinación y resistencia estaremos peligrosamente expuestos”. Se refería a las decisiones de Estados Unidos para terminar con la corriente política encabezada por Allende, que se convertiría en presidente.

Describía la situación como sigue: “El Departamento de Estado es tímido y no simpatiza con este programa, el embajador Korry (en Chile) es un “misil sin rumbo”, actúa como jefe de su propio proyecto y trata de construir una operación él solo. Esto es peligroso e ineficiente desde el punto de vista de la inteligencia profesional. Korry está haciendo reportes inconsistentes y contradictorios. No sabemos qué está justificando o escondiendo”.

“Se recomienda: 1. Establecer una acción en Washington para iniciar el programa. 2. Enviar a Santiago un experto profesional”. Ambas recomendaciones fueron aceptadas.

El 5 de noviembre de 1970, el propio Kissinger en un memorándum externaba: “La elección de Allende como presidente nos coloca ante el más serio reto nunca encarado en el hemisferio, su decisión (la de Nixon) sobre qué hacer podría ser la más histórica y difícil”. “Allende es un marxista duro y persistente. Todo mundo acuerda que buscará establecer un régimen marxista en Chile, eliminar la influencia de Estados Unidos en el hemisferio y establecer estrechas relaciones con la URSS, Cuba y otros países socialistas.”

“Las inversiones norteamericanas podrían perderse y Chile podría desconocer su deuda de 1.5 billones con el gobierno y bancos de Estados Unidos Los eventos en Chile establecen la posibilidad de consecuencias adversas para nosotros pues están tomando formas extremadamente difíciles de manejar y nos colocan ante dilemas sumamente difíciles.” Propone elegir entre: “1. Aceptar un modus vivendi. 2. Iniciar hostilidades crecientes”.

Siguiendo las recomendaciones de Kissinger y después de comentarlo con el secretario de Estado William Rogers y el secretario de la Defensa Melvin Robert Laird, Nixon decidió acabar con Allende mediante la promoción de un golpe de estado y el encumbramiento de una junta militar.

De manera sucinta esta es la historia de los sucesos previos al golpe. Destaca la paranoia nixoniana, la visión imperialista y la decisión de no parar en consecuencias al atropellar a una democracia. La supuesta protección de intereses políticos y económicos del imperio costó la vida, sangre y desgracias consecuentes a miles, al menos a 40 mil familias de muertos y desaparecidos, que después de 39 años aún se lloran.

Semanas después del golpe, Kissinger opinó ante un medio periodístico norteamericano: “Creo que debiéramos entender nuestra política más bien que sentirnos incómodos con ella. El gobierno (la junta militar) es mejor para nosotros de lo que hubiera sido Allende”. Era la voz del imperio, el Destino Manifiesto.

 

 

Artículo escrito con material desclasificado el 16 de abril de

2002 por la Orden Executiva 12958 del Consejo

Nacional de Seguridad. En custodia de la George Washington University.

 

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