Patricia Gutiérrez-Otero
Contra la reforma laboral: mínimo consumo. Este mundo gira, pero no cambia gran cosa. Por lo menos no en este país, copa de la abundancia y llena de pobres y de miserables, que no es lo mismo, aunque parezca. Lo vertiginoso se nos ha venido encima. Vivimos en un ajetreo constante. En los trabajos nos exigen, según la óptica neoliberal, cada vez más y cada vez mejor. Eficiencia es la palabra de moda. Lo que no está del todo mal, pues a veces tendemos a nadar de pechito, salvo que desde hace unas décadas la actividad que debemos realizar no corresponde a aquello para lo que fuimos contratados, muchas veces cubre el trabajo de dos personas y no permite un buen desempeño en aquello que es nuestro oficio. En ésas andábamos, de facto, cuando nos cayó encima la Reforma a la Ley del Trabajo. Y, ahora sí, nos dejaron descobijados. Me refiero a los trabajadores de todos los gremios, no a los sindicatos que no fueron tocados ni con el pétalo de una rosa. Como un tsunami que deja profundas huellas, nos cayó el neoliberalismo en pleno. Nos dejaron preparados para ser un país de maquileros y para competir contra China, cuyos esclavos podían vivir con un plato de arroz, aunque ahora se rebelan. Todo a beneficio del patrón, de las compañías nacionales y extranjeras, del capital. Posibilidad de trabajo, dicen, pero de uno barato, sin prestaciones, pues puede ser efímero o romperse con gran facilidad y, por ello, sometido a la inestabilidad. Lindo remate del fin del sexenio del presidente espurio. ¿Antigüedad? ¿Lealtad? ¿Potencialidad? Estas y otras palabras suenan a añejo, a rancio, a un pasado cuyo presente no tiene cabida. Ahora es la mayor eficiencia al menor costo para el “patrón”. ¿Habíamos olvidado esa palabra? Pues, resurge ahora, aunque sin rostro. No hay un “patrón”. Nos contrata una “entidad”, sea gubernamental o privada. Nos contrata un sinrostro que puede despedirnos casi con un correo electrónico. No somos empleados, sólo somos trabajadores, y la palabra trabajo viene casi de una que corresponde a tortura. No somos comunidad, no somos sociedad, somos carne de cañón. Si el outsourcing era ya una práctica corriente y no reglamentada, a la que no encontraron una precisa palabra en castellano, ahora está reglamentada, pero no en beneficio del subcontratado. El subcontratado es, en realidad, un contratado de categoría menor, pues no goza de los beneficios del que tiene un empleado con contrato, por mínimo que sea. Esta reforma debió pasar por un referéndum, que en nuestro país es casi una burla, pues depende de los medios de comunicación, y sabemos que tanto Televisa como TV Azteca son los medios televisivos que están a favor del mejor postor. Un aplauso a los medios, como éste, que aceptan publicar voces críticas. Además, opino que hay que salvaguardar, más que nunca, los acuerdos de San Andrés Larráinzar; proteger a las comunidades autónomas de nuestro país; aceptar y proteger a los jóvenes del #yosoy132; cambiar nuestro imaginario de tener más y ser menos; exigir un freno a los monopolios en nuestro país, y tantas otras cosas más…
