Patricia Gutiérrez-Otero
Queridos lectores y lectoras, ¿saben que para un buen caldo de pollo se necesita una ramita de apio? Yo no lo sabía. Una amiga, excelente en sus platillos, me lo dijo. Para todo se necesita un ingrediente que le dé el toque. Para todo. ¿Cuál es el ingrediente que falta para que sea verosímil la lucha contra el crimen organizado? Dar la propia vida, sin esconderse, sin buscar refugios, sin evitar los cargos de lo que en conciencia hizo un dirigente. Ser verídicos, ser auténticos; estar a la altura de una función que es sólo una delegación del pueblo —sin entrar aquí en el tema de si la elección de Calderón fue o no democrática: qué más da, este señor ya no gobierna, le cedió todo a… ¡Ups! ¿Cómo se llama? ¿Peña Salinas o Salinas Peña? ¿Peña Gordillo Salinas? ¡Huy, que me he hecho bolas, tío! Sin embargo, en este caldo, no sólo falta la ramita de apio, falta la sustancia. ¿Dónde quedan tantas luchas comunales, comunitarias? ¿Dónde queda la decisión de los ciudadanos si aún existimos y si hemos de llamarnos de algún modo? En México estamos en un régimen oligárquico. ¿Un nuevo feudalismo? No, el mismo pero maquillado, actualizado. Y, mientras los dueños del poder gozan y pretenden ser salvadores de economías europeas que se están cayendo por un régimen absurdo, el pueblo de México se hunde, se hunde, se hunde. Pero, grandiosos, prestamos dinero al Fondo Monetario Internacional y hacemos contratos para beneficiar a España. Somos un pueblo tan rico: nadie tiene hambre en este país: es lo que dicen los que tienen el poder y comen langostinos, caviar y excelentes vinos, y no ven más allá de sus narices. No importa que México no sea autónomo en cuestión de alimentos: importamos maíz de segunda. Desgraciadamente, ya no tenemos los ingredientes para hacer un caldo de pollo, hasta sobra el más: hemos caído en la desdicha de ser un pueblo sin voz ni nombre. Sin sustancia. Somos unos parias, y los que aún luchan, se vuelven víctimas porque estorban a los que se privilegian de un caldo hecho con el cuerpo y la sangre de los que no tienen nombre, ni apellido, ni derechos, ni existencia… En este espacio editorial difícilmente cabe tanto dolor, ya renunciamos al trocito de apio. Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés Larráinzar; el esclarecimiento de los feminicidios en toda la República; cuestionar la guerra actual contra el crimen organizado; promover un estado de conciencia de desapego y libertad; impedir que Monsanto, las mineras canadienses, los monopolios y la oligarquía mexicana, destruyan nuestro territorio.
