En una guerra que ya se volvió infinita

Félix Fuentes

De confirmarse que fue muerto Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca, máximo líder de Los Zetas, habrían quedado acéfalos dos de los principales cárteles del país, si ya fueron detenidos los principales capos de El Golfo, Mario Cárdenas Guillén, El Gordo, y José Eduardo Costilla, El Coss.

Es posible, sin embargo, que ambas mafias ya tengan nuevos dirigentes y la guerra del presidente Felipe Calderón se torne infinita y sea la peor herencia para el priista Enrique Peña Nieto.

En las mil batallas contra la delincuencia organizada, poco o nada se comenta de El Chapo Guzmán, ni de su lugarteniente principal, Ismael Mayo Zambada.

En la secuela sobre capturas de delincuentes, parece cierta la versión —procedente de la DEA— de que con El Chapo fue pactada su libertad a cambio de su colaboración para desaparecer los otros cárteles.

Son evidentes las persecuciones a principales figuras de Los Zetas y el Cártel del Golfo. También fue ultimado Nacho Coronel, el examigo de El Chapo que había integrado una nueva mafia en Jalisco.

Se tiene presente que miembros de la Armada han tenido sonados éxitos al ametrallar a Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, en Cuernavaca, y después abatir en Matamoros a Ezequiel Cárdenas, Tony Tormenta.

Ahora se informa que los marinos se enfrentaron a un grupo armado en la carretera de Sabinas a Progreso, Coahuila, y en esa refriega fue muerto El Lazca. Al parecer, el presidente Calderón se disponía a usar la red nacional de telecomunicaciones para anunciar ese deceso, pero un comando ¡se llevó el cadáver de una funeraria de Sabinas!

Es una más de tantas incongruencias de las fuerzas armadas de cómo permiten que los hampones se lleven los cadáveres de sus compinches o penetren en los hospitales a rematar a adversarios o a llevarse a sus amigos heridos.

No es de creer que un sujeto de nombre Salvador Alonso Martínez, apodado La Ardilla, fungiera durante años como jefe regional de Los Zetas en Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, y no fuese detenido si es responsable, como se informa, de por lo menos 300 asesinatos, 50 de los cuales fueron cometidos directamente por él.

Al mismo individuo le es imputado el fusilamiento de 72 inmigrantes de Centroamérica en el municipio de San Fernando, Tamaulipas, y según autoridades federales y locales, fue él quien maquinó las evasiones de 151 presos en Nuevo Laredo y 132 en Piedra Negras. Tanto poder logra un matón de esa calaña, paseándose de una entidad a otra durante años, y los 36 mil agentes federales no pueden identificarlo y detenerlo.

Es el panorama que Calderón deja a Enrique Peña Nieto y surgen nuevas interrogantes: ¿qué va a hacer el aún presidente electo para desbaratar a los poderosos cárteles surgidos en la era panista?

En algunos de sus largos y recientes discursos, Calderón ha insistido en que su sucesor continúe la absurda guerra sexenal, y de hecho exige la conservación del aparato policiaco de Genaro García Luna, incluso con el mismo presupuesto asignado por el calderonismo, cada año.

Es el problema gravísimo de la delincuencia organizada que ya debe causar dolores de cabeza a Peña Nieto.