Gordillo y Romero
Carlos E. Urdiales Villaseñor
Dice la conseja popular: “en política no hay sorpresas sino sorprendidos”, y no faltan aquéllos que imaginaban una retirada táctica de la villana favorita de México, Elba Esther Gordillo, y también del ostentoso líder petrolero y senador Carlos Romero Deschamps. Pues nada, la lógica de supervivencia política los hace más aliados que nunca y el calendario de lo necesario propicia una reelección en espejo, cada quien 6 años más al frente de los sindicatos uno y dos de este país.
El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, con 1 millón 700 mil agremiados. El de Pemex, con 140 mil. Esos son los tamaños y alcances que les permiten plantarse, son idems frente a cualquier gobierno y decir: ni reto ni sumisión, sirvientes de nadie. Uno maneja lo que el lugar común denomina “el futuro de la nación”, y el otro el presente financiero del país. O es con ellos, con quien Enrique Peña Nieto y equipo negocian, o es con ellos el enfrentamiento.
Cuando se habla de transparencia sindical, de democracia interna, se soslaya que en la reforma propuesta están los sindicatos del apartado A, no los del B. Aun poniendo los polémicos renglones de transparencia y rendición de cuentas, la nueva ley laboral no alcanzará a éstos y otros poderosos que con distintos tonos y sin rubor muestran su riqueza y poder. A veces ellos, a veces sus herederos.
Hace décadas, que el gobierno federal hace la retención de cuotas “voluntarias” para estos gremios. Las aportaciones les son descontadas a maestros, petroleros, burócratas y similares, desde la nómina. Cuando no pocas veces han existido diferendos y pugnas con algunos gobiernos locales por problemas de flujo financiero, el SNTE ha exigido que esos fondos les sean entregados por el federal, algo así como factoraje político, pero a la fuerza.
La verdadera confrontación con los poderosos líderes se dará el día que frente a cada caja de pago pongan una ventanilla que diga “deposite aquí su cuota voluntaria, compañero”. Sin ese cobro/pago forzoso de cuotas, los sindicatos más relevantes verían comprometido, en el muy corto plazo, su viabilidad no como gremio obrero, sino como entidades multimillonarias. Ellos y ella no trabajan para el bronce, trabajan para la plata. Son el uno-dos de ese sector que se incubó en el PRI y pervive en el PRD.
Los gritos y sombrerazos de nuestros legisladores son eso, desplantes. El gobierno saliente tardó seis años en enviar una bola ensalivada disfrazada de reforma de gran calado. El gobierno entrante está atrapado en ese cálculo de lo posible y lo deseable. De los males menores, aunque sean tan mayores.
Será con Gordillo y con Romero con quienes tendrá Enrique Peña Nieto que pactar las reformas que prometió y que el país parece necesitar. Pero con ella y él, no con otros.
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