Consecuencia del prolongado interreino
A Humberto Moreira, con solidario afecto.
Carlos Jiménez Macías
Los días más largos de un sexenio… ciento cincuenta y tres interminables jornadas en las cuales el presidente saliente, Felipe Calderón, se nos ha vuelto omnipresente. A todas horas aparece en la pantalla de televisión, para el inevitable autoelogio cotidiano. Malos consejeros publicistas —a menos que sea una estrategia personal— los que pensaron que ésto daría resultado. Lo ha dado, es cierto, pero contraproducente. Ha logrado el sentimiento masivo de rechazo.
Inauguración por aquí, reunión con diversos sectores por allá, para tratar de convencer a sus diversos auditorios de lo acertado de su gestión. Además (por decir lo menos) la Providencia no le ha concedido el sentido del humor.
No pasa noticiero sin que veamos a algún importantísimo capo del narcotráfico detenido, con lo cual una temible banda quedó casi acéfala, aunque la ola criminal no lo haya resentido. Ahora descubrió yacimientos importantísimos de petróleo que los expertos ignoraban por completo antes de su llegada a la Suprema Magistratura. Ahora se ocupa de las madres solteras o de los ancianos, que casi se le olvidan, atareado porque estaba en Los Pinos planeando algún nuevo viaje.
Viajes… Adiós al glamour del confortable tetramotor FAM 1 y a las trompetitas reales o virtuales a cuyo compás descendía Monsieur le Président de su bello pájaro de aluminio. No pudo resistir la tentación de –aunque sea por última vez– cruzar los océanos acompañado de numerosas comitivas para dejarse ver ante diversos públicos y peor audiencia: París, Singapur, Nueva York y la mágica presencia del edificio de las Naciones Unidas, ocupando la tribuna —con pleno derecho, hay que reconocerlo— reservada a los discursos de los jefes de Estado. ¿Qué fue lo trascendental de sus palabras ante la cúpula de la Asamblea General? ¿A qué fue a Singapur, acaso usted lo sabe? Yo no. He aquí la posibilidad de una encuesta interesante entre sus queridos conciudadanos.
Todo esto es consecuencia del prolongado interreino que media entre dos mandatos, el más largo que registra la historia moderna y tal vez también la antigua: en Francia, en Estados Unidos, en España, en donde a usted se le ocurra, el tiempo que trascurre para la transición de poderes se cuenta en escasos días, que son plenamente suficientes. No es el caso de nuestro país, que cuenta con otro triste récord mundial “a su favor”.
Tal es la razón por lo cual, en la LVII Legislatura y después lo volví hacer como senador de la República en la LXI, presenté una iniciativa que reforma al artículo 83 constitucional para acortar el periodo de la toma de posesión del Presidente de la República, que pasaría del 1 de diciembre al 1 de septiembre. Ahora, en la Cámara de Diputados, por parte del Grupo Parlamentario del PRI, Manuel Añorve presentó otra en idéntico sentido pero con periodo de transición extendido hasta el 1 de octubre.
Han sido muchas las voces, no sólo de analistas políticos y legisladores de distintas fracciones, sino la de usted mismo estimado lector, que sugieren el acortamiento de este periodo que sólo genera un vacío de ingobernabilidad y oportunismos.
En el fondo, un par de semanas sería más que suficiente. Creo…
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