Enrique Aguilar R.

Con el libro de poemas Palabras en sepia, el poeta Alfonso Orejel —uno de los nuevos integrantes de la promoción 2012 del Sistema Nacional de Creadores de Arte que hace unas semanas se dio a conocer— ganó en el 2008 el Premio Gilberto Owen según el veredicto del jurado integrado por José Luis Rivas, Pedro Serrano y Jesús Ramón Ibarra. En ese entonces no faltaron a la fiesta de celebración de este galardón la envidia y la mezquindad, por medio de calumnias con las cuales, en particular otro escritor sinaloense y algunos de sus amigos, acusaron a Orejel de haber “comprado” a los integrantes de dicho jurado para que lo premiaran. En el 2010 el Instituto de Cultura de Sinaloa editó este volumen galardonado con un tiraje de mil ejemplares, los cuales se distribuyeron en bibliotecas y centros culturales de esa entidad, más entre los asistentes a las dos presentaciones que se hicieron en aquél estado. Hasta ahí podría haber llegado la efímera vida de Palabras en sepia, volumen en el que aparecen poemas como el de “Certeza”, que en su inicio menciona: “No debí volver a esta casa./ Demasiadas cosas me interrogan:/ las grietas en la pared/ que pronuncian mi nombre,/ el silencio que enloqueció/ al quedarse solo tantos años,/ las ventanas que no albergan/ ya más nubes ni pájaros./ Aquí está el cuaderno/ de poemas balbuceantes/ que no me atreví a romper,/ la gran camisa de papá/ que usé como una bandera,/ el pañuelo todavía húmedo/ donde mi madre lloró/ su dolor hace cuarenta años./ No debí volver. Es demasiado/ el peso de estos recuerdos”. En “La consagración del instante”, ensayo medular del libro El arco y la lira Octavio Paz señala que “El lenguaje que alimenta al poema no es, al fin de cuentas, sino historia, nombre de esto o aquello, referencia y significación que alude a un mundo histórico cerrado y cuyo sentido se agota con el de su personaje central, un hombre…”. Para el caso de Orejel y su libro, ese “mundo histórico cerrado” y ese “hombre” es el de su familia, y más que su familia, los muertos que ha habido en ella, y el propio poeta que enfrenta su ausencia y sus recuerdos: “Miro un retrato de Lucina/ sonriéndole al futuro/ que le sería amargo,/ a Juan, inmaculado,/ en su traje de Primera Comunión,/ a mi abuela Gueya que no cabe/ en la vida ni en la muerte,/ a Alicia que volvió/ para abrazar a nuestra madre,/ a Lola deshojando/ sus miradas hacia el sur/ por el hombre que nunca regresó./ Descubro en un cajón el espejo/ donde mi madre se asomaba/ y se miraba aún hermosa,/ el carmín que usó Virginia/ para colorear sus primeros besos,/ el ángel astillado de la sala/ que milagrosamente/ se sostiene en un pie,/ las revistas prohibidas/ que enterré bajo el colchón/ y todo de algún modo/ se comporta/ como mi camisa de niño/ que desde el tendedero,/ levanta la manga/ y me dice adiós”. Define Octavio Paz en el ensayo arriba citado: “El poema es una mediación entre una experiencia original y un conjunto de actos y experiencias posteriores que sólo adquieren coherencia y sentido con referencia a esa primera experiencia que el poema consagra”. En Palabras en sepia el poeta regresa a la casa familiar a enfrentarse con sus recuerdos y sus difuntos, con la conciencia de que son ausencias muy presentes. Ese proceso implica también mostrar por escrito las tristezas y dolores de modo contenido porque la forma de su expresión no son las lágrimas o los lamentos por los seres queridos que ya son sólo sombras o tal vez fantasmas, sino palabras, imágenes y metáforas. Sobre esta obra de Orejel puedo mencionar que son poemas intensos que van de los átomos a los bits o que el escritor tiene talento poético local con impacto universal. Lo dicho tiene que ver con dos circunstancias recientes: la primera es que después de haber estado involucrado en la ingrata polémica mencionada líneas arriba, Orejel vio correr la limitada tirada y suerte de su libro galardonado, hasta hace unas semanas en que decidió comenzar a subir a su “muro” de Facebook varios de los poemas que están en ese libro, pero ahora lo hizo acompañando cada texto de fotografías en las que aparecen él y sus hermanos, padres y hasta su perro difuntos. Eso por una parte le ha dado a sus poemas un poder de conmoción aún mayor del que de por sí tienen, gracias a la atinada selección de imágenes con las que los ha construido. Con las fotografías adquieren los poemas de Orejel cierto tono arqueológico y antropológico, si se quiere, por un lado, pero por otro, y más poético, le dan la hondura que, por decirlo de algún modo, tienen para los poemas de Neruda las referencias narrativas que el bardo chileno da de sus poemas cuando se refiere en modo narrativo, en sus libros de memorias, a las anécdotas y personajes que luego aparecen en sus versos. En la versión digital de estos poemas, la reacción de muchos lectores no se ha dejado esperar, y la mayoría ha dejado ver por medio de comentarios su emoción y conmoción al leer estos poemas, como cualquiera lo puede comprobar si visita el muro de este bardo sinaloense, pero ahora también universal por la vía digital, tanto por la hondura de sus poemas, como por la respuesta de los internautas de los más diversos orígenes.