Patricia Gutiérrez-Otero  
(Primera de dos partes)

Quizá Javier Sicilia Zardain haya sido uno de los intelectuales mexicanos de las últimas décadas que han tenido una mayor intervención, directa y en la calle, en términos de la búsqueda de un cambio social. También puede ser, después del sub Marcos, uno de los intelectuales “activistas” más admirados y queridos en nuestro país, pero también de los más criticados e incomprendidos. Ambos comparten el gusto del símbolo. Ambos han sentado al gobierno frente a ellos. A lo largo de su vida Sicilia ha tenido varias veces el contacto inmediato con la brutalidad de lo adverso: no hay que olvidar, entre otras cosas, que una de sus hermanas falleció trágicamente; su único hermano varón pereció en un accidente automovilístico junto con sus dos hijas pequeñas, sobrinas del escritor; que su hondo deseo por formar una comunidad de vida estilo gandhiano, según El Arca de Lanza del Vasto, nunca cuajó; que tuvo que aceptar un divorcio que nunca quiso…, desgracias que asumió gracias a su profunda y frágil fe, su innegable buen humor y su amor por la vida —aunque las cicatrices son perennes. Sicilia también conoció desde joven el compromiso social por la enseñanza cristiana de la compasión y a su empatía con el sufrimiento: Desde el final de la preparatoria, con los jesuitas, en los asentamientos del Ajusco, tiempo de un momento de seducción al llamado que sentía de entrar en esta orden. En la decisión primera de estudiar Ciencias Políticas en la UNAM, hasta que tuvo que rendirse a la pasión por la literatura, sin alejarse mucho de los cursos de filosofía política. Cuando, a partir de un grupo de oración, junto con otros amigos, entre ellos Pietro Ameglio y Rafael Landerreche Gómez Morín, creó en México el SERPAJ (Servicio Paz y Justicia), asociación cristiana-ecuménica y no violenta, cuyo uno de los primeros fundadores fue el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980. Asociación de la que se alejó a causa del compromiso vital de alimentar a una familia y de seguir su cada vez más claro llamado de poeta y escritor. La campaña en el Instituto Mexicano de Tecnologías del Agua (IMTA) a favor de un mejor salario para las secretarias, que lo llevó a un amago de huelga de hambre al interior del Instituto, y a obtener un apoyo real para las empleadas. El deseo de creer en un cambio de vida radical: el regreso a la tierra, la lucha no violenta, la austeridad, la búsqueda espiritual y de comunidad que le hizo reunir los fondos necesarios para ir con su familia, (Juan, entonces, de dos años), a El Arca, comunidad situada en el Sur de Francia, y le hizo desear un proyecto semejante, aunque adaptado a México, país que él ama y sufre tanto. Cuando tras la muerte de su hijo Juan, y de sus amigos a quienes conocía desde niños, Javier Sicilia—cuya fe es un débil pábilo que en su debilidad ilumina la noche— se pone en movimiento, no sólo con actos parciales ni con su pluma acerba y dura, sino con sus pies y con un corazón que acepta recibir el sufrimiento ajeno, asume dar voz al dolor. Se vuelve vocero del dolor sin nombre de las víctimas. Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés; detener y esclarecer los feminicidios en el país; detener a los grandes monopolios, en particular a las mineras destructoras del medio ambiente y de las comunidades; decir alto a la degradación de lo humano que brota de lo inhumano del crimen organizado. pgutierrez_otero@hotmail.com