Miguel Breceda Lapeyre

Diversas circunstancias me han alejado de mi Ciudad de México y hace algunos días, todavía ajeno a la conmovedora noticia sobre la muerte de Miguel Capistrán que me comunicó Mónica, mi esposa, respondí a una persona que me inquirió sobre “lo que más extrañaba” de mi Ciudad y le expuse que su clima, los seres queridos y muy particularmente el Seminario mensual sobre Cultura Mexicana que sostienen, coordinan y cuidan desde hace incontables años mis entrañables amigas: las hermanas Carmen y Magdalena Galindo.

En ese remanso de arte, letras y, en suma, de filosofía (amor al conocimiento) por México, enclavado en algún auditorio subterráneo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cada último jueves del mes a partir de las 18 horas, se despliegan bellísimas exposiciones y discusiones sobre cuestiones relacionadas con la vida cultural de nuestro país.

El público es variado y fluctuante en su asiduidad. Siempre entusiasmado, he asistido con cierta regularidad y creo que formé (o ¿formo?) parte del núcleo ”duro” de diletantes del Seminario. De este núcleo formaba parte Miguel Capistrán Lagunes, pero Miguel era –en realidad- algo más.

Su impresionante sabiduría sobre la vida cultural de México que fácilmente recorría casi toda la historia de nuestro país; su vocación magisterial discreta, casi reservada; su erudición y pasión por “Los Contemporáneos”, complejo tema en el cual puede considerarse como una autoridad indiscutible, eran nociones que yo sabía y percibía de Miguel y que obviamente las confirmaba a menudo en su amenísima charla y en sus sutiles y elegantísimas reprimendas que hacía a sus amigos y a muchos de los expositores y conferencistas del Seminario.

En el claustro del Seminario, la presencia de Miguel Capistrán me resultaba imprescindible. Sus muy ocasionales retardos me inquietaban y sus aún más ocasionales ausencias me frustraban e invariablemente preguntaba a Carmen o Magdalena Galindo ¿Y Miguel?

Sólo se ausentaba por causas de difusión cultural mayor: estaba en algún curso; en alguna ciudad impartiendo alguna conferencia, o en algún programa de radio o, etcétera… siempre en alguna justa cultural.

Al llegar al Seminario con un paso que se hizo lerdo por los años y por su precaria salud, se sentaba discretamente y cuando cruzábamos miradas, me saludaba  susurrando a lo lejos la palabra  To-ca-yo. Las conferencias de ese día serían ahora más disfrutables… al final, Miguel seguramente detectaría fallas, plantearía dudas, intervendría muy amablemente y algo nos enseñaría con sus preguntas o disquisiciones.

Por otra parte, cuando Miguel exponía, entonces sí a aprender. Su discurso reposado. con pausas perfectamente adecuadas a su presentación en un español mexicano impecable, me hizo descubrir a Los Contemporáneos, múltiples vetas del cine mexicano, de la literatura, del teatro, la farándula… y otra decena de temas.

Generalmente, al concluir las sesiones del Seminario, un subconjunto del grupo se iba (¿se va?) a cenar al Sánborn´s de Altavista. Yo procuraba que Miguel se viniera en mi auto y durante el breve trayecto (de la UNAM al Sanborn´s) conversábamos en un plano personal: ¿Qué estás haciendo? ¿Vives en el mismo lugar? ¿En qué proyecto andas?… Dos o tres cositas para mostrar y regalar afecto.

Después de la prolongada cena, casi siempre nos preguntaba, si no nos desviaría de nuestro camino, llevarlo a su casa. Sin saber la exacta nueva ubicación de ésta, yo me adelantaba a decirle que por supuesto lo llevaríamos. Constituía otra magnífica ocasión para continuar, aunque fuera un tiempo breve, conversando con Miguel.

Y ahora de vuelta al triste presente y al futuro. Creo que en alguna obra de Herman Hesse, este autor describe la quietud de las máquinas que se desactivan para siempre como una doble quietud, en contraste con una simple quietud aparejada a la muerte de los seres vivos. La idea me obsesiona desde adolescente, por ejemplo cuando, en la muerte de mi abuela, miré las doblemente quietas manos de una pintora excepcional y me invadió una gran angustia. Esas manos que realizaban las mismas tareas que muchas manos comunes y mucho más, ya no pintarían más.

Y ahora que Miguel Capistrán ha fallecido, de inmediato evoqué aquella imagen de Hesse: la quietud amplificada. La muerte de Miguel me ha provocado una inquietud multidimensional. ¿A quién vamos a recurrir para resolver dudas sobre tantos temas que él conocía con detalle? ¿Dónde encontraremos a un maestro de la lengua como él?  ¿Cuándo tendremos a un escucha apacible y profundo como fue Miguel?

La quietud de la mente de Miguel implica la quietud de mucho conocimiento… de muchas mentes conjugadas y creo que durante mucho tiempo preguntaremos… ¿Y Miguel?

Mazatlán, Sinaloa, 30 de septiembre de 2012.