César Arístides

El poeta mexicano José Juan Tablada dejó a la literatura páginas perfumadas por el escenario exótico, estampas graciosas de Oriente y deseos desbordados. Sus poemas, de atmósferas extravagantes que aluden a territorios fantásticos con igual decoro que a lugares matizados por el embrujo y el misterio, nos hablan de una voz abrasiva cuya contemplación anima/enerva, despierta a faunos, seducidos, bellas mujeres y demonios, lo mismo que a diversos apetitos. La forma de sentir el amor, la pasión y el regocijo voluptuoso la encontramos en su poema “Misa negra”, pieza llena de fragancias, dibujos eróticos y cuerpos tocados por el desvelo sensual, la fascinación de los huecos, la cabellera, los regazos. Parte de la oscuridad y su misterio para abrir las emociones y dejar la lumbre en los deseos: “¡Noche de sábado! Callada/ está la tierra y negro el cielo;/ late en mi pecho una balada/ de doloroso ritornelo./ …/ El corazón desangra herido/ bajo el cilicio de las penas/ y corre el plomo derretido/ de la neurosis en mis venas./ …/ ¡Amada, ven!… ¡Dale a mi frente/ el edredón de tu regazo/ y a mi locura, dulcemente,/ lleva a la cárcel de tu abrazo!”. El amante suplica, cautivado por la evocación, cincelado por la oscuridad que punza con el recuerdo; anhela los bordes, el néctar de ese cuerpo exquisito que se yergue en lo bruno. Anuncian sus afanes un lecho, una mujer que contrasta con el frío, con los empeños que la virilidad dispone al embeleso. Su arrebato se vuelve turbación que oficia sus misterios en la alcoba, el poema alaba la atmósfera de incienso, penumbra y misterio, se rinde al cuerpo femenino que es entonces templo y sendero, delicado aunque feroz llamado a la consumación: “¡Noche de sábado! En tu alcoba/ hay un perfume de incensario,/ el oro brilla y la caoba/ tiene penumbras de sagrario./ …/ Y allá en el lecho do reposa/ tu cuerpo blanco, reverbera/ como custodia esplendorosa/ tu desatada cabellera./… /Toma el aspecto triste y frío/ de la enlutada religiosa/ y con el traje más sombrío/ viste tu carne voluptuosa”. Gustaron los poetas modernistas del sincretismo místico que revela un de­coro religioso y la animosidad del placer, en ese contexto donde lo devoto y lo pagano recurren al mismo abrevadero, José Juan Tablada y poetas como Rubén Darío, Ramón López Velarde y Julio Herrera y Reissig, nos dejaron páginas de candor sutil y fiebres amorosas, del encuentro salvaje a la reverberación de las caricias. Unidos por la celebración de lo piadoso y lo macabro, de la santidad y el tormento, los modernistas alabaron duendes, ninfas, cisnes, sagrarios, templos y rituales insospechados, y en ese afán del gozo y el requiebro, Tablada eleva su invocación para transformar la plegaria en caricia, el beso en comunión erótica, sus versos re­co­rren el cuer­po, la ca­be­llera y toman el lugar del deseo para liberar las an­sias: “Con el murmullo de los rezos/ quiero la voz de tu ternura,/ y con el óleo de mis besos/ ungir de diosa tu hermosura;/ …/ quiero cambiar el grito ardiente/ de mis estrofas de otros días/ por la salmodia reverente/ de las unciosas letanías;/…/ quiero en las gradas de tu lecho/ doblar temblando la rodilla/ y hacer el ara de tu pecho/ y de tu alcoba la capilla…/ …/ Y celebrar, ferviente y mudo,/ sobre tu cuerpo seductor, lleno de esencias y desnudo,/ ¡la Misa Negra de mi amor!”. “Misa negra” es un elogio al martirio y a la adoración sexual. Paseo de besos y humedades, el poeta comparte el recuerdo trémulo surgido del amor y la veneración. Arma con estrofas ardientes el tálamo y la cima, brota de lo oscuro con alegre empeño para iluminar el hundimiento en el aposento y, para fortuna del lector, la condenación elegida.