Patricia Gutiérrez-Otero
En el Antiguo Testamento el pueblo israelí —a quien hoy Dios bendiga para que asuma su verdadero papel en la historia y deje de asediar a los palestinos— consideraba que Elohim, su Dios, o posteriormente, Adonai, era su rey. Al entrar en Canaán para conquistarlo fueron liderados por caudillos que surgían a partir de las circunstancias. Cansados, exigieron un rey de carne y hueso. Tras advertirles de los males que esto les acarrearía, Dios les dio un rey. En ese entonces, el elegido como rey de Israel era ungido con aceite por el profeta a través de quien Dios hablaba. Mesías (en hebreo) o Cristo (en griego) significa “el ungido”. El más notorio de todos ellos fue David (año mil antes de nuestra era): el hombre según el corazón de Dios. La palabra Mesías se asoció con un rey que liberaría a Israel de sus enemigos. En la época de Jesús, el territorio de Israel estaba ocupado por el emperador de Roma. Durante este tiempo tuvieron un rey: Herodes el grande; posteriormente el reino se dividió. Algunos sectores judíos se habían acomodado a esta situación, los saduceos; otros se dedicaban a su religión y a la interpretación de sus leyes, los fariseos; otros, desde antes se habían alejado y vivían separados, los esenios; otros más, eran guerrilleros armados contra el poder romano, los sicarios. El término Mesías tenía una connotación diversa según cada uno de estos grupos. Jesús de Nazareth no quiso que se le llamara Mesías. Aceptó el de maestro o rabino. Cuando en extremas circunstancias aceptó ser rey, resituó el término diciendo: “Mi reino no es de este mundo” y murió crucificado como un subversivo que se hizo pasar por rey oponiéndose al César. En algunas ocasiones Jesús de Nazareth, Ieshúa en hebreo, nombre bastante común en esa época, regañó a sus discípulos que seguían pensando que él sería un rey político y peleaban por los puestos que tendrían, diciéndoles: “ustedes no entienden nada”. En los Evangelios se menciona que él habló del ejercicio de un poder que se pone al servicio y asume la condición de servidor, como en la escena en que, siendo el maestro, lava los pies de sus discípulos, acto propio de los esclavos, y dice que es una muestra del comportamiento que deben tener sus discípulos. Jesús tampoco parece haberse identificado con la noción esenia del Mesías, un ser puramente espiritual. Su reino era el del servicio a los más pobres, a los excluidos, a los enfermos, a los prisioneros. El rey se abaja y asume la condición de servidor: no es un político ni un espiritual alejado de la realidad. En 1925, pocos años después del final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Pío XI instauró la festividad de Cristo Rey del Universo, de la justicia, del amor, de la paz. Pocos años después, en México, tras una guerra entre un estado secular contra la poderosa Iglesia Católica, se erigió en el cerro del Cubilete, Guanajuato, un centro de culto a Cristo Rey al que hoy acuden católicos de diversos puntos de la República: nos preguntamos cuál es su noción de Cristo Rey, ¿el de un rey político a nivel nacional y mundial?, ¿el de un rey espiritual ligado de toda circunstancia histórica y social?, ¿el de un rey ligado íntimamente con su pueblo al punto de volverse pueblo? Quizás este domingo podamos observar quiénes y con qué ánimo van a celebrar al Cerro del Cubilete. Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, acabar la guerra contra el narco, bajar los salarios y prestaciones de nuestros servidores públicos…
