Eve Gil

De cualquier forma apenas eran brotes de lo que había empezado a suceder, la ufana delincuencia incontrolable, pero para un emprendedor qué esquivación. Descarte, por lo pronto, habida cuenta de que por lo común la criminalidad es un salpique cuya incidencia ocurre como ocurren las lluvias torrenciales. Un realismo eventual. Un día sí y quince no. Un decurso maldito no puede durar tanto. El lenguaje del juego Si había algo que irritara al escritor mexicano Daniel Sada (1953-2011) era que lo “confundieran” con escritor de novelas de narcos, sanbenito con el que han tenido que lidiar los más importantes escritores nacidos en la frontera norte, incluyendo aquellos que ni siquiera han rozado el tema. Quizá por ello, un tanto juguetonamente, Sada optó por brindarles un verdadero motivo a los “críticos” que lo encasillaron sin haber leído su obra, y escribió El lenguaje del juego (Anagrama, 2012), una auténtica “novela de narcos…, ¡ahora sí!”. Sin embargo, del autor de uno de los grandes clásicos de las letras mexicanas, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, que inspiró a sus críticos anglosajones nombrarlo el “Joyce mexicano”, no podía esperarse cualquier novela de narcos… menos si tomamos en cuenta que Sada estaba consciente de que podría ser su última novela, dada la avanzada diabetes que había mermado considerablemente sus capacidades y lo obligaba a dializarse a diario, asistido por su hoy viuda, la también escritora Adriana Jiménez, quien se esmeró en facilitarle el entorno al escritor para que, aún con la amenaza de la ceguera, consumara una obra que no demeritara ante sus libros previos. Justo es señalar que lo logró con creces. El lenguaje del juego no es tan magistral como la antes citada… o como Casi nada (Premio Herralde de Novela 2008), que personalmente considero su mejor novela… y sin embargo, El lenguaje del juego es una gran novela… aun si desconociéramos el dato de que Sada la escribió con una salud quebrantada. El más puro Sada está allí, con su funambulesco sentido del humor y su inimitable lenguaje, hecho a su medida. Sada aborda el tema del narco al tiempo que expone el desmoronamiento de la familia Montaño, que viven en San Gregorio, un poblado de la frontera norte de Mágico (que es como se llama a México en la novela, ignoro el motivo), cuya tragedia comienza en el preciso instante en que creen que han progresado, tras el retorno de “el otro lado” de Valente, el padre, quien irrumpe con la cantidad suficiente en dólares para inaugurar la primera pizzería del pueblo. Esta apunta para ser un éxito, pues un negocio de esta categoría brinda al pueblo aires de primer mundo. Las cosas se complican cuando el narco que impone la ley ahí, Virgilio Zorrilla, secundado por su hijo y socio, Mónico, ven en ese decente negocio familiar, una potencial vía para extender su poderío. Y los Montaño, quiéranlo o no, habrán de elegir entre convertirse en parapeto de los negocios turbios de los Zorrilla, o quedar más pobres que al principio… o algo peor. Casi ni se lo cuestionan antes de llegar a la irremediable conclusión. En un principio, los Montaño parecen resignarse a formar parte del hampa en forma soterrada. Pero casi de sopetón, y ante el río de dinero que empieza a fluir ante sus ojos, sus espíritus se corrompen. El primero en entrarle “en serio” al negocio es Candelario, el hijo mayor, quien voluntariamente se incorpora al cuerpo de matones de Zorrilla, e incluso recibe un entrenamiento escrupulosamente detallado en la novela. Por supuesto, es necesario anular cualquier rastro de piedad, y para ello “ensaya” matando a un incógnito, un pobre pastor que tiene el mal tino de atravesarse con él en ese momento. La siguiente en sucumbir a la trampa del dinero mal habido es Martina, la hija menor, quien cree descubrir un nuevo horizonte en aquel pueblo donde ya se había resignado a replicar el destino de su madre. Opta por maquillarse con exageración y atrae la atención, nada menos, que de otro de los matones de Zorrilla, Íñigo, quien apenas conocerla la convence de irse a vivir con él. El final de Martina sobrevendrá mucho más rápido de lo esperado, y será de una violencia sin sentido, como tienden a serlo, en la vida real, esta clase de sucesos. Sada aborda el tema del narcotráfico desde una perspectiva, digamos, “doméstica”, en la que familias enteras participan de este negocio y para quienes el olor a muerte y violencia se confunde con la actividad en la cocina o la escuela de los niños. Estamos hablando de capos de baja estofa, no por ello menos sanguinarios que los de alta escuela que inspiran a los autores que sí tocan el tema con frecuencia. Una vez más, Sada elige un ámbito rural o semirural para desarrollar su historia, y esa desolación geográfica, política y emocional vuelve más tremenda la experiencia y el drama de sus personajes, totalmente extraviados en ese callejón sin salida donde cada día puede ser el último y hay que vivirlo con intensidad absurda. Daniel Sada murió unas horas antes de que se anunciara formalmente que se había hecho acreedor al Premio Nacional para la Cultura y las Artes, aunque tuvo la fortuna de saborear el reconocimiento en vida. La crítica extranjera ha sido especialmente elogiosa con su obra. El gran escritor guatemalteco radicado en Estados Unidos, Francisco Goldman, se expresó de él en los siguientes términos: “Sada es a Juan Rulfo lo que Beckett a Joyce, sólo que al revés. El minimalismo de Beckett era una respuesta al insuperable maximalismo de Joyce. Y el maximalismo de Sada fue la respuesta de éste al insuperable minimalismo de Rulfo”.