Entrevista a Ana Colchero/Autora de Los hijos del tiempo

Eve Gil

Aunque Ana Colchero debutó como escritora en 2006 con una novela —Entre dos fuegos—, más que aceptable, donde política y amor mantienen una tensa relación que termina rompiéndose por lo más delgado, estoy segura de que con Los hijos del tiempo (Suma de Letras, 2012) conquistará irremediablemente a un grupo de lectores que los escritores mexicanos tienen muy abandonado: los fanáticos de la ciencia ficción (aunque la autora está de acuerdo conmigo en que se aproxima mucho más a la ficción especulativa de Huxley y Orwell).

Origen de la novela

Aunque la redacción le llevó tres años, señala Ana, la historia comenzó a darle vueltas en la cabeza apenas concluyó Entre dos fuegos. “En realidad —dice— ya llevaba varios años reflexionando acerca del concepto de milenio, particularmente desde el 11 de septiembre del 2001. En esta tercera revolución industrial, recreada en Los hijos del tiempo, ya no hay marcha atrás. Millones de seres humanos se vuelven prescindibles  porque la mano de obra ha sido reemplazada de manera salvaje, y la incorporación de la tecnología hasta en la vida diaria, reestructura el estilo de vida. Hay una gran posibilidad de crear productos a una escala altísima, y eso polariza cada vez más a la sociedad. Llega el momento en que se tiene que tomar una decisión: o encontramos un modo de que todo el mundo se beneficie de esta abundancia, o eliminamos a millones de personas.”

“Para plantear lo que sería el peor escenario —prosigue Ana—, elegí la ficción especulativa. Recreo entonces este mundo regido por un Consejo Mundial, que gobierna detrás de los gobiernos nacionales hasta desplazarlos por completo. Hoy día, por ejemplo, las corporaciones no tienen una cabeza. Sabemos que detrás de cada una de estas hay veinte. Y lo mismo podemos decir de los gobiernos de cada país: era imposible que un estúpido casi de diagnóstico como George Bush gobernara él solo el país más poderoso del mundo. En el panorama expuesto en mi novela ya ni siquiera hace falta un presidente, y toda la confianza de los uranos (los privilegiados, los que habitan el mundo “de arriba”) está ciegamente depositada en el Consejo Mundial. Cliff Heine, el protagonista por parte de los uranos, empieza a preguntarse entonces por qué se ha dejado vivos a los dalits, aunque sea para que vivan en esas condiciones.”

Inspiración

Los dalits [parias, marginados sociales] no han sido condenados a campos de concentración, sino al exterminio puro y llano, por lo que han buscado refugio en el subsuelo, en las ruinas del antiguo Metro. Y aunque la acción de la novela transcurre en Nueva York, las nacionalidades se han difuminado, y todo parece indicar que los dalits son descendientes de los inmigrantes indeseables, especialmente latinoamericanos y árabes. Tienen la piel oscura y curtida, contrario a los uranos, que tienen tez blanca y ojos claros.

“Construir el mundo del subsuelo —señala la autora— fue un poco angustioso, pero también muy divertido. Tenía que cerciorarme de que era posible vivir en esas condiciones. Me pasé un buen rato viviendo entre homeless, hablando con ellos, conociendo sus estratagemas de sobrevivencia. Además leí un libro titulado Los topos, de una periodista inglesa en la década de los 90, que demuestra que hay familias enteras viviendo en las cloacas del Metro de Nueva York, y resulta interesantísimo cómo la gente es capaz de vivir en las condiciones más adversas. Los dalits comen insectos, como nuestros antepasados, pero al mismo tiempo que eso los hace muy humanos, yo necesitaba que Rudra (el protagonista de los dalits, que para colmo sufre de una deformidad que lo fuerza a arrastrarse) aprendiera a leer. Decidí entonces que a esas alturas todavía podía haber gente que supiera leer y transmitirlo.”

“Los dalits son razas no blancas. No quise ser muy específica porque en realidad todos los pobres son dalits, y los pobres, generalmente, son inmigrantes. Entonces, pueden proceder de Latinoamérica, de Arabia, de la India. Cuando trato de comunicarme con gente de otro país, me doy cuenta de que somos exactamente iguales. Las diferencias han sido impuestas para separar y dividir. El racismo habla de un atraso muy grande, y es más fruto de la estupidez que maldad pura.”

Y aunque Ana se ha retirado definitivamente de la actuación, pese a que los adictos a las telenovelas la extrañan y recuerdan sus personajes, alude a una experiencia histriónica que la marcó como escritora y trasladó nítidamente a esta novela:

“Supe de la importancia de la palabra [dalits] en una obra llamada La maestra milagrosa, en la que interpreté a Helen Keller, que era una escritora ciega, sorda y muda. La llevamos a los pueblos más remotos. Aquí Helen era maestra de dos niñas, con problemas físicos parecidos a los suyos, y toda la obra plantea la obsesión de comunicarse, y al final, cuando por fin las niñas entienden el significado de las palabras, todo el público lloraba —se le hace un nudo en la garganta a Ana— y traté de transmitir esa misma emoción en la novela.”

Tecnología, libros revulsivos, prácticas clandestinas de la clase privilegiada para paliar el aburrimiento que produce la perfección, amores prohibidos, insurrección… dos sociedades perfectamente estructuradas por una autora que sabe aplicar a la literatura sus estudios como economista graduada de la UNAM. Todo ello cohabita en los mundos recreados en esta estupenda novela que es Los hijos del tiempo.

Actualmente, Ana trabaja en una novela muy distinta, ambientada en el presente y donde un par de familias se enfrentan a la realidad de la violencia que asuela gran parte del territorio mexicano, y no descarta la posibilidad de una secuela de Los hijos del tiempo.