Alan Saint Martin

¿Qué es una novela histórica? ¿La selección de la época, los personajes, el tipo de lenguaje? ¿O toda la investigación que lleva de por medio? No existe una fórmula específica para la creación de la misma y, sin embargo, ha sido un género poco cultivado, pero muy leído. A la gente le atrae conocer sobre la historia, a través de sus personajes, cómo vivieron, cómo se relacionaron con otros, así como los espacios y locaciones geográficas. Recordemos que en el siglo XIX Vicente Riva Palacio denominaba a la mayoría de sus novelas como “Novela histórica y de costumbres” como el caso de Calvario y Tabor donde se narra una historia de amor en plena época de la intervención francesa o el propio León Tolstói con una de sus más grande novelas Guerra y paz que entre sus temas trata la invasión de Napoleón a Rusia. Actualmente, autores como Pedro Ángel Palau, Paco Ignacio Taibo II son un par de autores que han tenido interés por la creación de la novela histórica. Una retratista en la corte de Enrique VIII de Alicia Flores (Veracruz, México) nos cuenta la historia de Eleanor, aspirante a pintora, sus estudios y viajes por varios países de Europa en el siglo XVI, época cuando Enrique VIII comenzaba sus amoríos con Ana Bolena, cuando Carlos V es el emperador en donde su reino no se ocultaba el sol, en que Andrés Vesalio publica su famoso libro sobre la anatomía humana De humanis corporis fabrica. El primer punto nos encontramos ante dos términos alemanes para la clasificación de la novela: bildungsroman y künstlerroman. El primero se refiere al crecimiento físico y emocional del personaje principal, el segundo al crecimiento intelectual. Una retratista en la corte de Enrique VIII puede considerarse un bildungsroman en la medida en que privilegian al desarrollo físico, moral, psicológico y social de Eleanor Shepherd. También es importante mencionar el crecimiento intelectual de la misma Eleanor como pintora, desde el momento en que modela para su tío hasta que se vuelve aprendiz de Hans Holbein, luego de Tiziano y por último de Andrés Vesalio. Estas dos clasificaciones son claras en la estructura de la novela. Escrita en tres partes; la primera parte privilegia al bildungsroman y con carices del künstlerroman. A su vez, en la segunda parte hay más elementos del kunstle que del bildungs. Es importante destacar estas dos clasificaciones, ya que nos remite a James Joyce con El retrato del artista adolescente en donde leemos cómo Stephen Dedalus rompe con su familia, la moral, la política y la religión mientras descubre la belleza y se forma como poeta. Los dos despertares se van entretejiendo, no van separados. Por otro lado, llama la atención el tiempo de la narración y con esto no me refiero al tiempo en el que transcurre la novela, sino al uso del verbo para contar la historia. Es común que en la mayoría de las novelas se escriba en un pasado, como si fuese un recuerdo o contar algo que ya pasó. La historia de Alicia está escrita en presente. Cabe señalar, que el “presente” tiene siete usos distintos y, para no entrar en cuestiones lingüísticas y de verbo, sólo mencionaré al “presente histórico”, ejemplo en la creación de este libro. La característica de este tipo de presente es contar una historia pasada, pero con la idea de estar justo en ese momento. Entonces, mientras el lector lee la novela, va descubriendo a la par de las palabras la historia, se vuelve justo ese momento, aunque sea una historia pasada. Uno de los temas recurrente a lo largo de la novela es el travestismo, común en las mujeres que quieren sobresalir en un campo determinado. Por ejemplo, el caso de la monja alférez, de nombre Catalina de Erauso, quien se disfraza de un alférez para poder ingresar al ejército o la propia Sor Juana Inés de la Cruz para poder entrar a la universidad dice que es necesario vestirse de hombre. Eleanor para poder convertirse en aprendiz tiene que vestirse de hombre para así ingresar a los talleres. Entonces, se autonombra Rolland Sheperd. Sin embargo, no existe un descubrimiento al final de la novela, más bien, a lo largo de la misma Holbein y Vesalio se dan cuenta de sus facciones y descubren el engaño. No la denuncian, admiran su talento y continúan apoyándola para lograr su sueño. El cambio de nombre e identidad no sólo queda ahí, cuando por fin logra entrar a los talleres de Tiziano en Venecia, le otorgan uno nuevo: Orlando. El uso de la historia, así como de datos es importante para la novela. Alicia mezcla las formas para decirlo. Por una parte, están los hechos históricos listados como un párrafo: Ya Da Vinci podría dedicarse a la invención de máquinas de guerra, matemáticas, escultura, vaciado de bronce y anatomía, que a él sólo le interesaba el soñador rostro de la Gioconda; ya a Miguel Ángel, esa arrolladora fuerza de la naturaleza, estaba a punto de terminar las canteras de Carrera, mientras él escudriñaba su técnica del fresco; ya Rafael, obviamente tocado por un espíritu divino, podía producir perfectas madonas en serie, cuando él trabajaba siete días con sus noches para hacer una sola sin su apacible mirada; y Boticelli, ¿de dónde sacaba esa luz? ¡Había tanto por hacer! O parte de la narración de la historia donde a partir de los personajes se infiere el hecho histórico: Catalina de Aragón reina desde hace diecisiete años al lado de su esposo, ve florecer a su hija prometida a Carlos V, augurando su próximo reinado sobre vastas posesiones. Todo proclama que permanecerá con Enrique hasta después de muerta, pues él ya ha mandado construir unos grandes mausoleos de basalto y mármol con Pietro Torrigiano en la capilla del palacio de Windsor. En fin, Alicia Flores nos comparte una época que pareciera tener mucho interés por el público, llámese lectores, historiadores, cinéfilos, ya que libros como éste o series como The Tudors o película como La otra Bolena retoman una época que fue un parteaguas para la historia de la cultura inglesa en todas sus representaciones artísticas-culturales.

Alicia Flores, Una retratista en la corte de Enrique VIII. Planeta, México, 2011; 328 pp.