Boris Berenzon Gorn[i]
No hay tiempo[ii].
Ya no hay tiempo.
Pero, ¿alguna vez hubo tiempo?
La ilusión de la vida por delante,
se conjuga con el verbo
de la vida por detrás.
Y todo transcurrir no es más que un punto,
quizá un punto extensible
o el revés de ese punto,
porque el tiempo es puntual.
Un punto que a veces se desliza levemente,
como una gota de asombro de la luz
o un inesperado corpúsculo de sombra,
tan sólo para justificar algo parecido a un nivel
en el barómetro casi fijo
que mide la presión imposible de la vida.
O tal vez simplemente
la presión diagonal de lo imposible.
Roberto Juarroz
A manera de presentación
Un día, caminando con Enrique Semo por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, me decía: “me gusta la política” “todos debemos tener una posición política”. Y partía de lo que para él es una obviedad la educación, politiza, produce ideologías, Pero Semo era enfático y claro, “la arena de la política no es el espacio de la academia”. “Hacer política en las universidades habla de la pobreza de los seres. El enemigo está afuera”.
Enrique Semo pertenece a un rejuego generacional que entiende el compromiso del académico como un acto de teoría y praxis a partir de la congruencia .Y no hay otro camino: nunca el pragmatismo sobre la ética.
Historiografía y congruencia
La historiografía, pretende evadir la consecuencia, se refugia en la cueva de la falsa sabiduría, obsoleta idea positivista.
Tradicionalmente, la investigación histórica se ha hecho con “fuentes” a través de las cuales se buscan “datos”, la “datofrenia”, para tratar de reconstruir el pasado. Sin embargo, las “fuentes” y los “datos” no contienen una única posibilidad de lectura e interpretación, sino que éstos se codifican dependiendo de quien, cómo y para qué los interpreta, se parte del principio de que no existen datos independientes de un lenguaje teórico que los posibilita.
El acto de acercarse a un núcleo definido de fuentes con las cuales se pretende reconstruir un pasado -una de las tareas específicas del oficio del historiador-, implica de una u otra manera, acercarse al lenguaje desde el cual pudo ser construida la fuente y su pertinencia con el dato que queremos extraer, pues estos, finalmente, no son algo dado sino construido.
Esta perspectiva compromete un acercamiento a las diversas posibilidades de reconstruir el pasado para entender el presente creando conciencia, la única arma de Clío.
La pregunta es entonces ¿qué tipo de interpretación necesitamos para reconstruir qué tipo de pasado? La elección de fuentes para la investigación histórica, ofrece en primer termino, determinar el tipo de lenguaje mediante el cual se ofrecen los datos, y más aún cuando se cree que una característica de la investigación histórica es la distancia cultural y simbólica que separa al que produce la fuente de quien la lee, lo cual exige un esfuerzo para analizar lo que es relatado. Toda fuente, es producida dentro de un juego de reglas en las cuales se integra el sujeto histórico en su proceso de socialización.
Los requerimientos de la actual forma de llevar al cabo la investigación histórica, exigen que el historiador recurra no solo a las fuentes y a las interpretaciones con las que tradicionalmente se ha reconstruido el pasado, sino que también contemple dentro de sus expectativas aquellas que ha abierto la revolución del documento y la revolución de la interpretación, el documento-monumento, que se generó con la introducción de nuevas tendencias historiográficas a partir de la década de los setenta.
Consecuencia
El martes 11 de mayo de 2010 Enrique Semo público ¿Por qué se rebela la gente? Semo meticuloso y consecuente empezaba diciendo “La revolución es un concepto construido por la ciencia social y la experiencia popular. Se trata de un conjunto de sucesos que unidos tienen un significado que los trasciende”[iii]. Con este pequeño pero contundente artículo, Semo se posicionaba ante los festejos oficiales e informales del Centenario de la Revolución Mexicana. Semo, era el síntoma más exquisito de la consecuencia académica que se alejaba de las parafernalias sin sentido de una conmemoración estéril. Para Semo se trataba de reflexionar:
El periodo de modernización en el Porfiriato en los años 1880-1910 obedeció también a impulsos externos: la segunda revolución industrial que parecía prometer un progreso sin fin. La maquinaria moderna impulsada por el vapor invadió todas las ramas de la producción. Aparecieron nuevas fuentes de energía: la electricidad y el motor de gasolina. Hacia 1890 el número de luces eléctricas y la producción de petróleo se dispararon. Se multiplicaron los descubrimientos, el teléfono y el telégrafo se vieron acompañados del cinematógrafo, los automóviles y los radios. Las grandes potencias multiplicaron sus inversiones en los países menos desarrollados, se lanzaron a construir imperios y zonas de influencia. El auge desembocó en una gran crisis económica, una mortífera guerra mundial y una cadena de revoluciones sociales que dio la vuelta al mundo: México, Persia, China, Rusia, Hungría y Turquía.
En México, aparentemente la oligarquía de terratenientes y empresarios tenía en sus manos las posiciones de mando. Pero Díaz muy pronto se alió con los capitalistas estadunidenses y europeos, y abrió la puerta de par en par a sus capitales. Se construyó una red ferroviaria que integró el mercado interno y estrechó los lazos con el mundo de afuera, renació la minería de la plata y la producción de cobre, y hacia el final, de petróleo, que se transformó en importante renglón de exportación. Se inició la producción para el mercado interno de textiles, papel, hierro y acero, entre otros productos. En el sur se comenzaron a exportar grandes cantidades de henequén y café. En términos puramente económicos se produjeron cambios valiosos. Pero el pequeño grupo de científicos que gobernaban junto a Díaz no tomaron en cuenta los efectos que estos cambios tuvieron sobre la mayoría del pueblo. Apareció una incipiente clase obrera, pero la prohibición general de asociación produjo las primeras grandes huelgas duramente reprimidas. Surgió una intelectualidad crítica o incluso disidente. Se multiplicaron las expresiones de nacionalismo en la clase media como resistencia al excesivo dominio del capital extranjero. En el campo, la creciente concentración de la propiedad de la tierra llevó a los pueblos libres al borde de la desesperación. Un periodo que aparentemente fue tan exitoso acabó en la crisis económica y una explosión revolucionaria.
Enrique Semo nos muestra dos formas de cambio desde la historiografía: la modernización dependiente desde arriba y la revolución. No hay duda que la segunda se origina en el fracaso y el elitismo de la primera.
La modernización desde arriba fracasó porque las élites se olvidaron que el pueblo debe participar de los beneficios del desarrollo. La Revolución dio una nueva orientación al desarrollo del país. La revolución de Independencia abrió el paso a los ideales liberales que acabaron por imponerse. La Revolución de 1910 abrió la posibilidad de un Estado nacionalista, una reforma agraria y la incorporación de demandas populares en las políticas de los gobiernos. Ignorar la secuencia es absurdo. El problema es cómo acabar con el círculo vicioso: modernización desde arriba-revolución social.
¿La historiografía de izquierda? Praxis social
Siempre ha sido difícil ponerse de acuerdo en qué se entiende por izquierda, pero hoy lo es más que nunca nos dice Semo, Los principios de la publicidad aconsejan robar cualquier concepto que logra audiencia. De ahí la necesidad del pensamiento crítico: analizar la relación entre discurso y práctica, entre rumor y realidad. Por otra parte, en época de campaña electoral, la izquierda debe inevitablemente cumplir con dos objetivos que no siempre coinciden, uno inmediato y otro a largo plazo: ganar las elecciones y reafirmar su identidad. Triunfar en la elección equivale a conseguir una porción del poder; afirmar una identidad es construir una hegemonía, sin la cual no hay cambio posible.
Como cualquier otra identificación política, la dialéctica de la izquierda/derecha está históricamente determinada.
Para Semo, en los últimos veinte años, ha surgido en México y en varios países de América Latina un nuevo tipo de izquierda, más pragmática, orientada a la construcción de amplias coaliciones que apuntan a reformas en los aspectos nocivos del ajuste neoliberal impuesto en los últimos treinta años. Con ciertos parecidos con los movimientos nacional-populares del pasado se están modificando la política y la economía de la región por medio de la competencia electoral, así como las masivas movilizaciones públicas y los nuevos proyectos de integración de países latinoamericanos.
La nueva izquierda está firmemente anclada en las expectativas de cambio democrático y progreso social. Elaborando el término con un significado amplio para que pueda englobar a organizaciones y personalidades de muy diversos grados de radicalismo o gradualismo, debe sin embargo fijar límites mínimos que la distingan claramente de la derecha neoliberal que dominó en la mayoría de los países latinoamericanos y que en México sigue dominando. Los nuevos límites deben posibilitar la inclusión de grupos sociales hasta hace poco excluidos. Deben ampliar la eficacia reformadora de su política en cuestiones vinculadas con las relaciones de producción y distribución, la promoción de modalidades de acción popular, la consideración de variantes de economía mixta y de actitudes hacia el capital extranjero. Según Semo, en lo ideológico las expectativas de cambio deben abrirse para sumar desde sectores moderados hasta los que siguen manteniendo la utopía creadora de la abolición de la propiedad capitalista y el socialismo.
La nueva izquierda latinoamericana, que en Cuba tiene su precursor y que en varios países ha ganado el gobierno por la vía electoral -Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Venezuela, Nicaragua- es a la vez partidaria y movimiento social. Una izquierda heterogénea, compuesta de múltiples grupos y de variados enfoques teóricos: liberalismo, marxismo, nacionalismo, catolicismo social. Como entidades nacionales mantienen fuertes diferencias debido a las condiciones particulares impuestas por las diversidades de condiciones territoriales, étnicas, geopolíticas y culturales propias de cada país. El gran punto de encuentro es la insatisfacción con el tipo de capitalismo efectivamente configurado por el neoliberalismo.
Para Enrique Semo, la historia de América Latina ha mostrado desde su independencia y hasta ahora diferencias muy grandes con la historia de Europa y de Estados Unidos. Mientras que hoy en esos lugares la izquierda liberal y socialdemócrata se encuentra sin rumbo, vencida por el poder financiero, en América Latina una multitud de países que buscan romper con las políticas del neoliberalismo y la dependencia suman éxitos visibles, y en algunos casos decisivos, sin romper con el capitalismo.
En Estados Unidos, el gobierno demócrata de Barack Obama realiza una operación gigantesca de rescate de las instituciones financieras a costa de los impuestos pagados por los ciudadanos. En Grecia, Giorgios Papandreu, quien fuera presidente de la Internacional Socialista, puso en práctica una política de austeridad feroz con privatizaciones masivas, supresión de empleos y, al final, abandono de la soberanía en manos de tecnócratas no elegidos. En países como España o Portugal el término de “izquierda” está a tal punto pervertido que no se le asocia con ningún contenido político particular. La parte socialdemócrata de la izquierda europea ha claudicado ya ante la decisión de la derecha de sacrificar el Estado de Bienestar para restablecer los equilibrios presupuestarios y complacer a los círculos financieros.
En cambio, en la mayoría de los países de América Latina se forma una nueva izquierda, muy distinta a la estadunidense o la europea, que logra mellar la ofensiva del Consenso de Washington, mostrando una firme tendencia a tomar el relevo de la izquierda liberal y socialdemócrata de Europa. Se trata de una izquierda de tipo nacional-popular bastante común en la historia del continente en el siglo XX. En México, esa izquierda existe también, y sus posibilidades no son menores que en el resto de los países latinoamericanos, respetando las particularidades muy marcadas de nuestro país.
Consecuencia historiográfica
El eje de las propuestas de Semo se orienta a dotar a la democracia representativa de eficacia para convertir las aspiraciones populares en políticas reales. El combate contra la corrupción y la violencia; la lucha contra la pobreza, la desigualdad social y política y el desempleo, así como la búsqueda tenaz de una inserción más independiente en los escenarios de la globalización, son sus cartas de presentación irrenunciables. Es cierto que la derecha también esgrime esos mensajes como parte de su demagogia. De ahí la importancia de que el discurso coincida con las prácticas en la actividad cotidiana de los políticos de izquierda, de sus gobiernos municipales, estatales y federal. En esto no hay aspectos chicos y grandes. La identidad se borda laboriosamente, no se constituye a gritos y a sombrerazos. Quizás el mayor atractivo, sea esa congruencia entre la palabra y la acción a lo largo de toda una vida, la de Enrique Semo.
La nueva izquierda latinoamericana no obtuvo el apoyo popular de la noche a la mañana. Su ascenso ha estado más de acuerdo con la estrategia gramsciana de la lucha de posiciones que con la idea de la revolución, predominante hasta hace poco. El esfuerzo por ganar el referéndum antipinochetista en Chile, las políticas de los gobiernos locales de Porto Alegre, Montevideo y las alcaldías de izquierda de Venezuela, el PRD en la Ciudad de México, fueron algunas de sus primeras experiencias. Los duros combates en Bolivia contra la privatización del agua en Cochabamba, el dirigido por Evo Morales en defensa de los productores de la hoja de coca contra los ensayos de Estados Unidos por erradicar la planta, son otros de los antecedentes y acompañantes de sus victorias parciales.
La captación del voto indeciso de amplios sectores sólo puede ser lograda con las referencias a la coherencia entre discurso y acción de la izquierda y la disipación militante e inteligente de los rumores de doblez, de intención expropiatoria y antiempresarial, sembrada empecinadamente por un enemigo equipado con medios gigantescos.
Hoy los habitantes del planeta nos hemos convertido en simple productores, consumidores, contribuyentes, y habría que preguntarse sí ciudadanos. Debemos tomar conciencia de la amenaza de la imposición cultural. Enrique Semo lleva muchas décadas haciéndonos notar esta dialéctica del sujeto histórico.
Delimitar el ego convoca casi siempre a la negación, a la intransigencia y evidentemente al sufrimiento liberador de la castración, y otras veces más a los totalitarismos de cualquier tipo para asustar a los fantasmas del vacío; pero estos son pacientes, saben esperar, sienten que falta algo: una verdad perecedera y trágica del deseo que sólo puede afirmarse naufragando en el tiempo.
Darnos cuenta de cómo se construye el pasado, cómo se tejen las urdimbres de discursos del poder, en los que descansa el habla del imaginario de una verdad histórica; es hoy, más que nunca, la posibilidad de emprender una cruzada a la inversa que permite ver el pasado desde la conciencia del “nosotros”, que permita vernos como parte del proceso de construcción histórica en lugar de permanecer aislados en la vanidad del microcosmos.
Para ahuyentar el seductor llamado de los fundamentalismos, vengan de donde vengan, que en vez de fragmentar la historia tras un ideal efímero y cruel que justifica la diferencia por ambición, una vez más que la semejanza en nombre de distintos cáliz y piedras filosofales ante un desgastado sistema económico, cultural y envilecido de mundo con una espiritualidad empobrecida, como hoy lo muestra la crisis mexicana, el racismo europeo, los atentados a Estados Unidos y las guerras de éstos en Irak o Medio Oriente que buscan justificar al imperio; temas hasta ahora considerados tabú, como el transfondo del tejido en torno al choque de civilizaciones planteado hace años por Samuel Huntington.
Todas estas manifestaciones nos muestran más bien que estamos ante una guerra en la que no solo se combate por el territorio, sino además, por los valores, la cultura, en síntesis la imposición de una visión intolerante del mundo que desvanecen las coordenadas políticas.
En efecto, los valores europeos y estadunidenses permiten y pervierten la convivencia de gente de otras culturas, de otras razas, de otras religiones, en su territorio. Cuando se denigra su significado, los valores de tolerancia, libertad y respeto a la vida privada se convierten en un arma de doble filo; nosotros respetamos su cultura, pero ellos no respetan la nuestra.
Es inevitable que estas palabras evoquen el discurso del poder, del amo que reafirma la superioridad de la cultura occidental.
Pensar historiográficamente es abrir la perspectiva del ser y el estar.[iv] El alud de “libros de historia”, contribuciones al supuesto rompecabezas del pasado nos llevan a una confusión del sentido de la historia. Y qué mejor respuesta a estos vientos posmodernos que la obra de Enrique Semo que reúne desde múltiples miradas pero una sólida metodología, el materialismo histórico, que rompe con los ecos del fundamentalismo desde el microcosmos mexicano mostrándonos que el pasado se interpreta, no se explica; se reconoce, no se conoce. Desde el Renacimiento, la supremacía del sujeto histórico actuó en favor de un pragmatismo político. La historiografía era la maestra de la vida, registraba las hazañas de los hombres y constituía la piedra angular para forjar un sentimiento nacionalista. La historiografía adquiría un carácter instrumental y utilitario, donde el pasado se convirtió en un depósito inagotable de sucesos demostrables. Es el pasado lo que en verdad nos constituye, es lo opuesto al postulado del positivismo histórico, que niega la historicidad. En la ciencia histórica el pasado no es una cosa o un objeto, sino algo propio y unido al hombre. La obra de Semo abre con una serie de reflexiones sobre el ser histórico de Latinoamérica, planteando una historia que esté más allá de la mera descripción, le pide al ser pensar, imaginar y atreverse a errar.
La obra de Enrique Semo, Historia del capitalismo en México, es un clásico historiográfico[v], una contribución excepcional a la literatura histórica al modo del materialismo histórico. En México, como historiografía, su obra se coloca en una clase aparte. Sus consideraciones sobre el marxismo mexicano en varios de sus notables ensayos están dotadas de un sólido esquema analítico y a la vanguardia del resurgimiento de los estudios marxistas contemporáneos.
En el estudio del capitalismo mexicano, la obra de Semo reabre una importante polémica al interior del marxismo: la relación que existe entre el desarrollo de las fuerzas productivas y los cambios en las relaciones sociales de producción. Es importante el planteamiento de este problema que la historiografía mexicana no pudo ver por un dogmatismo ilustrado.
La consecuencia de la obra de Enrique Semo, abandona las construcciones especulativas tan caras a la historiografía políticamente correcta del marxismo, y abre el camino a la profundización de una polémica ya iniciada, que puede rescatar de las tinieblas al materialismo histórico.
Finalmente nos brinda un brillante análisis de la crisis del modo de producción en México, de los cambios imperceptibles, pero decisivos, en el equilibrio de las fuerzas de clase en pugna por la tierra, que llevarán al lento surgimiento de la economía alborada en el ser del capitalismo mexicano.
Con frecuencia, la investigación histórica se ha realizado a través de fuentes de las cuales se obtienen datos que pretenden ser la verdad en la que se sustenta el discurso histórico, verdad que siempre es imaginaria, porque la verdad como tal no existe.
Una deuda historiográfica… asignatura pendiente
Después de leer a Enrique Semo nos damos cuenta de las añejos de los intercambios que los historiadores y los científicos sociales tenemos con la física, ya que podríamos movernos en un mundo epistemológico de horizontes más amplios retomado los aportes del principio de la incertidumbre, tal como lo planteó en sus inicios Einstein y después Heisenberg y hoy sigue siendo uno de los temas más discutidos entre los físicos.
La experiencia del materialismo histórico nos ha demostrado que existen otras fronteras de la naturaleza que no pueden ser estudiadas con una teoría de los fenómenos microscópicos, Esta frontera deberá ser explorada por las generaciones de científicos de este milenio. Es más, el propio Heisenberg, llegó a plantear el dilema de que o bien podemos interpretar el espacio-tiempo como constantes invariables pero, debido a las relaciones de incertidumbre, al precio de abandonar las explicaciones deterministas, o bien podemos conservar tales explicaciones, pero al precio de renunciar a la posibilidad de interpretar las alteraciones de la teoría del tiempo como si se refirieran a individuos y a procesos localizados en el espacio y en el tiempo.
Enrique Semo, nos muestra cómo las fuentes y los datos no se sujetan en una única posibilidad de lectura e interpretación, sino que éstos se codifican y decodifican dependiendo de quién y cómo los descifra. En el proceso de investigación se parte del principio de que no existen datos independientes del lenguaje teórico que los posibilita. Lo que significa, por un lado, que en el episodio de acercarse a un núcleo definido de fuentes con las cuales se pretende reconstruir un pasado, una de las tareas específicas del trabajo histórico, implica de una u otra manera, acercarse al lenguaje desde el cual pudo ser construida la fuente y su eficacia con el dato que queremos extraer, pues estos, finalmente, no son algo dado sino construido socialmente. Y por el otro lado, el historiador deberá estar consciente de que su propia visión y lenguaje, su propia visión epistemológica y ontológica inciden drásticamente en la interpretación y reconstrucción del proceso histórico.
Asimismo los requerimientos de la actual forma de llevar al cabo la investigación histórica, exigen que el historiador recurra no sólo a las fuentes con las que tradicionalmente se ha reconstruido el pasado, sino que también contemple dentro de sus expectativas aquellas que ha abierto la llamada revolución del documento, ante el documento-monumento, que se generó con la introducción de nuevas tendencias historiográficas a partir de la década de los trabajos de Enrique Semo
Karl Marx pretendía que fuera una ciencia sintética y totalizadora de la realidad social, aquel conocimiento capaz de expresar objetivamente el carácter de totalidad y movimiento de lo real, ya sea en el plano de la naturaleza o de lo humano. Cuando esta corriente no ha sido dogmática ha sido de una valía considerable. Por ejemplo, los trabajos de Karel Kosik, Pierre Vilar o Louis Althuser y Adolfo Sánchez Vázquez y Enrique Semo, que por cierto hoy se encuentra en una importante revaloración y reformulación teórica.
Bibliografía.
BERENZON, Boris y Georgina Calderón, cords. Historia de la Historiografía de América, 1950-2000. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 2010-2011. 5 t.
Memorias del Simposio de Historiografía Mexicana. México, Comité Mexicano de Ciencias Históricas/ Gobierno del Estado de Morelos/ Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 1990.
ECHEVERRÍA, Bolívar, Definición de la Cultura, México Ítaca- UNAM 2001.
SEMO, Enrique. Historia del capitalismo en México. Los orígenes. 1521-1763. México, Ediciones Era (col. El Hombre y su tiempo), 1973.
________. Entre crisis te veas. México, Universidad Autónoma de Sinaloa/ Editorial Nueva Imagen, 1988.
_______ et al. Interpretaciones de la revolución mexicana. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Editorial Nueva Imagen, 1979.
________ cord. México, un pueblo en la historia. México, Alianza Editorial, 1981-1998. 12 t.
[i] Colegio de Historia y Posgrado en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
[ii] Roberto Juarroz, Los extremos de la palabra
[iii] Enrique Semo, ¿Por qué se rebela la gente? La Jornada, 11 de mayo de 2010
[iv] Ver Bolívar Echeverría, Definición de Cultura.
[v] Ver la obra de Enrique Semo desde esta misma propuesta, Historia económica y social de la Nueva España. Edición corregida y actualizada, Editorial Océano, (En producción), 2006. Los orígenes. De los cazadores y recolectoras a las sociedades tributarias, en la colección Historia Económica de México Editorial Océano, México, junio 2006. La izquierda y el fin del régimen de Partido de Estado 1994-2000, Editorial Océano, México, 2005.La izquierda mexicana en los albores del siglo XXI, Editorial Océano, México, 2003. Crónica de un derrumbe, las revoluciones inconclusas del Este, Edit. Grijalbo, México, 1991. Entre crisis te veas, Edit. Nueva Imagen, México, 1988. Viaje alrededor de la izquierda, Edit. Nueva Imagen, México, 1988 Historia mexicana: economía y lucha de clases, Edit. Era, México, 1978. La crisis actual del capitalismo, Edit. Ediciones de Cultura Popular, México, 1975. Historia del capitalismo en México I. Los orígenes 1521-1763, Edit. Era, (22 ediciones), México, 1973.
