Quedémonos con Estados Unidos Mexicanos

Marco Antonio Aguilar Cortés

Peligrosa, inoportuna y grotesca es la vieja iniciativa plagiada por el presidente Felipe Calderón, días antes de terminar su sexenio, para cambiarle el nombre oficial a nuestro país.

El inquieto y talentoso fraile dominico Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1763-1827) se opuso a la burda imitación que hacían de las estructuras político-jurídicas de los Estados Unidos de América los fundadores de nuestra república.

Allende a nuestra frontera norte existieron 13 colonias que se independizaron de Inglaterra, decía fray Servando, en cambio aquí había una sola colonia: la Nueva España. Allá el federalismo de Hamilton se justificaba, debía unirse lo disperso, ya que cada colonia era un estado, por eso el título de Estados Unidos de América, nominación natural, aunque amenazante y ambiciosa.

Aquí era craso error establecer el federalismo, pues sería artificioso dividir lo unido, para falsamente volverlo a unir por el prurito de ser federalistas, cuando el coloniaje tenía la unicidad geográfica que exclusiva y naturalmente daba para un solo Estado.

En aquel tiempo, Mier y Guerra tuvo cierta razón; empero, ahora, hay errores históricos que se naturalizan y legalizan por el paso de los años y las circunstancias, a tal grado que, hoy, sería un equívoco enorme tratar de corregirlos.

Más nos vale dejarle a nuestra nación el nombre oficial de Estados Unidos Mexicanos, aunque le sigamos diciendo familiarmente México en el ejercicio de la vida cotidiana.

Hacer un cambio de nombre al país en estos momentos es tan irrelevante como inoportuno, tan costoso como absurdo.

¿Cuánto costaría ese cambio de nombre? Se requeriría: reformar nuestra Carta Magna e imprimir miles de millones de textos al respecto; cambiar totalmente toda la moneda y los billetes emitidos por el Banco de México; reemplazar toda la papelería oficial; sustituir todos los pasaportes en circulación; suplir todo lo que en el derecho público y en el privado lleve sellos con la actual denominación; y, obvio, notificar y establecer el nuevo nombre ante todos los foros internacionales.

En todo lo anterior se gastaría lo que no tenemos, y que convendría invertir en algo productivo, si lo tuviésemos.

Afortunadamente no hay mal que dure seis años ni pueblo que lo resista. Al publicarse este artículo, Calderón Hinojosa habrá entregado el poder presidencial a Enrique Peña Nieto. Para esta etapa “la noche quedó atrás…, pero me envuelve”, en el sentido que lo expresó el poeta inglés William Ernest Henley (1849-1903) y de donde el doble espía comunista nazi Jan Valtin (1905-1951) tomó el título para su reconocida novela.

 A cada “capitán triunfante” le llega su noche. Felipe ya se fue, pero su noche, aun quedando atrás, nos sigue envolviendo. Del nuevo capitán triunfante esperamos un amanecer mejor, con producción compartida, y más humano.