México: certidumbre y madurez democrática y económica
Obdulio Ávila Mayo
El escenario internacional ha permitido a México demostrar que en materia económica, al igual que en otros aspectos, es un actor relevante y del cual hay mucho que aprender. Por décadas los mexicanos y en los inversionistas alrededor del mundo tenían la certeza de las devaluaciones y de la falta de incentivos que complicaba la llegada y permanencia de las grandes empresas.
El liderazgo en el G-20 y la aceptación de México como la décima economía en formar parte del proceso de constitución del Acuerdo de Asociación Transpacífica son tan sólo algunos de los reconocimientos de la nueva posición de nuestro país en el mundo, de los avances alcanzados gracias a las políticas económicas y medidas encaminadas a que México sea cada vez más competitivo y capaz de participar en las negociaciones regionales y mundiales con las grandes potencias económicas, de tener voz y voto.
La inversión extranjera directa ha sido un vehículo para promover desarrollo económico y prosperidad en los países emergentes. Entre los principales beneficios está la generación de empleos, mejores prácticas corporativas, la formación de capital humano, transferencia de tecnología y conocimiento especializado, estimulación de la competitividad, incremento en el ahorro, captación de divisas, así como derrame económico hacia los proveedores domésticos.
Reformar el marco jurídico resulta un elemento clave para incentivar la inversión extranjera directa (IED) y así captar un porcentaje mayor de los flujos de capital.
México, antes de 1980, era básicamente un país cerrado a la IED debido a que existía la consideración de que las grandes multinacionales formaban parte de un mecanismo de dominación o intervención que podía poner en riesgo la soberanía. A mediados de 1980, y como consecuencia de una grave crisis, México inició una profunda reforma en materia económica.
Esta reforma incluyó una serie de medidas que ayudaron a la nación a incrustarse en la globalización, como la disminución de las barreras arancelarias y no arancelarias, así como la entrada al Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés, que se convertiría después en la Organización Mundial del Comercio).
En 1993, en concordancia con la entrada al Tratado de Libre Comercio con América del Norte, se firma la Ley de Inversión Extranjera, la cual estimula la inversión reduciendo o eliminando barreras que la limitaban. Esto apoyó el incremento en la entrada de IED en diversos sectores de la economía.
En el año 2001 la inversión extranjera directa en México despegó y llegó a los casi 30 mil millones de dólares y han sido, en su mayoría, factores externos y coyunturales, tales como el ataque a las Torres Gemelas o las crisis internacionales las que no han permitido un mayor avance.
Estos mismos motivos pueden ser una oportunidad más para que se impulse y siga creciendo, posicionándose. Según la Conferencia de la Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo, la mitad del flujo de 1.6 millardos de dólares que se espera migrarán en 2012, irán a los países en vías de desarrollo, causado este fenómeno por la inestabilidad de la zona euro y la crisis fiscal de Estados Unidos.
Esto representa para México una oportunidad y un reto. Elevar la competitividad requiere avances en reformas clave como la fiscal y la energética; abrazar la reforma laboral como una oportunidad para que el crecimiento económico esté sustentado en la generación de empleos y mejores condiciones para los trabajadores. Es necesario continuar con el fortalecimiento del mercado interno para que la economía del país esté preparada para las acometidas que puedan resultar de las finanzas y acuerdos o desacuerdos internacionales.
Las reformas son fundamentales para que las empresas con intenciones de producir, distribuir, o comercializar sus productos, tomen como serio candidato a México como receptor de su inversión.
Actualmente, México ofrece certidumbre y una madurez democrática y económica. La oportunidad es de México, la responsabilidad es de quienes desde el Legislativo y el Ejecutivo podrán seguir impulsando el motor de la maquinaria que ha llevado a México a participar en la toma de decisiones. La oportunidad y el momento es ahora.
