Ni cumplió ni le importa el futuro de la ciudad

René Avilés Fabila

Por ahora no es notable, pero pronto los medios y los ciudadanos comunes se percatarán de la inmensa deuda que Marcelo Ebrard le deja a su sucesor Miguel Angel Mancera. Las obras de corte faraónico que Andrés Manuel López Obrador puso de moda, en lugar de impulsar nuevos modelos urbanos, fueron los pasos que siguió Ebrard, pero llevándolos a extremos. Los puentes, los segundos pisos, la reurbanización que en general llevó a cabo, tuvo un muy elevado costo vegetal. El paso del concreto fue a costa de miles de árboles y del sacrificio de amplias zonas verdes. Es obvio, a cambio de la destrucción, Marcelo prometió reponer lo asesinado con mayor cantidad de vegetación. Pero ni cumplió ni le importa el futuro de la ciudad como zona verde. Las bicicletas son parte de una política de distracción y no una solución para una ciudad que padece la pasión del automóvil.

Tanto López Obrador como Marcelo Ebrard pusieron todo su empeño en hacer segundos pisos y obras espectaculares, con la idea de sorprender a los votantes ingenuos que no son pocos. Dentro de muy poco, veremos que la solución para el transporte que hallaron no fue la más adecuada. Era y es indispensable una solución política de largo aliento para recrear la transportación pública. Pero no. Ambos querían obtener popularidad y ya está el precio comenzando a destacar.

Los bosques y las áreas naturales protegidas fueron devastados. Para colmo, Ebrard, que ahora se declara de izquierda, se dedicó a privatizar lo que halló a su paso. Chapultepec, por ejemplo, ahora está amenazado por los peores mercaderes de México: los urbanizadores. Eduardo Farah, usuario y activista del medio ambiente, comentó que el gobierno capitalino tiró miles de cientos de árboles para llevar a cabo todas las obras y nadie sabe qué pasó con ellos ni si van a reponerlos, y, si en caso de volver a sembrarlos, podrán sobrevivir en un medio cada vez más hostil.

Marcelo se preocupó por lo visible, por poner puentes vistosos y de alto costo, por hacer que el Distrito Federal sea un circo, le restó dignidad a sus museos y grandes avenidas. El Zócalo es un circo o un salón de usos múltiples, del mismo modo que el PAN convirtió el Palacio de Bellas Artes en sucursal funeraria de los amigos de Consuelo Sáizar.

La ausencia de árboles, de zonas verdes, es cada día mayor. La nuestra es una ciudad que perdió el esplendor. Es verdad, la destrucción no arrancó con Andrés Manuel y Ebrard; venía de más lejos, pero fue con ellos que llegó a extremos intolerables y para cumplir con su propósito mintieron y engañaron.

Según los expertos los daños a las áreas verdes son irreparables. Es de esperar que el gobierno de Mancera trate de reparar en lo posible el grave daño que dos personajes en busca del poder le ocasionaron al Distrito Federal. Ayer era una ciudad de hermosa vegetación y de áreas verdes, de ríos y lagos. Hoy apenas quedan recuerdos de aquellos tiempos en que la política no era una actividad destructiva.

Si lo anterior fuera poca cosa, no dejemos de lado que Ebrard, por puro negocio, aparte de privatizar lo que estaba a su alcance, toleró que pusieran la escultura de un tiranuelo distante, a cambio de muchos dólares. ¿Qué hicieron con ese dinero? ¿Dónde están los nuevos árboles que prometieron?

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