César Arístides

Escrito durante la segunda década del siglo XX, según una muy pequeña y encantadora edición de Aguilar, el Romancero gitano concentra algunos de los poemas más hermosos de Federico García Lorca, y más bellos de la poesía en lengua española. El temperamento lúdicro y vital de los hombres y mujeres aventureros, osados y terriblemente apasionados se aprecia en las páginas de este libro con todo su esplendor, donosura, incluso trágico y deslumbrante destino. Y más allá de este garbo y donaire, el poeta español supo bien apreciar el desvelo amoroso, el yerro ardiente, la contemplación onírica sensual y el quebranto; prueba de esto último se haya en “Reyerta”, un poema donde el suceso más doloroso está dibujado por la hermosura lírica más intensa. Las metáforas de las resoluciones de una pelea cuerpo a cuerpo y la inminente presencia de la sangre revelan una observación dolorosamente encantadora de las pasiones humanas, igual mirada que García Lorca ofrece con la presencia amarga de dos mujeres bajo la sombra de un árbol, testigos de la fatalidad: “En la mitad del barranco/ las navajas de Albacete,/ bellas de sangre contraria,/ relucen como los peces./ Una dura luz de naipe/ recorta en el agrio verde/ caballos enfurecidos/ y perfiles de jinetes./ En la copa de un olivo/ lloran dos viejas mujeres./ El toro de la reyerta/ se sube por las paredes./ Ángeles negros traían/ pañuelos y agua de nieve./ Ángeles con grandes alas/ de navajas de Albacete./ Juan Antonio el de Montilla/ rueda muerto la pendiente,/ su cuerpo lleno de lirios/ y una granada en las sienes./ Ahora monta cruz de fuego/ carretera de la muerte”. Cuánto fulgor y dureza en la presencia de esos ángeles negros que son sombra, tajo mortal, filo de navajas y ascenso violento al cielo de la muerte. Mientras el toro es brutalidad desatada, cornada límpida de arma blanca. Con la presencia de las autoridades el poema ofrece una pausa para hacer del destino trágico un suceso en apariencia cotidiano: quien da fe de estos hechos, bajo un cielo caliente cual herida abierta, expresa un tedio leve y la afirmación de que esta lucha es sólo una más de las que tienen los hombres. Y aunque la tensión y la velocidad del poema disminuyen, no sucede así con la elocuencia y la gracia gitanas: “El juez, con guardia civil,/ por los olivares viene./ Sangre resbalada gime/ muda canción de serpiente./ Señores guardias civiles:/ Aquí pasó lo de siempre./ Han muerto cuatro romanos/ y cinco cartagineses”. El desenlace retoma los destellos, las frutas mortales del cuerpo, el escenario pintoresco y funeral para transformar la escena en un cuadro donde muerte y barranco, dolor y gallardía se pintan con el sufrimiento, la ferocidad del comportamiento de los hombres y un salvajismo conmovedor que expresa su bravura mortal, arrebatada, gitana: “La tarde loca de higueras/ y de rumores calientes,/ cae desmayada en los muslos/ heridos de los jinetes./ Y ángeles negros volaban/ por el aire de poniente./ Ángeles de largas trenzas/ y corazones de aceite”. Aves del destino trágico que vuelan, cuervos o deseos muertos, aves de carroña con los girones de cuerpos, aves del mal presentimiento. “Reyerta” es un poema contundente, hermoso, bien ceñido y resuelto con vértigo y notable encabalgamiento, una composición que bien se enlaza a la atmósfera de “Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla” y “Muerte de Antoñito el Camborio”, también poemas de este Romancero, que hablan del destino de los seres humanos marcados por la paradoja existencial: la vida, aunque nada vale, se goza de manera intensa y al extremo; reflexionan sobre la ironía en los actos del hombre: ser valiente aunque cueste la muerte. Estas condiciones se aprecian en el talante altivo y aventurero de los gitanos del ínclito poeta granadino.