Edgar Díaz Yàñez

 («El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…., el verbo “soñar”…»[i])

Crecí con la idea de que quien usaba lentes era porque leía o estudiaba mucho. Esa idea se la debo a una tía abuela.

Yo no quería leer porque no quería usar lentes.

No quería que en la escuela me dijeran cuatro ojos, cegatón, o cualquier otro adjetivo nada inteligente que los otros niños de mi salón inventarían. Crecí con esa idea, pero también crecí viendo a mi padre usar lentes toda la vida, pero nunca lo había visto leer. Tres personas más en mi familia usaban lentes pero tampoco los veía leer. Eso sí, veían la tele demasiado. Yo empecé a ver la tele durante mucho tiempo. Mi madre me decía que si veía la tele demasiado cerca o por largo rato me iba a quedar ciego. Yo no quería quedarme ciego ni usar lentes. Ahora ya no podía leer o ver la televisión porque mis ojos estaban en gran peligro. Con poca tele y sin libros me refugié en el deporte, luego lo abandoné. Crecí con temor a los libros y a la tele. No leía, veía poco y muy a lo lejos la tele.

Como mencioné, crecí.

Crecí y gracias a la escuela me enteré que existió un señor de apellido Borges y de nombre Jorge Luis, igual que un tío. Me enteré que Borges quedó casi completamente ciego a los cincuenta y seis años de edad[ii], que adoraba los libros desde pequeño, que fue su abuela materna, inglesa, la que le enseñó el inglés. Que a los siete años escribió su primer relato[iii] y a los ocho tradujo El príncipe feliz de Oscar Wilde. Que en una conferencia —clases, como él las llamaba—, el 24 de mayo de 1978 en la Universidad de Belgrano, cuyo título era “El libro”, dijo que «el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación»[iv]. Que tiene una frase muy famosa: “El paraíso debe ser algún tipo de biblioteca”. Alguien que ama tanto la lectura y los libros, pensé, no debería quedar ciego. Acaso, acaso mi tía abuela no estaba tan errada.

 («La televisión corruptora […] e incluso el cine si nos paramos a pensarlo»[v], «Releer no es repetirse, es ofrecer una prueba siempre nueva de un amor infatigable»[vi])

Ya cuando más crecido había comprobado que la lectura y los libros no eran causantes de la miopía o la ceguera o cualquier problema ocular —nunca leí y sí tuve que usar lentes— seguí sin leer.

En cambio me entregué al cine.

El cine fue para mí una revelación maravillosa, inigualable. Mundos nuevos, inventados, recreados, transformados, re memorizados, anhelados, nostálgicos aparecían siempre que la luz se desvanecía y el clac-clac-clac incesante del proyector comenzaba. La luz de la sala escapaba amenazando volver y las imágenes en la pantalla comenzaban a aparecer amenazando irse.

Fue en esta época cuando conocí, sí, en cine, a Hitchcock. Vértigo fue lo primero que pude observar en esa Cineteca ya olvidada, donde la gente no iba porque “sólo ponen puras películas aburridas”. Muchas películas de Hitchcock durante varios días, lo que ahora se llaman retrospectivas: Vértigo, The man who knew too much, Los 39 escalones, La soga, Frenesí, etc. Vi Vértigo tres veces en una semana, no podía simplemente dejar de verla. Recomendaba a todo el mundo, a todos los que conocía, que la vieran, que no se la perdieran. Recomendaba una tras otra hasta que un día un conocido, de esos que todo el mundo se empeña en llamar amigo, me dijo “Yo ya leí la novela”, yo no sabía que existía una novela de la película, “No, no es una novela de la película, la película está basada en esa novela. En español se llama De entre los muertos. Deberías leerla”. Lo odié. Y lo odié porque él no necesitaba ver la película, él ya había leído el libro.

Yo no necesitaba leer, yo tenía mis películas y era suficiente.

Pasó el tiempo y mi amor por el cine fue en aumento.

La necesidad de leer ya era un hecho; no porque yo quisiera sino porque en la escuela me obligaban a leer. Me dejaban leer libros demasiado imbéciles. Recuerdo haber odiado a la maestra de orientación cuando acabé de leer un libro tan soso y tan vacío, tan torpe y tan inverosímil, que nos había dejado leer como calificación final titulado Juventud en éxtasis. Era el peor libro, ¡qué bueno que antes no había leído otro libro, si todos eran así no quería leer nada!

Decidí no volver a leer algo que en la escuela me dejaran. Esos libros eran más aburridos y tontos que un partido de golf por la radio. Me puse en huelga: no leería nada por recomendación de los maestros. Mi madre, y sobre todo mi padre, no tomaron con agrado mi acto de rebeldía. No me dejarían salir o ver la tele si no leía lo que en la escuela me dejaban. Yo me quejaba, ¿cómo era posible que apoyaran tales actos inhumanos, tales libros? Y ¿cómo es posible que me obliguen a leer cuando ellos no lo hacen? Yo no sé, me decía mi madre, pero vas a reprobar si no haces la tarea. Mi padre agregaba unas amenazas dignas de la Gestapo a las palabras de mi progenitora; como sabía que en efecto reprobaría y que el patriarca cumpliría las sangrientas amenazas, leí lo que en la escuela dejaron.

Odié la escuela y odié aún más los libros.

Amé y me refugié aún más en el cine.

Conocí a una chica preciosa en un maratón que la Cineteca ofrecía, era un maratón de Woody Allen. Queriendo presumir mis conocimientos woodyallenescos con afán de cortejo me acerqué a ella e intenté entablar una charla. Me preguntó si había visto películas de Ingmar Bergman, ídolo indiscutible de Allen. Contesté que sí, Fresas salvajes, Fanny y Alexander, Gritos y susurros, La hora del lobo, El séptimo sello, y todas aquellas que a la mente me saltaban aunque no las hubiera yo visto. Ya leíste entonces a Dostoievski, el otrora escritor favorito de Allen, ¿no?, inquirió sin mala fe pero con mucha agudeza; mi tierna edad me delataba. Moví la cabeza en forma negativa. ¿Y eso?, me preguntó, expliqué que la lectura no era lo mío, que prefería la oscuridad de una sala de cine y las imágenes en movimiento, sincronizadas con la música ágilmente escogida para tal o cual escena. Ah, me dijo, tal como Pennac. ¿Quién? Inquirí. Pennac, él dice que «en una película todo está dado, nada se conquista, todo está masticado, la imagen, el sonido, los decorados, la música de fondo en el caso de que no se entendiera la intención del director»[vii]. Pero eso no es cierto, contesté un poco molesto por la observación, eso me hacía quedar como un caracol babeante que no entendía algo si no se lo explicaban a detalle con imágenes. Se necesita demasiada inteligencia — ¡sí, cómo no!— para comprender una película de Bergman o una de Lynch, de Fassbinder, de Herzog, de Allen, de Buñuel, Lang, Kubrick, Schlöndorff, Truffaut, Godard, Chabrol, Kurosawa, Wenders, Welles… ¡Sí, me interrumpió, pero debes admitir que todos esos son lectores incansables! Sabes muy bien que esas mentes se iniciaron leyendo grandes obras maestras, grandes libros y grandes autores. Dudo mucho, le dije, que haya grandes libros. Pero los hay, rebatió. El punto es que me molesta que esa persona, de quien dijiste lo de las películas, diga que todo ya está masticado, acaso en las películas que él ha visto sí, pero entonces infiero que las películas que ha visto son películas tontas y malas. Te entiendo, me dijo mientras se acercaba a un café, el mismo Pennac, páginas adelante menciona: «El profesor […] se pregunta […] si determinadas películas, de todos modos, no le han dejado recuerdos de libros. ¿Cuántas veces ha “releído” La noche del cazador, Amarcord, Manhattan, Habitación con vistas, El festín de Babette, Fanny y Alexander?»[viii]. Entonces, observé, ver una película es como leer un libro, volver a verla es como releer, ¿no?. Podría decirse, Pennac hace un ensayo en forma de novela donde se pregunta por qué la gente no lee. Pues yo pienso que aquí en México, le dije, no leemos porque no hace falta hacerlo; tenemos la televisión y la televisión tiene las telenovelas y los partidos de futbol, y siendo honestos, tiene buenas películas en el 22 o en el 11. Creo, continué, que la pregunta ¿por qué no leemos? es errónea; la cuestión correcta sería, en todo caso, ¿Por qué habríamos de leer?. Pennac, rebatió ella, dice que hay muchos motivos para hacerlo. ¿Como cuáles?. Pues de inicio menciona: «Para aprender. Para sacar adelante nuestros estudios. Para informarnos. Para saber de dónde venimos. Para conservar la memoria del pasado. Para buscar un sentido a la vida»[ix], etc. Pero para aprender, impertinente interrumpí, está la escuela… ¿Y con qué crees que enseñan en la escuela?… para sacar adelante nuestros estudios, lo paso, porque sólo para eso leí. Para informarnos está el periódico o las noticias. Para buscar un sentido a la vida tengo las películas, creí haber ganado la partida con esas observaciones pero no fue así. Se ve que no has leído, me dijo mientras me miraba muy desconfiadamente. Voy a recomendarte algunos libros.

Y en efecto me recomendó muchos libros.

Los leí una vez que mi curiosidad fue más grande que mi desconfianza y temor. Leí esos títulos que me había dado y descubrí otro mundo si no más maravilloso que el cine, cuando menos igual. Paseaba por las costas de Japón de la mano de Mishima y su Rumor del oleaje, me identifiqué con la desgracia amorosa de Aurelio Pérez en Niebla de Miguel de Unamuno —uno de mis libros favoritos— y odiaba a la dama de las camelias por lo que hizo, esquivaba balazos en Los de abajo y me moría en Comala junto a Pedro Páramo, recordaba junto a Aureliano Buendía esa tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo y atestigüé lo que pasó con Jesús y María Magdalena en El Evangelio según Jesucristo, resolvía crímenes junto a H. Bustos Domecq y habitaba la Historia de dos ciudades, amaba y peleaba al lado de Amadís mientras notaba el vino tinto pasar por la garganta de la princesa en lugar de Tirante Blanco, corría muerto de miedo junto con Sancho Panza cuando dejaron libre al león y grité “Confesión” al igual que la Celestina, tuve una aventura amorosa surrealista con Los desfiguros de mi corazón y descubrí que la vida es sueño cabe Segismundo.

Una y otra vez leí y releí libro tras libro, porque como bien menciona Sergio Pitol «La auténtica lectura es la relectura»[x]. Borges no estaría más de acuerdo[xi]. Cuando uno relee vuelve a la misma historia pero contada de diferente manera, acaso una vez estemos tristes y en lugar de reír, lloremos; acaso estemos enojados y en lugar de suspirar, prodigamos maldiciones por las acciones de los personajes; acaso estamos exaltados y en lugar de leer un espacio, lo saltamos. Releer, diría Borges, es no poder bajar al mismo rio dos veces: nosotros somos los mismos, las orillas del río son las mismas, las piedras, todo en el río es lo mismo excepto por el agua, lo más importante del río, el agua, no es la misma. Un libro puede ser el mismo, pero su agua, las letras, no son las mismas.

Gracias a ella tengo un nuevo amor: El libro. Y cuando releo ofrezco siempre una prueba nueva de mi amor infatigable.

(«El derecho a no leer, El derecho a saltarnos las páginas, El derecho a no terminar un libro, El derecho a callarnos»[xii])

Ahora que ya compartía el amor con dos, o con tres si tomamos en cuenta a mi iniciadora en las letras, ahora que ya podía disfrutar de un libro sin temor, pero con la misma desconfianza. Ahora que por fin pude leer a Pennac, practico con mucha regularidad la lectura. Ahora que sigo desconfiando, porque hay libros que pueden ser demasiado largos pero demasiado interesantes, aprovecho un derecho, que según Pennac tengo, a no leer. Ha habido alguno que otro título que mi atención no haya llamado y que, sin embargo, fuera un título canon, escrito por alguna vaca sagrada de la literatura. Cuando encuentro una novela o un cuento, o un ensayo —hay que llamarlo por su nombre porque Pennac tiene razón, un directorio telefónico puede ser un libro, la palabra libro no nos dice nada—, o una obra de teatro escrito por alguna de estas vacas, no lo leo si no me siento atraído. No importa que la gente, la que pretenciosamente se hace llamar intelectual, diga que soy un ignaro en las letras si no he leído tal o cual novela, tal o cual cuento, tal o cual ensayo.

Rehúyo de los ensayos y pongo en práctica en ellos, más que con cualquier otro género, mi derecho a no leer. Los ensayos me dicen qué pensar al respecto de cierta obra o de cierto asunto y todavía no estoy preparado para ello. Acaso fue Borges quien influyó en mí —vaya ironía (o contradicción)—para tomar esa decisión[xiii], también influyó para que yo saltara las páginas de la novela o el cuento[xiv]. Aplicaba, acaso no tan seguido como el derecho anterior, mi derecho a saltarme las páginas. Ya quería ver qué pasaba con la Regenta, si Santa aceptaba a Hipólito, si Mandrake resolvía el caso de la Biblia impresa por Gutenberg. He aplicado este derecho y no me he arrepentido.

El derecho a no terminar un libro también lo ejerzo. No termino un libro cuando se vuelve difícil, cuando la historia es predecible y simple, cuando me duermo, cuando no termina el libro mismo. El derecho a no terminar un libro es apoyado por Borges cuando asegura que la lectura es un tipo de felicidad y como tal debe procurarnos eso, felicidad. No termino un libro cuando no me hace feliz.

El derecho a callar lo aplico todos los días. Cuando veo que alguien disfruta más de un partido de futbol —¿qué le ven a veintidós hombres correr tras una pelota?— que de una buena película o de un buen libro. Cuando la telenovela es más interesante —aun cuando los telenoveleros sepan en qué acaban las telenovelas: Boda del bueno con la buenota— que la historia de Marianela o el desenlace de La Mujer que desaparece. Aplico este derecho cuando alguien me responde ¿Para qué leer, para qué leo? Cuando les digo que hay que leer.

Pero tienen razón.

¿Para qué leer?



[i] Pennac, Daniel. Como una novela. 13ª ed. Madrid, Editorial Anagrama, 2009. Pág. 11.

[ii] «En 1955, tras haber padecido ocho operaciones de cataratas, Borges pierde la vista casi totalmente» Martín Müller en “Borges oral” de El cuento Policial.

[iii] La visera fatal

[iv] «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación» Borges, Jorge Luis. El cuento policial, Madrid, Bruguera, 1980, pág. 13.

[v] Pennac, óp. cit. págs. 23-24

[vi] Ibíd. pág. 55

[vii] Ibíd. Pág. 24

[viii] Ibíd. Pág. 70.

[ix] Ibíd. Págs… 69-70.

[x] Pitol, Sergio. El mago de Viena, 2ª ed. (1era reimp.) Colombia, FCE, 2007. Pág. 24

[xi] «Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído» Borges, óp. cit. pág. 24

[xii] Pennac, óp. cit. págs. 145-169

[xiii] «siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación. Lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros» Borges, óp. cit. pág. 24

[xiv] Borges menciona en su obra citada que Montaigne apunta que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.