Es muy difícil combatirlas y serían la pesadilla del siglo XXI

René Anaya

A las primeras bacterias resistentes a los antimicrobianos, que aparecieron a mediados del siglo pasado, no se les concedió gran importancia, simplemente se empleó otro camino para exterminarlas, pues la industria farmacéutica estaba produciendo nuevos productos.

Sin embargo, en pocas décadas se observó que por cada nuevo antibiótico que surgía, aparecían bacterias inmunes a su acción, entonces esos microorganismos resistentes a antimicrobianos se convirtieron en un gran problema que persiste y se agrava cada vez más en el mundo.

 

Del sueño dorado a la pesadilla

Del sueño dorado que se iba haciendo realidad (el empleo de medicamentos que podían terminar por siempre con las infecciones), se pasó a un duro despertar que está convirtiéndose en pesadilla, ya que prácticamente a cada antibiótico de última generación (los más novedosos) las bacterias responden con modificaciones genéticas que las hacen resistentes a esos antimicrobianos.

La era dorada de esos productos se inició hacia 1910 (cuando Paul Ehrlich, médico alemán, probó por primera vez en seres humanos el salvarsán para tratar la sífilis) tuvo su gran desarrollo en las décadas de 1950 a 1970, con el uso generalizado de la penicilina y la producción de nuevos antibióticos, que sustituían sin problema a los que habían generado resistencia en las bacterias.

Posteriormente, cuando el sueño terminó y la superbacteria estaba y sigue allí, comenzó lo que podrá ser la peor pesadilla de la humanidad, un mundo sin antimicrobianos, pues cada vez surgen nuevas bacterias resistentes a esos productos que alguna vez fueron catalogados como maravillosos.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS): cada año se producen 440 mil casos nuevos de tuberculosis multirresistente que causa por lo menos 150 mil muertes; un alto porcentaje de infecciones hospitalarias se debe a bacterias muy resistentes, como el estafilococo dorado (Staphylococcus aureus) resistente a la meticilina (antibiótico del grupo de las penicilinas); también han aparecido enterococos (bacterias causantes de infecciones intestinales) resistentes a la vancomicina (bactericida que se emplea para tratar infecciones intestinales); la Neisseria gonorrhoeae, causante de la gonorrea, ha creado resistencia a la última generación de cefalosporinas (similares a la penicilina, pero que combaten a más bacterias); la aparición de nuevos mecanismos de resistencia, como la NDM-1 (la enzima Nueva Delhi metalobetalactamasa-1), que fue detectada en las redes de agua potable de Nueva Delhi.

Lamentablemente, no solo las bacterias desarrollan resistencia, también los parásitos como los que causan el paludismo o malaria. La OMS asegura que los antipalúdicos como la cloroquina y la sulfadoxina-pirimetamina ya no son eficaces en la mayoría de los países donde el paludismo es endémico. Asimismo, la resistencia del virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida, a los medicamentos antirretrovíricos “es un motivo de preocupación cada vez mayor”.

 

Un combate desigual

Por ahora se debe admitir que los microorganismos están ganando la batalla, pues cada vez surgen nuevas bacterias con armas poderosas, como la NDM-1. Las bacterias portadoras de esta enzima parecen resistir a todos los antimicrobianos disponibles, inclusive a los carbapenémicos, que son unos de los antibióticos más poderosos con que se cuenta para combatir infecciones graves, como las intrahospitalarias.

Además de estas enzimas, se ha encontrado que las superbacterias producen un compuesto llamado indol, que probablemente fortalezca a las bacterias más vulnerables a ciertos antimicrobianos; es decir, las bacterias más fuertes ayudan a las más débiles para que adquieran la resistencia a los medicamentos usados para combatirlas.

En estas condiciones, “existen altas probabilidades de que surjan nuevas superbacterias más peligrosas”, ha referido el doctor James Collins, líder del grupo que descubrió esta acción de las bacterias, en la Universidad de Boston. Sin embargo es optimista: “tenemos tiempo ahora para responder, pero necesitamos voluntad política para ampliar la investigación y desarrollo de nuevos antibióticos”.

 Allí reside precisamente el problema: no hay voluntad política. En América Latina, tan solo México y otros países, como Chile, Costa Rica, Perú y Venezuela, han prohibido la venta de antibióticos sin receta médica para evitar su empleo indiscriminado; pero no se han emprendido en México campañas de orientación médica o de educación para la salud, con el fin de crear conciencia del uso racional de los antibióticos.

Tal vez lo más preocupante sea que del total de los productos de investigación de las industrias farmacéuticas, menos de cinco por ciento corresponda a antibióticos, según datos de la OMS. La razón de esta desproporción es el interés comercial de los dueños de los laboratorios, pues otros productos les proporcionan un mayor margen de ganancias.

Por lo tanto, la lucha contra las superbacterias parece condenada al fracaso y a convertirse en la pesadilla del siglo XXI.

reneanaya2000@gmail.com