Entrevista a Mónica Lavín/Autora de La casa chica

Eve Gil

Las llamadas “casas chicas” son hogares alternativos con domicilio fijo, habitadas por familias con un padre-dios omnisciente que es adorado en ausencia y reverenciado cuando encuentra tiempo para participar de este curioso juego de “la casita” del que, por lo general, sólo participan los hombres ricos, con capacidad económica para sostener dos y hasta tres familias y, muy especialmente, los políticos. Por eso, y aunque se trate de una expresión muy común, no deja de resultar impactante leerla en grandes letras rojas en el más reciente libro de Mónica Lavín, La casa chica (Planeta, 2012).

Claramente señala la propia autora en el epílogo: “La casa chica no es solo la realidad paralela de una vida amorosa que en muchos casos llegó a ser una familia duplicada para quienes tenían la posibilidad de costearla, es también una metáfora acerca de la ambigüedad de las relaciones amorosas.” 

El reto de humanizar

Narradora, nacida en la ciudad de México en 1955, autora de la mejor novela que se ha escrito sobre Sor Juana Inés de la Cruz a la fecha —Yo, la peor, Premio Elena Poniatowska 2010y esencialmente cuentista, Mónica hurga en historias reales para recrearlas literariamente, es decir, no son exactamente crónicas, y eso permite a la autora especular y abrir estas casas chicas a la ficción.

“Me gusta la crónica, pero prefiero el reto de humanizar, de entrar en el pellejo de los personajes, en sus motivos, en sus flaquezas, en su dignidad, en sus miedos… y solo la ficción me lo permite”, señala Mónica respecto a la elección del método narrativo.

“Quería hablar —agrega— sobre situaciones que se salen de control, que son sobre las que vale la pena escribir: cuando alguien tiene una relación, y de pronto llega otro y mueve las coordenadas que parecen pasajeras, o las mueve de manera que uno ya no puede ser el mismo, pero me interesaba también una relación como la de Miguel Alemán con Hilda Kruger, la espía alemana, que revela un México tan lejano y tan cercano, próximo a la modernidad pero que de algún modo todavía existe.”

Políticos de casa chica

Hablando concretamente de esta relación, que Mónica recrea como un apasionante relato de misterio, se advierte hasta qué punto las amantes pueden intervenir en las decisiones que afectan las políticas de Estado: “Hilda era un puente de las relaciones de los alemanes con México. Pero además escribió sobre La Malinche y Salvador Novo habla sobre ella. Ella misma se asumía como una especie de Malinche.”

“Este cruce de relaciones amorosas —dice Mónica— que implican tanto fragilidad como fortaleza, como la toma de decisiones, la insatisfacción o el cinismo, todo eso me interesaba más como la exploración de la condición humana, no tanto la institución «casa chica», que también me resulta fascinante y resulta más efectiva abordada desde el punto de vista del hijo que se entera, como sucede en el relato sobre Pastora, hija de Maximino Avila Camacho y Conchita Martínez, que a mí me provocó mucha ternura.”

Muchas veces, las historias más sórdidas se localizan al interior de hogares perfectamente instituidos, incluso respetables, como el de la familia Mondragón que aparece en el relato protagonizado por el pintor Manuel Rodríguez Lozano, “La vida feroz”.

Dice Mónica: “Para que los personajes lleguen a ser los que conocemos, tuvieron que pasar momentos difíciles, y a mí siempre me ha interesado explorar la vulnerabilidad, y la literatura tiene esa misión compasiva de comprender, no de juzgar, y una manera de comprender a Carmen Mondragón —mejor conocida como Nahui Olin, aunque nunca se le nombra así en el relato— es este dato del hijo que, aseguran algunos, ella mató. Esto me llevó a tener conversaciones con expertos en pintura para sustentar mi teoría del incesto con su padre, el general Manuel Mondragón, y decidí que era absolutamente creíble. Esos ojos de Nahui, esa frialdad y su intensa relación con el Doctor Atl hablan de una mujer muy sensible, y esa proclividad a la soledad me inquietó mucho. No quise hacer de ella el personaje principal, pero la conducta de Manuel Rodríguez Lozano, revelarse como homosexual y tener esa relación con Abraham Angel, debe tener mucho que ver con su fugaz matrimonio con Nahui, que a su vez fue arreglado por su celoso padre que conocía la orientación del pintor. Son soledades que se encuentran pero no fructifican en acompañamientos del alma.”

Hay que puntualizar que, como ha quedado demostrado en su novela Yo, la peor, Mónica posee una sensibilidad y una imaginación muy refinadas que le permiten abordar a los personajes más manidos desde un ángulo distinto y absolutamente novedoso, pero sin que dejen de ser ellos, caso de la antes citada Nahui, de quien explora su lado vulnerable, y Frida Kahlo quien se nos revela exultante de sensualidad y con una portentosa creatividad erótica que le permite incorporar su discapacidad física al jugueteo fetichista con el fotógrafo húngaro Nickolas Muray.

“Mientras escribo —dice la autora— me gusta percibirlo todo a través de los sentidos, percibir ese mundo íntimo y particular. También creo en los detalles: la textura de una mano, lo contrahecho de unos pies, aquello que particulariza una relación y la hace única, porque todas las relaciones físicas podrían ser iguales, pero literariamente lo que la hace única es, en el caso del relato de Frida, esa nuca que a ella le gusta besar. No es un acto estándar, ni una nuca cualquiera: es la nuca de Nicky.”

Actualmente, Mónica Lavín, que es una autora bastante prolífica y nunca deja de escribir, prepara una novela sobre su madre, y si bien no entra en demasiados detalles, es seguro que se trata de otra historia digna de ser contada.