Vandalismo y el chantaje de la represión
Félix Fuentes
Si las protestas hubieran sido como en el interior de la Cámara de Diputados, con cuantos insultos escuchamos y las altanerías de Ricardo Monreal —golpeador de Andrés Manuel López Obrador—, el cambio de poderes habría parecido como de país civilizado.
Sin embargo, López Obrador y sus huestes incitaron a la violencia, a fin de exhibir a México como lo que es, víctima de la violencia y con una partidocracia de izquierda agresiva y desgarrada entre sí.
A partir de su derrota del 1 de julio pasado, López Obrador incitó a la “protesta pacífica” y enfundó a sus seguidores en las camisetas del Yo Soy 132. O sea, usufructúa la protesta estudiantil y pretende convertirse en líder de la juventud y adalid de avanzada democrática.
No queda al tabasqueño el liderazgo de la juventud porque siempre ha sido un marrullero de la política, y si Marcelo Ebrard se decidiera podría revelar las extorsiones del propio López Obrador cuando llegaba con sus caravanas al Zócalo y cobraba para levantar los plantones.
Millones de mexicanos fueron testigos de los desmanes del sábado anterior. Quienes se lanzaron contra los granaderos con bombas molotov, hierros, palos y piedras no eran espontáneos de esos momentos. Es claro que se les adiestró desde días o semanas anteriores e incluso se les pagó para ocasionar el caos general.
El propósito era, y se logró, empañar la toma de posesión del priista Enrique Peña Nieto. Dieron la vuelta al mundo las imágenes del exterior de la Cámara de Diputados, del camión lanzado contra los uniformados con clara intención de matarlos y los diversos destrozos a bancos, hoteles y restaurantes.
Quienes causaron destrozos en la remodelada Alameda Central no fueron estudiantes. Se trató de pelafustanes que bajo consignas dañaron cuanto costó reconstruir.
Un estudiante no empuña una gruesa varilla y se mete a un Wings a romper vidrios y vitrinas o acabar con las pantallas de televisión. Baste revisar los videos para constatar que muchos de los vándalos tienen aspecto de pandilleros. Otros son adultos, obviamente lanzados a causar caos por políticos frustrados, dolidos de la derrota.
Con su estilo de actuar por las orillas y lanzar la piedra y esconder la mano, López Obrador no se acercó a San Lázaro ni al Zócalo. Se parapetó en el Angel de la Independencia y desde allí proclamó la represión del gobierno y exigió la renuncia del nuevo titular de Gobernación Miguel Angel Osorio Chong.
También planteó la dimisión del hoy encargado de la Secretaría de Seguridad Pública, Manuel Mondragón y Kalb, justo a quien el propio Andrés Manuel incluyó para ese puesto en su ilusorio gabinete presidencial.
En el colmo del cinismo, quien ya se veía con la banda presidencial en el pecho acusó al gobierno federal de represión. Pero millones de televidentes son testigos de la provocación y diversas agresiones de las turbas a los cuerpos policiacos, así como de daños materiales a propiedades por más de mil millones de pesos.
Los policías cumplían su trabajo sin portar armas de fuego y al verse agredidos de manera vil y salvaje hubieron de recurrir a los gases lacrimógenos y a las macanas. Eran sus únicas defensas.
Se recuerda que en Michoacán, donde los normalistas quemaron decenas de camiones y causaron cuantiosos daños materiales, fueron puestos en libertad los responsables debido a la debilidad del gobernador Fausto Vallejo, a quien también acusaron de represor.
Similar táctica ponen en práctica los lópezobradoristas en el Distrito Federal, de llevar a cabo actos vandálicos y luego quejarse de represión. Mediante manifestaciones pretenden que sean puestos en libertad 69 de los 97 detenidos por los recientes disturbios.
Al parecer, las nuevas autoridades, del Distrito Federal y federales, no van a ceder a semejantes chantajes.
