Señales de dudosa proyección
Jorge Carrillo Olea
Pronto habría que encontrar una definición. No pasa un mes y ya aquella verde esperanza del día 1 empieza a parecer orégano. Sí, a pesar de lo pálido del gabinete —ninguna figura nacional prestigiosa—, lo bueno del discurso inaugural y la ansiedad por un cambio ayudaron a crear un ambiente de beneplácito. Sin embargo, hay que considerar una regla: como parte natural de esos fuegos artificiales que por algo se llaman “fuegos fatuos”, el romance va camino de durar poco.
El discurso convenció a pesar de ser un poco rocambolesco ($$$$$), convenció por bien diseñado, por bien escrito, por bien leído. Convenció. Fueron un discurso, un escenario y un momento a la altura de las circunstancias. Esos discursos son así, con o sin discreción repudian lo pasado y con brillantez o sin ella prometen lo que la gente desea, factible o no. Es su naturaleza. El de Enrique Peña Nieto dio un manifiesto respiro a la agobiada parroquia. Estábamos de plácemes esos días.
Las cosas empezaron a nublarse cuando se observó cómo los cargos que se estaban dando en el gobierno arribante para nada correspondían a la demandada dimensión humana, sabiduría y experiencia a que el momento obliga. Los medios en general fueron generosos, no abrieron frentes de crítica, incluso a las pocas que brotaron, contradiciéndolas, se les argumentaba diciendo que era el privilegio presidencial, o bien que se necesitaba talento, no experiencia (Turismo, Energía, Agricultura, Trabajo, Pemex, Cisen). Más acento aún ocupó la duda al conocerse los nombres de los segundos niveles: subsecretarías, procuradurías, subprocuradurías, oficialías mayores o bancos, que fueron dados como si fueran un bien patrimonial personal y no parte del capital de Estado.
Se salvó el día por importantes aciertos en Relaciones Exteriores, Hacienda, Procuraduría General de la República, Policía Federal y seguro otros más. Pero quedó definitivo un hecho: se puso el interés nacional en segundo término. Las figuras del cuatismo, cuotas, franquicias o facturas que según el discurso de Peña Nieto se irían para siempre, ¡pues no, ahí están vivitas y coleando! La cantilena de siempre había ilusionado. ¡Sólo los mejores hombres!
Pero, en fin, en el ánimo de recobrar aliento hay que pensar que es muy pronto aún y que condiciones propiciatorias y la calidad de ciertas personas, podrían llevar al naciente gobierno al éxito que todos deseamos. No se ansía mal para nadie, sería una enorme irresponsabilidad y desvergüenza. Se desea racionalmente su éxito, otra cosa es que las señales primeras sean de dudosa proyección.
Todo arranque merece que se le acepte dentro de su natural ajuste, una serie de traspiés. Así es, mas los traspiés que resultan pifias personales y pasajeras son tolerables, los preocupantes son los que marcan una administración, sean estructuras, nombramientos o grandes decisiones. Esa es la duda.
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…Suspensivos. Una política educativa de verdad debe ser diseñada para sexenios. El desastre de Elba Esther Gordillo finalmente, por grave que es, es sólo un accidente. Se requiere de un proyecto histórico, de bases filosóficas, nacionales, trascendentales.
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