Edgar Díaz Yáñez
México es un país donde existe una devoción sui generis hacia la figura materna, sin embargo, no deja de ser un país patriarcal y falocéntrico. Ser mujer en este país no es fácil. Ser mujer e inteligente, lo es aún menos. Pero ser mujer, inteligente y escritora las segrega, pareciera ser, a un terreno donde sus aptitudes parecen maldiciones. En pleno siglo veintiuno, la mujer, la voz de la mujer, continúa careciendo de espacios o reconocimiento simple y únicamente, aunque no se crea, por su género.
La Cátedra Extraordinaria Juan Ruiz de Alarcón, creada hace quince años por José Luis Ibáñez y Margarita Peña, contribuyó con un granito de arena a erradicar tal problema al darle el espacio y la atención necesarias a algunas voces femeninas para que pudieran, no sólo expresarse, ya que para eso ayudan mejor sus obras literarias, sino para recordarnos que el papel de la mujer dentro de la literatura ha sido de vital importancia para ésta.
Durante quince años se había hablado en la Cátedra de los clásicos de los siglos de oro, pero «Ahora pensamos “por qué no dedicarle a la escritura femenina” porque, sobre todo, ésta es una Facultad donde de algún modo hay muchas maestras que escriben por vocación, por afición, por cansancio, por aburrimiento, para desaburrirse, etcétera. Era el momento de darle a la voz femenina el lugar que le corresponde dentro de la Cátedra» Apunta Margarita Peña, coordinadora del evento.
Fue de esta manera que Silvia Hamui Sutton, quien con su ponencia Estrategias de control de la beata Maria de la Encarnación, mostró y demostró cómo María de la Encarnación, una beata novohispana «Se valía de elementos sobrenaturales, manifestados a través de su cuerpo, para dominar su entorno limitado y, con ello, invertir momentáneamente la estructura de poder en la que estaba inmersa» Y es que en ese entonces, ya no como ahora, en riguroso sentido, la mujer debía someterse al matrimonio obligado o la vida religiosa en el convento. Apunta la Dra. Hamui al respecto que: «Ante las limitadas opciones con las que contaban las mujeres, ser beata era una posibilidad de formar parte de las dinámicas sociales, someramente aceptadas, pues utilizaban el mismo discurso autorizado para llamar la atención y, así, proveerse de algunos beneficios» Podemos observar que en ese entonces, y en éste también, la idea predominante de que la mujer era, es, un ser inferior «Sujeta a los deseos carnales y/o emocionales» obligaba al sector masculino a imponerles restricciones en su desempeño individual o social.
Creer que tales restricciones o limitaciones impuestas desaparecerían ignorándolas o con el tiempo, es creer que podemos apagar el sol soplándole. Dominar el entorno limitado e invertir momentáneamente la estructura de poder no es un simple artificio; es una opción plausible y viable para lograr tener un lugar reconocido dentro del mundo mismo, sea cual sea la intención o propósito. La literatura, al igual que las artes otras, permite una senda, si no rápida o cómoda, sí honrosa y efectiva para lograr dicho ardid. Pero escribir puede no ser tan fácil, claro está que cualquiera puede escribir, mas no cualquiera puede transmitir a través de las letras. Trazar algo vacío y soso, absurdo, tiene el mismo sentido y efecto que pintar sombras oscuras sobre un fondo negro.
Entonces, ¿cómo lograr de manera eficaz una escritura como tal y un éxito en la transmisión del mensaje? Eugenia Revueltas parece tener la respuesta.
En una sesión de preguntas y respuestas, a dueto con la Dra. María Dolores Bravo, la Dra. Revueltas confiesa: «Cuando era joven, siempre me decían “De seguro escribes” y yo les decía que no, “Ah, entonces haces música” y pues tampoco, “entonces pintas” y pues menos… Por eso estudié Medicina, porque no tenía nada que ver con mi estructura familiar… pero, finalmente, los genes son los genes. Dejé las ciencias y me dediqué a las humanidades» Al ser interrogada sobre si su profesión como estudiosa y crítica literaria influye, además de la genética, en su faceta como creadora, la profesora contestó que efectivamente influye tener una formación académica porque «No es lo mismo escribir con formación de médico que escribir cuando ya has estudiado a todos los clásicos, a las obras más importantes de la literatura» De manera contraria, sí influye su faceta como creadora literaria en su aspecto como estudiosa y crítica, la profesora respondió que también influye: «Yo digo que soy arriesgada y descarada para hacer ensayos […] Uno siempre está viendo la relación entre el autor y lo escrito ¿es biográfico, autobiográfico? O ¿en qué medida una experiencia, a partir de ella, empieza a crear? Nunca hay una relación de igualdad entre realidad y ficción» Puntualiza la autora de Los espacios del deseo.
Nunca hay una relación de igualdad entre realidad y ficción a menos que lo escrito sea enteramente una experiencia vivida y se plasme de esa manera, sin pretensiones literarias, como una crónica de un viaje. Y esto fue ciertamente lo que Luz Fernández de Alba hizo con su libro Mi viaje al Tíbet. Para su ponencia, la otrora crítica literaria de Sergio Pitol había pensado leer un capítulo del libro mencionado, pero al final decidió no hacerlo por la sencilla razón de que Elena Poniatowska, días antes, en un encuentro fortuito que tuvieron, le dijo «No no no, Lucy, no leas, te suplico que no leas porque cuando alguien toma su libro y dice “Voy a leerles un capítulo de mi libro” entonces lo que provoca es que todo el auditorio quiera suicidarse» Y para evitar ser parte de una nota roja en algún periódico, meramente resumió y comentó dicho capítulo, titulado “La diosa madre, el universo”. Una reminiscencia completamente vívida que por momentos nos transportó a aquel recóndito y místico y misterioso lugar, con todos los avatares que un viaje de ese estilo y calibre traen consigo. Pero ¿sería el mismo viaje o al menos la misma experiencia transmitida si el que relata hubiera sido un hombre?
Anamari Gomís cambia de último minuto su ponencia, intitulada Del cuento al ensayo: de El Sargento Pimienta a los Demonios…, para tratar de averiguar si existe o no una escritura femenina, una literatura femenina. Para intentar lograr dicho cometido, la Dra. Gomís apunta: «Es necesario que la mirada femenina se incruste en la escritura, que haga suyo el lenguaje» y después prosigue: «Siempre he creído que, deslumbradas por la literatura de tantos escritores, muchas escritoras han deseado escribir como hombres […] Nada más equivocado» Las escritoras han logrado crear un lenguaje único, adaptado a cada caso y a cada circunstancia. Anamari Gomís se pone sincera y manifiesta: «Mi interés, antes que otra cosa, como escritora es conseguir una historia […] luego, se trata de buscar una voz, un tono y uno o varios puntos de vista […] lo hago así para no desperdigarme […] me exijo un concepto del mundo; al menos un vislumbre filosófico, una mirada que se sepa incrustar en la narración» Muchas veces una historia comienza con una imagen, tal y como menciona la Dra. Revueltas, que poco a poco se desarrolla y al final toma una forma ceñida.
Un ejemplo claro es Elena Poniatowska, quien ha sabido darle a su escritura un tono y un toque únicos que permiten reconocerla entre el amplio mundo literario. Elena ha logrado colocarse dentro de un grupo exclusivo y privilegiado: ese espacio generado por el gusto del público y de la crítica. Elenita, como de cariño le dicen, es una investigadora voraz e incansable, características que le han permitido tener un conocimiento profundo de lo que le sucede a sus personajes. Para la autora de El tren pasa primero el problema de la discriminación y segregación de las mujeres es un problema muy serio. «Las mujeres en México hemos sido superolvidadas, superhechas a un lado […] a Sor Juana la hemos reconocido 300 años después» y agrega: «Una mujer, en México, que se sale del huacal, es inmediatamente satanizada. Así le pasó en cierta manera a Lupe Marín. Frida Kahlo, que ahora es ese icono maravilloso, yo recuerdo cuando le decían “la coja”, allá en Coyoacán le decían “la esposa de Rivera”, “la cojita”, “a ver si sale la coja”, pero no era este icono igualito a la virgen de Guadalupe que tenemos ahora»
Elena Poniatowska no tuvo una formación universitaria per se, y muchas de sus historias no emergen de una imagen o epifanía, sino del periodismo y de historias reales. Comenta: «El periodismo ha sido muy útil para mí. Yo le debo todo al periodismo porque yo no pasé por la Universidad ni de noche, nunca. Ustedes (dirigiéndose al público) tienen un privilegio enorme. Yo estudié en un convento de monjas. No asistir a la Universidad fue uno de mis grandes fallos, de mis grandes tristezas» No obstante de no contar con una formación universitaria, la autora de Hasta no verte Jesús mío escribe como pocas. Al ser interrogada sobre su forma de escribir, la invitada de honor comenta: «Pues escribo con mucha dificultad, pero todos los días. Ahora tengo ochenta años, no puedo bailar el Cha cha chá, no puedo hacer otra cosa más que escribir. Entonces escribo y esa es mi vida, escribir. También hago mucho periodismo» El periodismo le ha permitido enfrentarse a retos tales como una novela. Poniatowska ejemplifica lo anterior cuando comenta el caso de cuando Gabriel Figueroa le encomendó un guion sobre Tina Modoti que al final ya no se realizó por el fatídico incendio aquel de la Cineteca Nacional: «Entrevisté a muchos comunistas viejitos, muy entregados a la causa, muy amolados, en sus casas, con sus muebles todos desvencijados, y me conmovieron mucho mucho y dije “Bueno, cómo los voy a traicionar y decirles que ya no hay película, entonces voy a hacer una novela»
Otro ejemplo es el libro Hasta no verte Jesús mío de quien la autora menciona: «Hasta no verte Jesús mío es una mujer que yo conocí, se llamaba Josefina Bórquez, ella me pidió que no pusiera su nombre que porque yo no entendía nada, siempre me decía que me fuera al carajo, que no la molestara, pero al final nos quisimos muchísimo. Es una novela con base en una persona»
Elena Poniatowska fue la dulce y deliciosa cereza de un pastel dulce y nada empalagoso.
Ya sea a través de un ensayo, una imagen que provoca diecisiete historias o una novela completa, una historia real y sin pretensiones literarias o un hecho periodístico transformado en una novela íntima y esencial, la voz de las mujeres está cada vez más derribando obstáculos y liberándose de lastres para forjar un camino superlativamente digno y merecido. Ya sea a través de una Cátedra Extraordinaria o de una simple plática, las escritoras y, sobre todo, las mujeres continuarán recibiendo el reconocimiento que se merecen.
