Mal aprovechada comercialmente

René Anaya

La fiesta universal de la Navidad, en que se reúnen las tradiciones y costumbres de muchas culturas del mundo, relacionadas con el solsticio de invierno (la noche más larga del año) y, posteriormente con los ritos cristianos, se ha enriquecido con varias aportaciones mexicanas.

Lamentablemente, al igual que otras aportaciones como los guajolotes, la flor de Nochebuena podría representar una enorme fuente de ganancias a nuestro país, pero por la falta de visión de políticos y empresarios se ha perdido esa gran oportunidad.

 

El florecimiento de una tradición

La flor de Nochebuena es un símbolo navideño en todos los países occidentales, en los del Hemisferio Sur se cubren las plantas con telas negras para que florezcan en verano; inclusive en las culturas no cristianas simboliza el fin de año, según ha referido la doctora Laura Trejo Hernández, del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La Euphorbia pulcherrima, nombre científico de la flor de Nochebuena, en su forma silvestre “se distribuye desde el norte de México hasta Guatemala, por todo el Pacífico, desde Sinaloa hasta el sur del país centroamericano. En nuestro territorio también es posible encontrarla hacia el centro, desde la costa de Guerrero hacia Taxco, y hasta el sur de Morelos”, refiere un comunicado de la UNAM.

Su empleo simbólico se remonta a la época prehispánica. Entre los mexicas representaba la pureza de la sangre de quienes ofrendaban sus vidas al Sol para renovar su fuerza creadora. Asimismo, era símbolo de nueva vida para los guerreros muertos en combate, quienes regresaban al mundo en forma de colibríes a probar la miel de la flor.

Su nombre en náhuatl era cuetlaxochitl, que tiene dos interpretaciones, una de ellas señala que proviene del náhuatl cuetlahui, que significa “que se marchita” y xochitl, flor; la otra considera que se origina del vocablo náhuatl cuetlaxtli, cuero. De esta última interpretación se dice que se le llamaba “flor de cuero” por el rojo vivo de sus hojas, semejante al de la piel recién separada del músculo.

El nombre de flor que se marchita parece más adecuado por sus características, que la han convertido en símbolo del fin de año. Además de su simbolismo, tenía usos medicinales, principalmente para promover la producción de leche y como abortivo, pero ninguna de esas supuestas propiedades se ha probado científicamente.

Lo que sí se conoce es que en estado silvestre es un arbusto que llega a medir hasta cinco metros. Es una planta con hojas amplias y brácteas grandes (modificaciones de las hojas que rodean a la flor para protegerla) de color rojo, generalmente, aunque también son de color crema o verde, que comúnmente se le considera la flor. En realidad la verdadera flor está constituida por las minúsculas estructuras del centro, que pasan inadvertidas.

 

La Navidad sin “nochesbuenas”

Actualmente se cultiva comercialmente en Morelos, Puebla, estado de México, Michoacán, Jalisco y Distrito Federal, con una superficie cultivada de 320 hectáreas, que lo coloca en el cuarto lugar mundial. Noventa por ciento de la producción es roja, cinco por ciento blanca y amarilla y el otro cinco por ciento es rosada y marmoleada, gracias a los cruzamientos que se han hecho.

En México, en 2011 se vendieron 20 millones de plantas con una ganancia de 400 millones de pesos; en tanto que en los Estados Unidos la venta ascendió a 200 millones de dólares, ya que es el primer productor del mundo, pero no el que tiene más población de esta planta.

Nuestro país es el que tiene la mayor parte de las poblaciones de flor de Nochebuena (90%), ya que es endémica; sin embargo, las plantas cultivadas tan solo provienen de 20 por ciento de las poblaciones estudiadas por la doctora Trejo Hernández.

La investigadora analizó el genoma de las variedades Freedom, Sub-Jibi y Festival Red (con patente y mayor venta), de los Estados Unidos y Valenciana y Rehilete, de México. “De todas las variantes que hallé solo dos están presentes en los cultivares. Ello significa que se han colectado pocas plantas, y en lugares específicos, para generar los cultivos”, ha advertido la doctora Trejo Hernández.

En su trabajo, la investigadora plantea que si se aprovechara la riqueza genética de la flor se podría mejorar su cultivo y abatir los costos de producción. “Por ejemplo, se lograrían tallos más fuertes, porque muchos se pierden por ruptura de los mismos; o bien, que sean resistentes a plagas, principalmente al hongo que afecta las hojas; a la sequía o al frío, o que se generen cultivares verticales, para tener una gran cantidad en una menor área”, refiere el comunicado de la UNAM.

Los resultados de esta investigación deberían contribuir al manejo, mejoramiento y conservación de la especie, que finalmente redundaría en una mayor producción y más ganancias, pues inclusive podría exportarse a países lejanos. Sin embargo, hasta ahora empresarios y políticos son renuentes a invertir en proyectos innovadores.

 

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