Juan Antonio Rosado
El crítico de arte contempla los trazos y colores; los trata como elementos que en el lienzo cobran vida y significados: un sentido en sus propios contextos que a menudo va mucho más allá de la tela o del espacio en que se ubican. Cuando el crítico-poeta Miguel Ángel Muñoz dice Fuego de círculos y lo coloca como título de un poemario, no sólo invierte la conocida imagen —circense lugar común— “círculos de fuego”, sino que le confiere a un trazo —el círculo, los círculos— la cualidad de complemento adnominal (en términos gramaticales), de modo que la frase nominal completa puede interpretarse como una serie de círculos que se han apropiado del fuego, aunque también como un fuego hecho de círculos, o como un fuego que los contiene porque es la medida que los puede resguardar, como el vaso al agua cuando decimos: “vaso de agua”, ya que si utilizamos la preposición “con” podría ser cualquier cantidad. El nexo “de” nos otorga la medida del recipiente (en este caso, el fuego). Como se aprecia, desde el título hay un matrimonio entre el poeta y el ojo que observa trazos. Abro entonces la primera página y me encuentro con el poema “Líneas”, estructurado como adivinanza: “Rumor de aires nocturnos,/ líneas en bordes sombríos.// Espacio.// El oleaje divide y cae;/ las rocas, lenguaje/ que el espacio quiebra.// Vacío, sombra divisoria,/ ágil ladera./ La noche humedece./ Es el silencio”. Más adelante, desfilan los versos de “Espacio”, “Bordes de luz”, “Espacios”, “Superficie”, que evocan la materia impalpable de la luz que desciende y revela imágenes de plasticidad sonora o candente. Otros poemas, no obstante, evocan espacios más concretos, geografías con historia y cotidianidad, como los titulados “París”, “Palestina” o “Extranjeros en Grecia”. Otros abarcan los sentidos como signos por descifrar, desiertos, a veces inmóviles, ya cristalizados, con la voz que cae sin eco ni luz, ya en un laberinto que ciega. Para Muñoz, el poema “es un silencio”. En el silencio se contempla mejor, como ocurre con la imagen de una pintura. Pero además, “bajo la forma de su lenguaje es signo”. Desde la mirada del prologuista, el crítico literario José Francisco Conde Ortega, “cada poema de Muñoz es un regreso a la Ítaca afanosamente contemplada”.
Miguel Ángel Muñoz, Fuego de círculos. Editorial Praxis, México, 2011; 57 pp.
