Graciela Cándano
Segunda de tres partes
Herencia bíblica: Antiguo Testamento
Por su parte, la figura de Eva resultó ser un crisol adecuado para acoger la culpabilidad de Lilith, a pesar de las intenciones rabínicas de proteger a la primera. El pecado de Lilith recayó sobre Eva y entroncó con la falta de Pandora. Eva fue la destructora, la que hizo perder el paraíso a Adán; su culpabilidad consistió en haber hecho caer al hombre. La calamidad, la desgracia, se transmitió por la vía de la tentación, y aquella mujer constituyó una instigación que llevó a Adán a la autodestrucción.
Y si en Génesis no se explicita que fue por malevolencia, por perversidad, el que la mujer haya sido la causa de las desdichas del mundo, nos cuestionamos entonces junto con Phillips lo siguiente: ¿de dónde surgió la propuesta Eva-Demonio a la pregunta sobre qué es o de dónde proviene el mal? Una respuesta podría ser que, al confluir las historias de la satánica Lilith y de Eva, se obtuvo como resultado que también se le adjudicara a esta última una intimidad con los demonios.
Por otra parte, la mujer tenía que estar sometida al hombre por mandato de Dios (Génesis 3:16); a fin de cuentas Eva había sido creada de una costilla. Al nacer de varón, la mujer se constituye en una parte supeditada a él y, es más –de acuerdo a la idea jahvista de la creación–, debe ocupar un puesto subordinado en el orden rector del mundo: “Eva debe ser constantemente vigilada […] para que sea Madre de Vida, no la destructora”.[ii] Independientemente del mito de Adán y la infractora Eva, podemos encontrar en la Biblia, con frecuencia, a las mujeres como meros entes materiales: Salomón llegó a poseer setecientas esposas y trescientas concubinas (1 Reyes 11:3); o como seres perversos y prescindibles: Moisés se enoja con sus guerreros porque éstos han dejado con vida a las mujeres medianitas, siendo ellas, no los hombres, las que habrían sido la causa de la prevaricación contra Jehová (Números 31:15-16).[iii]
Las tendencias a la falsedad, la destrucción, la lujuria y la rebeldía atribuidas a la mujer, sumadas a su supuesta naturaleza misteriosa, débil y maligna, fueron conformando la idea del eterno femenino que campeó en los pensamientos y escritos de los Padres de la Iglesia.
Herencia eclesiástica. La gran culpable
Las ideas precristianas y cristianas originadas en los mitos de las Diosas oscuras y la tradición bíblica; así como ciertos principios platónicos[iv] y aristotélico-tomistas,[v] o las Epístolas paulinas –y conservadas en los escritos de los Padres de la Iglesia– servían de sostén ideológico a sermones, leyes y decretos […], donde era frecuentemente considerada la mujer como “la tentadora suprema: Janua diaboli (puerta diabólica), el mayor de los obstáculos en el camino de la salvación”.[vi]
La interpretación de la transgresión de Eva, no sólo como causa de la transmisión de la calamidad, sino también del pecado, se originó en la necesidad cristiana por instaurar la “culpa heredada”. Se percibe una obsesiva insistencia en los escritos eclesiásticos por esclarecer el espinoso asunto del pecado original, relacionándolo con la tentación sexual de Eva.
[…] la serpiente, es decir el pecado que mueve a Eva […], constituía la base de la cultura aludida en los sermones, en la iconografía y en las solemnidades litúrgicas…; sin su pecado habrían caído los cimientos de la arquitectura moral de la Iglesia.[vii]
Desde Génesis al Apocalipsis podemos encontrar pasajes donde la mujer es la gran culpable de una deleznable unión carnal, donde la más peligrosa de las tentaciones era el cuerpo femenil.
Los teólogos reforzaron su condena al sexo femenino, aún más, retomando las palabras de San Pablo: “[…] bien es al hombre no tocar mujer” (1ª. Corintios 7: 11). La mujer, ligera de seso, era un ente en cuya naturaleza estaba ser engañada. Tácitamente a la mujer le hablaba Satanás, al hombre lo guiaba Dios.
El concepto oficial que a través de la Iglesia se propagó sobre la mujer tuvo sus raíces en autores como San Crisóstomo, San Jerónimo, Tertuliano, San Ambrosio, etc., para quienes la mujer era “puerta del diablo”, mal notorio, mordedura de escorpión, criatura impura sólo útil para la procreación. Ni siquiera podía servir de consuelo –según San Agustín– porque ella no era reflejo de Dios, como lo era el varón. Y Santo Tomás, apelando al socorrido tema de la costilla, no dudaba en afirmar que la mujer era la imperfección.
Pero oigamos lo que Tertuliano afirmaba en el siglo II:
[…] Deberías llevar siempre luto, ir cubierta de harapos y abismarte en la penitencia, a fin de redimir la falta de haber sido la perdición del género humano… Mujer, eres la puerta del diablo. Fuiste tú quien tocó el árbol de Satán y la primera en violar la ley divina”.[viii]
Un milenio más adelante escritores como el canónigo Hugues de Saint-Victor, Vicente de Beauvais o Guillermo de Auvernia considerarían a la mujer como foco de pecado, tea de Satanás, rebrote de todos los vicios y, casi siempre, con forma de diablo (recordemos nuevamente a Lilith y su extremo inferior de serpiente).[ix]
En el corazón del Medioevo, la “sospecha social”[x] hacia la mujer se veía robustecida por ancestrales creencias –al margen de las imposiciones de la Iglesia– acerca de ciertas condiciones que se suponían privativas de ella: inferioridad física e intelectual. La naturaleza femenina, rodeada de apreciaciones negativas, fue explicada por teólogos y moralistas, y hasta por médicos, como prueba fehaciente de su impureza.
Por si esto fuera poco, la fisiología del “sexus imbecillitatis”, como llamaba Teodolfo a la mujer –ya que la asumía incapaz para pensar con propiedad– se veía, precisamente, como un obstáculo para el ejercicio de la razón.
En España, Isidoro de Sevilla –siguiendo a Plinio– aludía a la menstruación como algo que pudría lo que entraba en contacto con ella e, incluso, que provocaba rabia en los perros que la hubieran absorbido; o que generaba la rubéola y la viruela en los niños que hubieran sido engendrados en fechas cercanas a reglas.[xi]
Tras la huella de Aristóteles, encontramos que la mirada infecta de la mujer que estaba menstruando transmitía un vapor maligno al cuerpo en que se posaba o, también, opacaba los espejos.[xii] Incluso, la mujer podía ser inmune al veneno y matar lo que tocaba. Una leyenda acerca del atributo que poseía Mitrídates, rey del Ponto, se recreó en el Medioevo en la persona de una jovencita, prototipo de la transmisora de daño o enfermedad. Fue en la segunda mitad del siglo XIII cuando floreció esta historia (una de cuyas referencias se encuentra en el Diálogo de Placides y Timeo), donde una adolescente, a pesar de haber sido alimentada con fuerte veneno –por un rey que la quiso utilizar para sus aviesos fines–, no sólo sobrevivió, sino que desde entonces causaba instantáneamente la muerte a los hombres que abrazaba; y lo mismo sucedía con los animales que tocaba. En el Diálogo mencionado cuando Alejandro está a punto de sucumbir ante sus encantos, los sabios de la corte –Sócrates y Aristóteles, desde luego– lo salvan de semejante contaminación.[xiii]
Dado que el mal procedía del cuerpo, había que contenerlo. De hecho prevalecían las ideas agustinianas sobre la dualidad:
Adán igual a espiritualidad y Eva igual a sensualidad
…y como Satán se aprovechó de la carnalidad de ella, había que poner coto y censurar a la sensualidad, es decir, a la mujer.[xiv]
No muy lejos –alrededor de 1330–, se escribió una obra a la que Delumeau considera el documento que manifiesta, quizá, la mayor hostilidad clerical hacia la mujer: De planctu ecclesiae, redactado por el franciscano Álvaro Pelayo (penitenciario de la corte de Avignon) a petición de Juan XXII, donde se resumen todos los vicios y artimañas que se achacaban a las mujeres: “[…] madre del pecado, arma del diablo, fosa profunda, red de cazador, convierte el bien en mal, lujuriosa, adivinadora impía, muy criminal, insensata, chillona, inconstante, charlatana, peleona, colérica, envidiosa, infiel, adúltera, orgullosa, impura […]”, y otros epítetos semejantes.[xv]
[i] Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM-
[ii] Phillips, John. Eva. Historia de una idea, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, p.72.
[iii] Dalila, Salomé y Judith son otros casos bíblicos citados por Mayer, Hans, Historia maldita de la lieratura, Madrid, Taurus, 1977, p. 35.
[iv] Platón afirma: “Entre los hombres que recibieron la existencia, hubo algunos que se mostraron cobardes; todo hace suponer que en su segunda existencia fueron transformados [por ello] en mujeres” (Timeo, 720). El mismo severo juicio se encuentra en La República I, IV y V y Las Leyes I, VI.
[v] Donde en la concepción el hombre suministra el semen, que constituye la “forma substancial” o principio determinante: el que hace del ser humano lo que éste es (el alma). Mientras que la mujer proporciona la materia visible o “materia secundaria” (la carne). Véase Walker Bynum, Caroline, “El cuerpo femenino y la práctica religiosa en la Edad Media”, en Michel Feher (ed.), Fragmentos para una historia del cuerpo humano, Madrid, Taurus, 1990, pp. 183-186; y Copleston, F.C.,El pensamiento de Santo Tomás, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, pp. 95-96.
[vi] Power, Eileen, Mujeres medievales, Madrid, Ediciones Encuentro,1979, p. 21.
[vii] De Maio, Romeo, Mujer y Renacimiento, Madrid, Mondadori, 1988, pp.67-70.
[viii] “De culto feminarum”, en Corpus Christianorum, serie latina de Tertuliano, I, 343, apud Delumeau, Jacques, El miedo en Occidente, Madrid, Taurus, 1989, p. 480. Por su parte Hildegardo de Lavardin (m. 1133) describe a la mujer tal como la veían los religiosos del Medioevo: “La mujer, una cosa frágil, nunca constante, salvo en el crimen, jamás deja de ser nociva espontáneamente. La mujer, llama voraz, locura extrema, enemiga íntima, aprende y enseña todo lo que puede perjudicar. La mujer, vil fortum, cosa pública, nacida para engañar piensa haber triunfado cuando puede ser culpable. Consumándolo todo en el vicio, es consumida por todos y, predadora de los hombres, se vuelve ella misma su presa” (Patrología latina, 171, col. 1428, apud Dalarun, Jacques “La mujer a los ojos de los clérigos”, en Georges Duby y Michelle Perrot (eds.), Historia de las mujeres en Occidente,tomo 2, La Edad Media, Madrid, Taurus, 1992, p. 37-38).
[ix] En el siglo XVI se seguirá repitiendo el motivo de la serpiente como tentación: baste mencionar a Adamund Heva de Ruf y La creación del mundo (celta). O bien, la Biblia de Zurich (1531) con viñetas de serpientes con cabeza de mujer.
[x] Entendemos por sospecha social la desconfianza colectiva –de la sociedad en su conjunto- hacia la mujer, potenciada tanto por los Padres de la Iglesia y exégetas de la Biblia, como por predicadores, moralistas, compiladores, traductores y “sabios” en general.
[xi] Se reputaba a la menstruación como la causa de la mirada corrupta de las mujeres, pero “el periodo siguiente a la menopausia vuelve extremadamente peligrosa a la mujer, pues las superfluidades, que no son ya eliminadas por las reglas, se transmiten íntegramente a través de la mirada” (Thomasset, Claude, “La naturaleza de la mujer”, en Georges Duby y Michelle Perrot (eds), Historia de la mujeres en Occidente, tomo 2, La Edad Media, Madrid, Taurus, 1992, p. 86).
[xii] El rechazo a la menstruación fue uno de los prejuicios que la Iglesia reglamentó para aumentar los periodos de abstinencia conyugal.
[xiii] Citado por Thomasset, art.cit., p. 86.
[xiv] Se prolongaba un discurso que pretendía mostrar las supuestas deficiencias de la naturaleza femenina: “Mas, ¿a qué no se atreve la perversidad mujeril? ¿Qué no presume la astucia de la serpiente? ¿A quién no acomete la malignísima víbora? En suma, a cuanto se atrevan, cuanto presuman y acometan las ficciones mujeriles, demasiado lo indica el ejemplo de Eva, nuestra primera madre; el audacísimo ánimo de la mujer viola lo más santo: todo le es igual, lo lícito y lo vedado” (Historia Compostelana, apud Pérez de Tudela, M. Isabel, “La mujer castellano-leonesa del pleno medievo, perfiles literarios, estatuto jurídico y situación económica”, en Las mujeres medievales y su ámbito jurídico, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1983, 60).
[xv] Delumeau, op.cit., pp. 490-493.
