Mary Carmen Sánchez Ambriz

José Manuel Caballero Bonald (Jeréz de la Frontera, España, 1926) ha sabido asimilar la herencia de la Generación del 27 y recapitular la cultura que fue arrollada durante el franquismo. Una vez cerradas las heridas de la Guerra Civil Española, su prosa empezó a encontrar otras entelequias. Tuvo el buen tino de mirar con atención lo que estaban haciendo algunos escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, y luego volver a lo que deseaba narrar sobre España. Con la novela Ágata ojo de gato (1974), Caballero Bonald provoca que los críticos literarios se conviertan en verdaderos geólogos, versados en distinguir la evolución de una roca —por más impenetrable que ésta parezca. ¿Qué novelas se publicaron en España cuando comenzó a circular Ágata ojo de gato? En 1974 circularon libros esenciales como San Camilo 1936, de Camilo José Cela; y Recuento, de Luis Goytisolo. Del otro lado del Atlántico, en México, se dieron a conocer novelas como Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, de Julieta Campos; Un redoble muy largo, de Manuel Echeverría; El gato y Unión, de Juan García Ponce; Los cuerpos abandonados en el vacío, de Daniel González Dueñas; De ausencia, de María Luisa Mendoza; y La princesa del Palacio de Hierro, de Gustavo Sainz. Mientras que los narradores españoles todavía abordaban, con menor intensidad que antes, las secuelas de la posguerra, en México los intereses eran otros: la literatura de la onda seguía dando frutos, despuntaron algunos escritores que más adelante exploraron otros géneros literarios en pos de hallar un estilo que los identificara, asimilaron de otros autores vetas que ellos mismos quisieron explorar por cuenta propia —como es el caso de Juan García Ponce, preciso lector de Musil, y admirador de la estética planteada por Pierre Klossowski. México seguía maravillado con una novela que se publicó en 1955, y que hasta la fecha no ha podido ser superada por ningún narrador: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, continúa siendo una obra magistral. Se tiene noticia de que José Manuel Caballero Bonald estuvo trabajando en la novela alrededor de tres o cuatro años. Es decir, la historia se gestó en 1970, cuando todavía Francisco Franco gobernaba España. El autor pertenece a la Generación del 50, grupo que en plena dictadura se propuso devolverle a España la dignidad cultural que le fue arrancada durante el régimen. De esta manera, Caballero Bonald formó parte del realismo socialista a la española. En Ágata ojo de gato traza un recorrido geográfico para que el lector pueda ubicar con facilidad los sitios en donde ocurre la historia: Marisma de Salgadera, Montes de Alcaduz, Benalmijar, Marisma de Malcorta, Chozo, Huerto del Hurón, Cabezo, Caño de Cleofás, Malcorta Salinas, Los albarranes, Tabla del condado y Breñas. La minucia literaria del escritor, el incluir un mapa, recuerda a los libros de la novelista Ursula K. Le Guin, en donde incluye un mapa de la ficción. O a los mundos imaginarios de Tolkien y C.S. Lewis. El universo imaginario que plantea el novelista hace pensar que quiso escapar de la tradición literaria que se gestó antes, ya no es Madrid ni Barcelona ni un pueblo leonés en donde ocurre la historia sino en un espacio que sólo el novelista identifica. El mundo esperpéntico Los personajes de la novela de Caballero Bonald son seres marginales, pobres, que viven en la miseria y en un ambiente en donde privilegia la sordidez. El normando es un hombre que fácilmente podría identificarse como una especie de homeless, que ronda por el mundo sin metas ni posibilidades de cambiar su situación económica. Sus lazos familiares, con su Manuela, su pareja, y su hijo, Pedro, son distantes, al grado de convertirse en nulos por el distanciamiento. La mayoría de los personajes, con excepción de la familia de Araceli, la esposa de Pedro Lambert, pertenecen a una clase social baja. No recibieron educación escolar ni religiosa. Viven el momento, la fortuna de que sorpresivamente se volvieron ricos al encontrar el tesoro que durante años conservó el normando. La prosa de Caballero Bonald le rinde un homenaje a la teoría del esperpento pronunciada por uno de los miembros de la Generación del 98, Ramón del Valle Inclán. En Luces de Bohemia aporta, tanto para la novelística española como de otras latitudes, la manera de detallar un universo rapaz, decadente y mezquino. Ricardo Gullón en un ensayo titulado “Realidad del esperpento”, incluido en el libro La invención del 98 y otros ensayos, postula la realidad básica de un procedimiento aparentemente desrealizador como es el esperpento. Hay que reconocer cómo una técnica de exageración o caricatura pudo servir de excelente vía de acceso para aproximarse y criticar una realidad típicamente española. ¿Acaso Caballero Bonald vio en el esperpento la mejor estrategia para trazar el perfil de sus personajes y, de paso, caricaturizar a la sociedad española? La anécdota que se cuenta en Ágata ojo de gato resulta ser muy sencilla. Al parecer no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta. La forma impera, y el fondo pasa a ocupar un lugar secundario. Exhibe una visión mítica del proceso de colonización, de la apropiación de un lugar salvaje de la geografía española. En cierto modo, la novela recuerda mucho a algunas obras que se produjeron durante el siglo XIX, en donde la acción transcurre lentamente o se tiene la impresión de que casi no sucede nada. Entre Carpentier y García Márquez En la página www.arquitra­ve.com/entrevistacaballerobonald.htm, está publicada una entrevista con Caballero Bonald, en donde reconoce que su narrativa está escrita con cierto aire cubano-colombiano. Afirma: “Aparte de García Márquez, me siento ligado a dos escritores cubanos: Carpentier y Lezama Lima. Son distintos pero en el fondo coinciden en algo de esa fascinación tropical, de ese criollismo que fermenta a pesar de que sus prácticas poéticas sean muy distintas, me han servido de estímulo fundamental”. Caballero Bonald tiene claro que en ese despertar hacia la literatura, en lo que a su formación respecta, un par de autores cubanos ocupan un sitio especial: José Lezama Lima y Alejo Carpentier. Del primero habría que señalar Paradiso, como un libro que el narrador siempre tuvo presente. En el caso de Carpentier se trata de varias obras y, en particular, de una técnica: el descubrimiento de lo real maravilloso. Otro narrador cercano a la prosa de Caballero Bonald es Gabriel García Márquez. El narrador jerezano asimila de ambas corrientes literarias: de lo real maravilloso y del realismo mágico. Dentro de su estilo barroco, un tanto hermético, gongorino, la ficción en Ágata ojo de gato se dispara en las direcciones antes señaladas. No obstante, en ningún instante pierde de vista el ámbito sórdido, el terreno viciado, impregnado de maldiciones y presentimientos. Toca el turno de hablar de trabajo narrativo más representativo de Gabriel García Márquez. Cien años de soledad (1968) podría situarse en el tiempo histórico tras siglos después del ataque de Francis Drake a las costas sudamericanas del Caribe. La fundación de Macondo, pues, sería en la segunda mitad del siglo XIX, y la novela cubre los cien años siguientes. La fantasía de García Márquez hace que en ese lapsus vayamos desde el rudimentario laboratorio de alquimia hasta el aeroplano, pasando por los grandes inventos que inauguran la Edad Moderna. Hay la misma ingenua sorpresa que deben haber tenido los hombres de todas las épocas ante las manifestaciones de progreso, paralelamente a la desilusión de verse dominados por injustos sistemas de gobierno, explotados por el afán de lucro de ambiciosos inversionistas nacionales y extranjeros, y envueltos por la fuerza en guerras sin justificación y sin sentido. Caballero Bonald revela cómo es la naturaleza del hombre, en un medio salvaje, infrahumano y sórdido. Ágata ojo de gato es una novela compleja, en cuanto a la forma, pero sencilla si se habla de la trama. Esta obra, desigual, surgió como otra manera de abordar la ficción en medio de una España que vivía amordazada por el franquismo. La historia del normando y su familia suele olvidarse al hacer un compendio de las obras de la literatura hispanoamericana; no obstante, se trata de memorables descripciones y párrafos muy logrados que han hecho de Caballero Bonald un sólido narrador.