Palabras y compromisos
Humberto Musacchio
Los optimistas creen que la firma del llamado Pacto por México es la puerta a la felicidad; los pesimistas, en cambio, lo tachan de mera demagogia, lista de buenos propósitos sin posibilidad de concreción. Pero no es una cosa ni la otra. Es, en efecto, un enunciado de intenciones, pero en el ámbito de la política las palabras son compromisos y el cumplimiento de esos compromisos da la medida de un estadista.
El Pacto completa los cinco “ejes de gobierno” y las “trece decisiones” expuestas por Enrique Peña Nieto en su mensaje inaugural. Es difícil no estar de acuerdo con la totalidad —o casi— de esos puntos, si bien, para evaluarlos con propiedad, habrá que esperar a que se explique cada uno y se emprenda su desarrollo y aplicación.
Lo importante es que, a diferencia de hace seis años, la asunción del nuevo mandatario despertó esperanzas al plantear respuestas a las problemas más urgentes e ingentes del país. Sin hipérbole, puede decirse que desde la toma de posesión de José López Portillo no se escuchaba un mensaje tan eficaz políticamente, aunque nadie debe olvidar cómo terminó aquel presidente.
Otra vez está en las calles la acusación de ilegitimidad, pero a diferencia de lo ocurrido con la votación de hace seis años, cuando la diferencia oficial fue mínima, esta vez la ventaja para el ganador fue de tres millones de sufragios, lo que, sin olvidar el gasto excesivo y la penosa actuación del Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral, da un amplio margen de maniobra al que llega.
No debió resultarle grato a Peña Nieto el despliegue de violencia que se vivió en diversos puntos de la ciudad de México. Todo indica que, más allá de los acelerados que nunca faltan, alguien pagó a un grupo de provocadores para que causaran destrozos e hicieran despliegue de vandalismo. De esa manera se quiso hacer un favor al flamante mandatario, al darle el pretexto para reprimir al movimiento Yo Soy 132 o bien, lo que nada tendría de extraño, alguien pretendió aparecer como la mano dura indispensable y venderle al mexiquense sus servicios.
Lo anterior muestra que no todo está amarrado y que, con doce años sin el poder presidencial, hay un muy explicable desfasamiento con las realidades de hoy. Y algo más: el PRI regresa a Palacio, pero no el viejo régimen, que en 2000 fue oleado y sepultado. Peña Nieto tendrá que tomar el control por otras vías, con otros mecanismos. Para hacerlo está en el mejor lugar: en el poder que al ejercerse con inteligencia política cubre a los gobernantes con la más fuerte coraza de legitimidad. La función apenas empieza.
