Enrique Aguilar R.

Para Lucero-Luz María

Con un narrador que imagina escenas de la vida de Leonora Carrington desde su infancia en Inglaterra, hasta de su vejez en la Ciudad de México, pero que también inventa pensamientos o percepciones de esta mujer, pintora y escritora ella misma, pero en este caso vuelta personaje literario, Elena Poniatowska por medio de su novela Leonora da su versión narrativa de otro universo femenino, como antes lo hizo respecto de la fotógrafa Tina Modotti o de la pintora Angelina Beloff. Al citar a esos personajes de la vida real de los que Poniatowska ha construido sus respectivas versiones literarias, se cae en la cuenta que al parecer a esta novelista le gusta escribir sobre mujeres que sufren, porque eso es lo que ha hecho desde que abordó narrativamente la existencia de la Jesusa Palancares en Hasta no verte Jesús Mío y así lo siguió haciendo en Tinísima y en Querido Diego te abraza Quiela y ahora lo hace también en Leonora. Aunque al respecto cabe decir que si en la historia de sus personajes femeninos sí están presentes los dolores tanto físicos como emocionales, también están sus amores y pasiones de modo que al leer estas ficciones que han tenido como punto de partida mujeres de carne y hueso, se capta parte del complejo modo de pensar y de sentir, de amar y de vivir de esas protagonistas literarias que son el reflejo de las reales. Pero no hay que dejar de ver eso, que son reflejos, porque lo que ha escrito Elena Poniatowska es literatura, ficción, y por lo tanto estas narraciones a pesar de tener una base real, que han partido de la vida de ciudadanas con dirección y código postal, no son historia en el estricto sentido, sino que son invención, recreación. Sus novelas son como collages en los que no importa tanto descubrir qué viene de la biografía, o qué de los testimonios o de las entrevistas mediante las cuales la escritora nutre sus ficciones, sino el resultado estético, que en su caso es excelente. Como novelista cabal, Elena Poniatowska usa su libertad de creación, en el caso de Leonora, para introducir al lector en el universo de una niña fantasiosa y rebelde que sin dejar del todo el refinamiento, la elegancia, la buena educación y las buenas maneras de toda hija de un gran burgués, poco a poco se va independizando, alejando y hasta rebelando ante ese mundo de comodidades, confort y predestinación para tratar de encontrar su camino vital por medio de la pintura, primero, y de la literatura en seguida. Leonora resume la historia de tres grandes amores: el que tuvo la jovencita que se enamoró del pintor Max Ernst. Este es el “amor loco” en el que la veinteañera se tiró de cabeza sin importarle nada: ni que Ernst fuera mayor que ella, que estuviera casado, que fuera drogadicto, un tanto vividor, ególatra, inmaduro e infiel. Todas las deficiencias de él no eran nada comparadas con el saberlo poseedor de una fantasía similar a la de ella, si no es que capaz de plasmar los personajes, las atmósferas y los ambientes alucinantes y alucinados que desde pequeña a ella le interesaban. Eso, además de ser su conexión con los poetas y pintores surrealistas. Este amor se rompió de modo tajante el día que a Ernst lo detuvieron y metieron a un campo de concentración, hecho que literalmente a ella la volvió loca y la mandó al manicomio donde le inyectaron una sustancia cuyos efectos eran tan devastadores como los de un electrochoque. El otro amor es el que Leonora tuvo con el poeta mexicano Renato Leduc, a quien conoció en París y quien con su carisma y pragmatismo la sacó de su ensimismamiento y la llevó primero a Nueva York y luego la trajo a México, la impulsó a escribir y la libró de la guerra europea, y también de Ernst. Una de las conclusiones que se saca de la lectura de esta relación es que Leonora y Leduc se llevaron bien en el extranjero, pero que su pareja fracasó cuando llegaron a México donde Renato era un personaje muy conocido, amigo de escritores, toreros y políticos, con una vida social en fiestas, bares y cantinas muy intensa, ambiente al cual Leonora, quien además no dominaba el español, no se pudo adaptar. La debacle llegó cuando Leduc la levó a una corrida de toros. Ese espectáculo a ella, amante de los animales desde niña, le pareció horrible. De la soledad y el aislamiento en que estaba Leonora por su falta de adaptación a la vida pachanguera y periodística de don Renato la sacaron otros extranjeros como ella a los cuales conoció entre los surrealistas parisinos y reencontró en la colonia San Rafael del Distrito Federal: la pintora Remedios y el poeta Benjamin Péret, en cuya casa se reunían la fotógrafa Kati Horna, el escultor José Horna, los poetas César Moro y Xavier Villaurrutia, entre otros muchos artistas mexicanos y extranjeros. En ese ambiente cosmopolita pero a la vez pobretón —son los años de la posguerra— Leonora conoce a un fotógrafo húngaro Imre Emerico Weisz, Chiki, quien la deja impresionada por su guapura y su minuciosidad para describir tanto lo que vivió primero en un orfanatorio, luego en un campo de concentración, y al final lo que tuvo que hacer, en tanto que judío, para huir de Europa. La cautiva la capacidad de ese hombre para soportar el sufrimiento. La plática y la compañía de Chiki la sacan del aislamiento en que se siente al lado de Leduc y termina por cambiarlos, al grado de que con el tiempo Chiki se convierte en el padre de sus dos hijos. Las pasiones, obsesiones, trabajos, invenciones, deseos, impulsos creativos y motivaciones de una artista tan interesante y destacada como Leonora Carrignton están plasmadas en esta novela de Elena Poniatowska, quien introduce al lector en el ambiente, las diversas épocas de una larga vida, y la mente de un personaje excepcional.