Comienza el camino de la revolución educativa
Raúl Cremoux
Cuando era rector de la UNAM, cuenta José Sarukán, tuvo la oportunidad de preguntarle al primer ministro de Corea del Sur cuál había sido la fórmula para alcanzar los altos grados que tienen en desarrollo tecnológico; la respuesta que obtuvo fue, palabras más, palabras menos, la siguiente: “Debido a nuestra situación geográfica, empleamos el grueso del presupuesto en dos renglones: defensa y educación, con lo que nos sobraba, hacíamos el resto”.
Como este relato, podemos recopilar, cifras y anécdotas para afianzar lo harto sabido: la inversión en educación es un elemento igualador por excelencia y el más rentable que el Estado puede hacer a mediano plazo.
El presupuesto destinado a la tarea educativa no es poco, rebasa el 6 % del Producto Interno Bruto, y de ello, más del 87 % está dedicado al pago de los maestros. En otras palabras, debiera ser razonablemente suficiente, pero no lo es.
Nuestros estudiantes cuando son evaluados internacionalmente dejan mucho que desear. Y lo hacen porque el sistema de enseñanza/aprendizaje es fundamentalmente enciclopédico y memorístico; no incursiona, como lo hacen en otras latitudes, con la correlación de diversos elementos para la solución de problemas nuevos; en consecuencia, nuestros muchachos no atinan en las evaluaciones pues responden de acuerdo con otro método.
Eso no es todo, los maestros que, en franjas gruesas, se niegan a ser evaluados e incluso en sus protestas queman los exámenes, como ocurrió este año en Michoacán y Guerrero, viven amarrados a concepciones rebasadas.
Por si fuera poco, el marco en que se dan las clases es muy variado. Hay niños y estudiantes que lo hacen en salas de clase adecuadas, con uso de tecnología moderna y en ambientes propicios; hay otros que carecen de lo elemental: pisos firmes, pizarrones, salas de baño, y esas modestísimas instalaciones se encuentran muy alejadas de sus casas.
Las tareas que en tan sólo diez días ha realizado Enrique Peña Nieto son alentadoras de que el cambio puede darse. De arranque, los tres partidos políticos más grandes están de acuerdo en impulsar la reforma educativa y como operador de la misma está un hombre de gran experiencia, enorme talento político y de un carácter bien probado: Emilio Chuayffet.
La reforma va. Cuenta con todo el apoyo del presidente Peña, de la clase política en lo general y las expresiones de industriales, técnicos, empresarios e intelectuales ha sido clara; despertó incluso el interés del embajador norteamericano quien ha buscado al secretario de Educación para bien enterarse.
Junto con las reformas energética y la fiscal que ya cuentan con un buen piso de la laboral, la educativa será, obligadamente, la que respalde los cambios positivos que las nuevas generaciones requieren para tener los elementos con que desarrollarse ventajosamente en un mundo mucho más competitivo que el que nos tocó a quienes nacimos antes de la globalización.
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