Georgina Calderón Aragón

El Dr. Berenzon ha tenido grandes pasiones en su vida, pero yo diría que la que le ha ocupado más tiempo ha sido y es el psicoanálisis. Y el haberlo juntado con su formación profesional como historiador, le ha permitido desarrollar una línea de investigación que, al igual que en otras partes del mundo, le ha permitido hacer análisis donde se entiende el discurso, como el mundo de lo imaginario.

Siguiendo a Freud establece dentro del mundo simbólico cuatro vías para abordar el psicoanálisis: el lapsus, la interpretación de los sueños, el chiste y su relación con el inconsciente y los actos fallidos. Y este acercamiento al inconsciente lo realiza a través del chiste como fuente polifacética del hecho histórico.

Plantea, por lo tanto, una ciencia con sujeto, con sujeto humano, sujeto a la palabra, al discurso, e incorpora, como vimos líneas arriba, a otro sujeto histórico, el sujeto del inconsciente.

La obra de Boris Berenzon periodiza como todo trabajo histórico y lo hace con la historicidad clásica de los periodos presidenciales en: los regímenes revolucionarios (1917-1934), la institucionalización del poder político (1934-1940), presidentes del milagro mexicano (1940-1970) y los presidentes tecnócratas (1986-2000, periodo que si bien no ha llegado a su fin, (sólo hay que ver los personajes para el próximo sexenio) termina, en el libro que comento, con su análisis del gobierno de Ernesto Zedillo en el año 2000, año en el que el PRI es derrotado formalmente en las urnas y se hace evidente un reajuste en el uso del discurso revolucionario que venía tambaleándose desde varias décadas atrás.

La dialéctica del chiste, nos dice Boris Berenzon, es la tradición del inconsciente que se filtra a través del “se dice”. Y en el caso del discurso del humor en los gobiernos revolucionarios, el libro muestra que cuando más se oculta más se evidencia, ya que, a mayor control político, mayor humor soterrado; y lo contrario, a mayor libertad, mayor humor expuesto, por lo que el chiste es un levantamiento a la represión, el más rápido, el más espontáneo y el que mejor se socializa. Sobre todo porque muestra, a semejanza de los sueños, una vía directa al inconsciente, ya que revela lo que se piensa y no se puede decir.

Una pregunta planteada por el autor sobre si ¿existe el humor de los mexicanos?, recibe como respuesta que sin duda alguna es la única llave que tenemos para combatir la abigarrada solemnidad que nos impone el poder desde el México novohispano; por eso a lo largo de nuestra historia, el humor ha sido multicolor –negro, rosa, colorado, blanco- en el cual sin duda también interviene como herencia la picaresca de la tradición española.

Pero ¿qué es el humor? El autor toma como definición la considerada cualidad consistente en descubrir o mostrar lo que hay de cómico o ridículo en las cosas o en las personas, con o sin la malevolencia, con referencia a las personas y a lo que dicen, escriben, dibujan, etcétera. El humor le sirve, por lo tanto, como observatorio crítico de larga duración para toda la sociedad.

Sin embargo, la relación del chiste con los conceptos de humor, humorismo o comicidad, si bien son evidentes todavía no es clara, por lo que considera para el análisis la propuesta teórica de Sigmund Freud del chiste y su relación con el inconsciente. Toda vez que el chiste para Freud es un mecanismo en el que se puede evadir la represión de la vida consciente, al igual que el lapsus, la denegación o el sueño, ya que en ells las resistencias a expresar el inconsciente bajan y en esta laxitud del lenguaje se pueden decir palabras y frases del orden de lo prohibido y lo negado. Palabras que sonarían a herejías, refractadas en el prisma de lo jocoso pierden su carácter herético.

Freud estudia primero la técnica del chiste para mostrar el mecanismo del placer que produce, distingue los chistes inofensivos y los tendenciosos (que tienen su génesis en la agresividad, la obscenidad o el cinismo). El chiste necesita cuando menos la presencia de tres personas (el autor de la broma, su destinatario y el espectador) y cuando alcanza su meta, ayuda a soportar los deseos reprimidos, dotándolos de un modo de expresión socialmente aceptable.

El mismo Freud no consideró esta obra importante y en 1958, Jacques Lacan se interesó nuevamente por la obra de manera renovada. En su célebre conferencia “La instancia de la letra en el inconsciente”, consideró el chiste del texto canónic, como la primera parte de una especie de trilogía que incluía también La interpretación de los sueños y Psicopatía de la vida cotidiana.

Al igual que Freud, nos dice Boris Berenzon, Lacan tenía un humor corrosivo. Gozaba de los juegos de palabras y las bromas de todo tipo, construidas conforme al modelo de los cuentos judíos. Fue un maestro del witz, del juego de palabras y del aforismo, y sobre todo supo manejar la técnica de la “figuración de lo contrario” con más ferocidad que Freud, como lo atestigua su flamígera fórmula de la relación amorosa: “El amor es dar lo que uno no tiene a alguien que no lo quiere”.

Se puede decir entonces que en México coexistieron desde la Revolución Mexicana hasta los gobiernos que se hicieron sus depositarios, (y, como dije, el autor lo lleva hasta el año 2000) dos discursos: el oficial, instituido en la formalidad de lo sobrio, y el otro, fundamentado en ridiculizar o ensalzar al poder, ambos provocaron que el humor presentara una historia marcada por lo aberrante de lo serio, que habla desde la estadística y los números alterados, desde el poder y su oposición, tratando de dar la imagen de la abundancia de cara al bienestar de las instituciones, de la magnanimidad de la feliz familia mexicana, de las buenas consciencias, del cuerno de la abundancia y el progreso estabilizador, ese discurso del humor aparentemente soterrado expresa al inconsciente intrasubjetivo para descalificar las otras argumentaciones. El discurso humorístico, por su parte, tiene el carácter de verdad, porque es la expresión colectiva de un pueblo.

Si el uso del chiste proporciona informaciones confiables, la sociedad mexicana de hoy, en términos generales, se puede distinguir por resentimiento por los numerosos engaños a los que se le ha sometido, frustración, revanchismo, desprecio por el poder que tanto la ha despreciado, regocijo ante las debilidades del poder y aquí pueden agregar cada uno de ustedes sus propias peticiones.

Por lo tanto los chistes evidencian la realidad de la cultura política que construida a golpes de autoritarismo se afina y se corrige con actitudes liberales. Ya que el chiste por sí mismo no eleva el potencial crítico, pero sin el humor, las atmósferas democráticas nacerían muertas. ¡Que se rían, pero que no se enfrenten. Mientras sean chistes no pasa nada!, nos dice el autor.

La risa está considerada como parte fundamental del humor, es considerada como una manifestación de gozo o regocijo que se siente interiormente y siempre expresa un deleite y es muy contagiosa, al igual que el bostezo: cuando se ve bostezar, se bosteza, y uno se ríe de ver y escuchar reír a otros. Aunque conviene advertir que la risa, en su irracionalidad, puede surgir en momentos determinados de angustia, ansiedad, histeria, desesperación e, incluso, pánico. Se trata de una inoportuna risa desencajada.

Stendhal señala que existe un tipo de personalidades que suelen ser negadas para la risa, y las clasifica como: el temeroso, tan preocupado que no oye siquiera la narración que puede hacerle reír, y si por casualidad escucha, es como si le hablaran en un lenguaje ininteligible porque no presta la menor atención. El avaro, que siempre está necesitado, es una persona que se pasa la vida temiendo, por tanto tampoco se pude reír. También es difícil arrancar una risa o una sonrisa a las personas que están permanentemente amargadas o crispadas, sin causa aparente; son entes que suelen no quererse e, incluso, despreciarse a sí mismos y, por supuesto, a los demás.

Pero, hay que reír, porque la risa es un gesto incomparablemente terapéutico. Alivia, sana, recrea. Catártica y medicinal como es, la risa, la sonrisa, la carcajada, nos devuelve la fe en el absurdo, en el todo para nada. La risa es algo que está dentro de nosotros mismos, y reflejada en los semblantes demuestra automáticamente la alegría que llevan las personas en su interior. Es una evidencia. Y los filósofos, desde siempre, se han preguntado por qué esa manifestación y el porqué de esos rostros que expresan alegría.

Así es que ¿dónde está la felicidad? Desde los griegos, nos dicen que la felicidad, la alegría de vivir, está dentro de nosotros mismos y es donde tenemos que buscarla. Pueblos que padecieron desgracias tremendas, se vieron obligados a interponer su sentido del humor para protegerse.

Se percibe que el politeísmo, la multiplicidad de los dioses, es más partidario de la felicidad y la alegría que el monoteísmo, el cual mata la risa, el goce y el placer. Se basa en el concepto de que vivimos en un valle de lágrimas, lo que se convierte en un signo de sabiduría e inteligencia.

El trabajo de Berenzon se desarrolla a partir del análisis del discurso, tomando ejemplos del mismo, cuyo soporte está en la caricatura, el teatro, el cine, la música y la literatura, y analiza también el contexto social, político, cultural y psicológico, en el que se llevaron al cabo, es decir, la relación que se establece entre este tipo específico de manifestaciones y distintos ámbitos de la sociedad, siendo los más significativos, la legislación, la ideología, el lenguaje y el Estado.

En el libro se analizan, a partir de la interacción de las obras y el contexto, la relación existente entre las obras mismas, y, a partir de la relación del discurso político y la sociedad, establece el vínculo que ata a estas obras con el mundo y para el cual fueron creadas.

Entre algunos de los autores considerados en la investigación, se retoma a Michel Foucault, el cual contribuyó a profundizar sobre la actividad discursiva como un espacio de manifestación y experiencia de los sujetos singulares y colectivos: “El discurso no es la manifestación, majestuosamente desarrollada, de un sujeto que piensa, se trata en cambio, de un conjunto en que se puede determinar la dispersión del sujeto y su discontinuidad consigo mismo. Es una especie de exterioridad en la que se manifiesta una red de posibles posiciones distintas”.

El hombre es el único animal que discurre y a la vez tiene conciencia de ello. Es, en ocasiones, a esta conciencia a la que reservamos el nombre de discurso. Nuestro discurrir teje seres, cosas, acontecimientos: los pone en relación, genera textos. Podría pensarse en la relación discursiva como algo ajeno y externo al ser mismo que discurre, como una actividad más. Nada menos cierto. El discurrir mismo constituye al ser que discurre, a la vez que éste constituye el discurso: es un principio de acción y reacción. No somos (en cuanto conciencia fundada) nada fuera de nuestra actividad discursiva.

Y, por supuesto, la política y el humor se encuentran completamente relacionados. La mayoría de los políticos no están educados para el humor. Lo importante para ellos es mandar, estar en el éxito, convertirse en especie de carneros-guía del rebaño y, si la ocasión lo permite, obtener buenas ganancias. Lo demás les parece secundario. El político le tiene miedo al humor y a la risa, porque contienen siempre un sentido crítico absoluto, y esa manifestación crítica le molesta. Que se rían de un político es la peor cosa que le pueden hacer.

Con estas consideraciones se aborda la Revolución Mexicana como expresión gubernamental, la cual pasó primero por ser una ideología de palabra plena a una palabra vacía a lo largo del proceso de 1929 y hasta el 2000, cuando se construyó un discurso imaginario que aparentemente emanaba de aquella revuelta. El humor también da cuenta de ello, como en todo proceso histórico el desgaste del concepto de revolución, si bien es dudoso para el 2000, tiene un sentido original.

El sentido del humor es propio de la crítica de las sociedades. Es más, nos dice Boris Berenzon, el sentido del humor es en definitiva el que autoriza la misma sociedad. Sólo a través de un sentido del humor auténtico y de un equilibrio del estudio social se experimenta la vida con sus posibilidades infinitas de crear objetivos dentro de la crítica social que se manifiesta en el discurso histórico.

Yo me felicito de haber leído el libro, de estar aquí comentándolo y de verdad los invito a hacerlo también. Se titula Retratos de la revuelta.