La obra de Marta Palau y su labor como promotora cultural, la señalan como una de las artistas que con mayor entusiasmo ha contribuido a expandir el campo creativo del México de hoy, a través de obras que expresan un amplio interés en el barro, el polvo, las ramas, el maíz, el amate, la madera y el carrizo, transformando lo orgánico en objetos de naturaleza arcaica, ritual y mágica, ya que de esta manera, encuentra el sentido profundo del arte.
Es así, como el Instituto Nacional de Bellas Artes, presenta en esta ocasión la exposición “Marta Palau. Tránsitos de Naualli”, como un reconocimiento a la artista merecedora del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. A partir del 20 de diciembre al 17 de marzo, se podrá admirar la obra de una gran creadora de energía y sensibilidad notable, que a diario sorprende por su capacidad de renovación y por su mirada crítica frente a la condición del arte, que sin duda alguna, abre avenidas nuevas a las imágenes y a los imaginarios mexicanos.
Desde una etapa temprana de su carrera, esta artista rompió con ortodoxias, capillas, modas, y presiones de mercado. Incluso ha transitado en sentido contrario a las pautas establecidas por su generación, la llamada “generación intermedia”, aquella que seguía a quienes protagonizaron la ruptura con el muralismo.
En sus esculturas hay cierta sobriedad, una simplificación de la forma. En el tapiz explota la dimensión táctil, desde la textura en el muro hasta el volumen de los objetos anudados que emanan un aire tribal y mágico como las obras Cascada (1978), Mis caminos son terrestres (1985), Recinto de Chamanes (1987) y Bastones de Mando (1986) que salen de la pared. Piezas que han inundado salas de museos y bienales en México, Brasil y Cuba, hasta 1988, en que otra etapa se evidenciaba con el nacimiento de sus nahuallis -nombre en náhuatl para señalar a las hechiceras, brujas y mujeres protectoras- que desde entonces no la abandonan en sus cuerpos pequeños de cerámica, madera o amate.
Inmersa en la tierra y los mitos, Palau se funde en etnias que todavía pueblan Baja California, estado al que se liga desde hace más de 40 años pues comparte su vida profesional entre Tijuana y el Distrito Federal. En los parajes del norte conoce a los cochimís, a los cucapá, a los kiliwas, a los pai-pai y a los kumiai, donde ha retomado la forma de sus manos para vestir un mural; de otros su sapiencia para tejer la palmilla o moldear el barro. De otros más graba sus canciones en lengua original o conoce sus oficios de caza y recolección, más no de cultivo de la tierra porque para ellos, ésta es sagrada y no debe ser horadada.
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