Juan Antonio Rosado

En su ensayo sobre Las tres Electras, Alfonso Reyes advierte que la de Esquilo es “noble representación del dolor humano, liberado por la inconsciencia y el ensueño”; la de Sófocles, una “virgen francamente rebelde, tenaz y despótica”, “sin conflicto interior”, mientras que la de Eurípides ofrece “toda la admirable complicación de las cosas del mundo”: hay “lucha y actividad agresiva contra los hombres y los acontecimientos adversos”. De la abstracción sicológica en Esquilo, Electra se convierte, en Sófocles, en alegoría, y cobra intenso color real con Eurípides. La dramaturga Edith Ibarra, en su Otra Electra, no sólo ha sabido fusionar los tres estados en un personaje, sino que le ha dado un insospechado giro al esquema narrativo tradicional, a la historia, al ubicarla en nuestros tiempos y plantear una trama con dos personajes (la madre y la hija) y un solo espacio (el departamento de la madre). Con el mínimo de recursos —como en muchas películas de Ingmar Bergman—, la autora logra que la intensidad aumente paulatinamente con la intriga, pero sobre todo con la tensión sicológica. Desde el inicio, se anuncia el carácter suspicaz, obsesivo, orgulloso y acaso conflictivo de la madre, así como el carácter aparentemente servil y conciliador de la hija. A la Electra de Ibarra, sin embargo, no le agrada su nombre, lo que le reprocha a la madre, quien le puso así por su sonoridad. Esta Electra, cuyo sueño recurrente es estar muerta o dar a luz muerte, no quiere ser como la otra (la clásica), pero tampoco puede eludir el sino que conlleva su nombre, por lo menos en un nivel simbólico, onírico. A través del diálogo, aunado a los malentendidos, va emergiendo un turbio pasado, una serie de dolorosos recuerdos. Hija de una pareja conflictiva, personalidad tanática e insegura, deseosa de la llegada de su hermano distante, esta Electra vive a la vez una relación conflictiva con su madre, quien al parecer, por su necesidad de conflicto, sólo prolonga lo vivido con el marido. En un momento dado, la tensión sicológica me recordó —toda proporción guardada— a la que se suscita en Bergman, particularmente en Cara a cara y en Sonata de otoño, donde los recuerdos afloran y atormentan al personaje de este “reino de la miseria”. Paradójicamente, la pesadilla, la peor enemiga de esta nueva Electra, será también su salvación, o por lo menos su resignación y reconciliación con la otredad, con ese prolongado e infernal “reino de miseria”.

Edith Ibarra, Otra Electra. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011; 52 pp.