¿Y la república amorosa?
Marco Antonio Aguilar Cortés
Delincuentes, que nada tienen de revolucionarios ni de izquierdistas, provocaron vandalismo y pillaje en ciertos lugares de la ciudad de México durante la toma de posesión y protesta de Enrique Peña Nieto como presidente de los Estados Unidos Mexicanos.
Anticipadamente habían convocado al pueblo a manifestar su protesta en contra del nuevo presidente; citándose, para ese fin, en el Angel de la Independencia, y aclarando de palabra que sería en actitud de “resistencia civil pacífica”.
Empero, la realidad fue otra: atacaron hoteles, bancos, restaurantes, tiendas, monumentos, robando desmadradamente lo que consideraron valioso; e, incluso, utilizando camiones y utensilios propiedad del Gobierno del Distrito Federal.
Las fuerzas de seguridad pública deben imponer el orden ante delitos en flagrancia, y practicar las detenciones necesarias por disposición constitucional; y, eso fue lo que hizo la Policía Federal, ajustando a derecho ese acto de gobierno.
Tan es así, que el mismo Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del Distrito Federal, de filiación perredista, lo condenó como “un acto de barbarie cometido por anarquistas”. Igual hizo Miguel Angel Mancera Espinosa, próximo jefe capitalino.
En cambio, los incitadores al crimen condenaron la aplicación de la ley por parte de los policías. Ellos pueden incendiar, lesionar, destruir, robar, pero los salvaguardas del orden no deben cumplir con su deber; así, con ese desparpajo cínico, exigen la renuncia del secretario de Gobernación Miguel Angel Osorio Chong, y del subsecretario de Seguridad Pública, Manuel Mondragón, pues, según ellos, “no hay razón para que hayan agredido a los manifestantes”.
Su violencia no es violencia. La única fuerza debe ser la suya. La coercitividad del Estado es represión. Se autocalifican de pacíficos, y promueven y ejercen la intimidación y el terror. Al decir una cosa, y al hacer otra distinta, se tornan incongruentes, y se descalifican éticamente.
El inicio del gobierno de Peña Nieto comienza bien, incluyendo el acto de autoridad con el que se aplicó el derecho contra gente que exclusivamente siembra caos y odio. ¡Qué contradicción!, después de haberse autodesignado ese grupo como promotor de la república del amor, hoy está convertido en una piñata rellena de violencia.
Después de la detención de 69 implicados en actos delictivos, salen el resto de los opositores a las calles para reclamar la liberación de sus cómplices encarcelados. Igual que en Morelia recientemente, en el Distrito Federal repiten el esquema.
Resulta esperanzador el que los principales partidos políticos del país firmen una serie de documentos, conjuntamente con el presidente de la república, para instituir un Pacto por México. Que este ánimo permee el pensamiento y la acción de todo mexicano.
