Pamela de la Paz
Siempre quise ser pintor, mi madre solía decirme que esa era mi vocación. Pero ella ya no está. Mi padre, un hombre rudo que lucha día a día por probar lo macho que es, no estaba de acuerdo. “La pintura es para maricones”, decía, “Un hijo mío no va a morir de hambre por un sueño absurdo”. No, él tenía mejores planes para mi futuro. Yo debía ofrecer mi vida al país que tanto nos había dado… Yo tenía que ser militar. Aun ahora, cuando intento recordar, no entiendo por qué se preocupaba tanto por parecer un hombre, y tan poco por serlo. Si tan sólo se hubiera atrevido a decir lo triste que estaba… Me habría gustado poder ayudarlo, aunque en realidad no hubiera podido hacer gran cosa. Cada noche cuando él entraba en el cuarto de mamá a llorar, yo me limitaba a cubrirme el rostro con la almohada y a otorgarle un poco de privacidad. Todo marchaba según sus planes, o al menos eso le hice creer. Mis bocetos eran cada vez mejores y mis pinturas aumentaban en número amontonadas en el fondo de mi ropero. No se me tenía permitido entrar al cuarto de mi madre, aunque eso es algo a lo que no le daba demasiada importancia. Era el santuario de mi padre, y yo respetaba eso. Sin embargo, el verdadero momento decisivo de la historia que cuento ahora, fue propiciado por una llamada, sólo una llamada. No supe quién llamó y ahora nunca lo sabré. Sólo sé que mi padre salió precipitadamente, sin darse tiempo para cerrar la puerta del cuarto… EL cuarto. Me acerqué a la habitación prohibida como atraído por una fuerza invisible. Acaricié por primera vez en muchos años las colchas de un blanco inmaculado. Froté mi mejilla contra la alfombra rosada. Mientras el miedo a que mi padre llegara me arañaba las entrañas. Estire el brazo en un intento por abarcar todo el espacio, con una voracidad que sólo conocen los que no tienen nada, cuando mis dedos rozaron una caja metálica. La curiosidad pudo conmigo y me puse a revisar su interior. Dibujos, cientos de ellos. Todos de mi madre. Riendo, sonriendo, viviendo… Firmados con un mismo nombre: Antonio. La puerta principal me advirtió del peligro. Traté de guardarlos todos pero me fue imposible. Solo alcancé a salir corriendo. Él me detuvo en el pasillo. —¿Qué has hecho? —gritó. Y en ese momento solté la pregunta que se había atorado en mi lengua. ¿Quién es Antonio? Mi padre me calló con una bofetada. —Su amante —masculló mientras se encerraba en el cuarto. Al día siguiente lo encontré balanceándose en el aire. Y esa es la historia, de cómo me convertí en militar.
