Hombres de negro, versión a la mexicana

 

 

Del fanatismo a la barbarie hay solo un paso.

Diderot

 

 

José Alfonso Suárez del Real y Aguilera 

La barbarie desplegada durante siete horas el pasado 1 de diciembre en el centro de la ciudad de México fue tan descomunal que obliga a considerar su gestación desde los grupos ultras hasta la posibilidad de una acción orquestada desde los ámbitos del resentimiento político como causa original de su estallido.

La pública exhibición de los provocadores de los actos vandálicos permitió constatar que éstos poseían un sofisticado equipamiento que nada tiene que ver con las piedras, palos o botes de aerosol que suelen confiscarse a los jóvenes anarquistas durante su participación en manifestaciones.

Aquí —según se constata en las fotografías difundidas por varios diarios—  se trata de individuos preparados ex profeso para enfrentar a las policías,  personas con equipos similares a los que los cuerpos de seguridad suelen utilizar para contener y reprimir a manifestantes.

Estos testimonios consignados por los reporteros señalan a grupos de individuos vestidos de negro, como los cabecillas de los desmanes que se registraron en diversos puntos del Centro Histórico, como de las colonias Juárez y Tabacalera de la delegación Cuauhtémoc, durante esas largas horas de zozobra.

Llama enormemente la atención que los objetivos de los actos vandálicos correspondan mayoritariamente a espacios recuperados y rehabilitados por el Gobierno del Distrito Federal para el uso y disfrute de la comunidad, espacios dañados rabiosamente al igual que se hizo con los establecimientos ubicados en sus entornos.

La barbarie desplegada por los autores de dichas agresiones es —como la definió el propio jefe de Gobierno—  inusual por su contundencia, duración y daños sociopolíticos de enorme gravedad, lo que obliga a una profunda investigación que ubique en su justa dimensión las acciones de protesta social y las separe de los actos delictivos para evitar una estéril confrontación entre fuerzas sociopolíticas, que todo indica forma parte de la estrategia ejecutada por los vándalos.

Entre los hechos ocurridos en las inmediaciones de San Lázaro, hay —sin duda alguna— hechos lamentables que obligan a esclarecer las causas que originaron el excesivo uso de la fuerza policial, el cual lesionó muy severamente al activista cultural Juan Francisco Kuy Kendall y al estudiante Juan Uriel Sandoval Díaz, alcanzados por balas de goma disparadas por la policía.

Ello obliga a investigar la activa participación de los hombres de negro en esos condenables hechos, así como en las acciones vandálicas registradas en el área de la Alameda Central y en los alrededores del Monumento a la Revolución, a ubicarlos y detenerlos a fin de conocer los motivos de su delictiva actuación.

En este contexto, el factor del resentimiento político necesariamente debe ser ponderado, pues no pueden soslayarse las tensiones que se generaron en el interior de la Policía Federal ante el anuncio de la desaparición de la Secretaría de Seguridad Pública Federal y la escalada de denuncias y graves acusaciones en contra de su titular y su primer círculo, personajes señalados por su proclividad a generar escenarios extremos para su beneficio.

Por salud de la república, la investigación debe descubrir si el paso que medió entre estos actos de barbarie fue el fanatismo, como sentenciaba Diderot,  o —lo que es mucho más grave— se trata de un mero encono político de parte de quienes fueron los funcionarios consentidos del calderonismo.