El Pacto le viene bien al país
Raúl Rodríguez Cortés
Que haya un pacto político que perfile y facilite acuerdos es mejor, sin duda, que la parálisis de la discrepancia perpetua. El Pacto por México, por lo tanto, le viene bien al país, después de casi una década de polarización política y desacuerdos.
El Pacto —firmado el pasado 2 de diciembre por las tres principales fuerzas políticas del país y el gobierno de Enrique Peña Nieto—ya definió una agenda de reformas y permitió consensuar y aprobar las dos primeras: una constitucional, la educativa, sometida ahora al aval de los congresos locales; y la laboral, producto de modificaciones a la Ley Federal del Trabajo. Se plantean, además, para el segundo semestre de este año, las reformas hacendaria y de energía.
De manera que el consenso político del Pacto ya opera en los hechos. Incluso el pasado martes 8 de enero se dio a conocer la conformación de un Consejo Rector que le dará seguimiento. Lo forman, por supuesto, los presidentes del PRI, del PAN y del PRD, así como representantes del gobierno federal: Miguel Angel Osorio Chong, secretario de Gobernación; Luis Videgaray, secretario de Hacienda; Alvaro Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia; y el subsecretario de Gobernación, Felipe Solís Acero.
Otros integrantes de ese Consejo Rector coordinado por el priista exgobernador de Oaxaca, José Murat, son los perredistas Jesús Ortegay Pablo Gómez, y los panistas Santiago Creely Juan Molinar Horcasitas.
Muchos se preguntan por qué lo coordina Murat, un priista de la vieja guardia. La respuesta es simple y ya se la había adelantado aquí desde noviembre pasado: el exgobernador oaxaqueño empujó la idea, invitó en repetidas ocasiones a Creely a Ortegaal restaurante En un Lugar de la Mancha, allá por los rumbos de la embajada cubana, para sugerirla a sus partidos, y convocó a su casa, una vez cristalizada, a que se sumaran a ella los representantes del entonces equipo de transición.
Lograr acuerdos es objetivo de la política, pero cuidado: el Pacto, instrumento de eficacia, nos podría acercar a una de las facetas del autoritarismo, la de la unanimidad por encima de todo, algo que está en el ADN del PRI histórico. Y la unanimidad, en democracia, siempre levanta suspicacias.
Para conjurar el riesgo habría que preguntarse siempre si en el caso, por ejemplo, de las reformas laboral y educativa se puso por delante el interés del país y si, para alcanzarla, todas las fuerzas políticas cedieron en algo. No se ve, por lo pronto, que así haya sido y si ocurrirá así con la hacendaria y la energética. No habrá ocurrido si quedan, solamente, como un aumento de impuestos a las clases medias o como el remate de nuestro petróleo.
Habría que preguntarse, además, qué tanta y qué tan real oposición son o serán, ante esos y otros termas polémicos y polarizantes, el PAN y el PRD. Hasta ahora —salvo algunas escaramuzas como la de la transparencia sindical en el Senado— los dos partidos opositores parecen caminar al son que les tocan el PRI y el gobierno de Peña Nieto.
También, por otra parte, deberíamos preguntarnos si quienes han tomado la decisión de pactar representan la totalidad de las militancias del PAN y el PRD, pues lo que ocurre en el interior de ambos parece decirnos lo contrario.
El PAN que dirige Gustavo Madero —abiertamente confrontado con el grupo afín a Felipe Calderón— ha tenido que reconocer la dramática disminución de su militancia tras el refrendo convocado los últimos días del año pasado. Ochenta por ciento de los panistas, tanto militantes como adherentes ya no refrendaron su pertenencia al blanquiazul. Es cierto: la derrota en la elección presidencial iba a ahuyentar a los oportunistas de siempre, pero de ahí a negar que haya una desbandada, como lo niega Madero, suena más a la reacción de alguien que no sabe ni por dónde lo atropellaron, que a un análisis racional de los hechos.
El PRD, por su parte, sigue dividido en relación con la firma del Pacto, avalada sobre todo por la Nueva Izquierda de Los Chuchospero rechazada por la Izquierda Democrática de René Bejarano, mas o menos afín a Andrés Manuel López Obrador. Por otro lado aparece el factor Morena que, tras solicitar al IFE su registro como partido político, inició su campaña de afiliación. Es obvio que muchos militantes perredistas migrarán hacia el Movimiento de Regeneración Nacional y también que el PRD no se desmantelará mientras siga siendo negocio para quienes lo dirijan.
Esto último, sin embargo, no justifica la reacción de Miguel Barbosa, coordinador de los senadores perredistas, quien dijo que Morena se llenará de los radicales del PRD, no de sus verdaderos militantes.
¿Acaso los radicales no tienen cabida en la democracia?, ¿acaso Morena no representa a nadie? Y, por lo tanto, ¿no tiene cabida en el Pacto o el derecho a no estar de acuerdo con él? Cuidado, senador Barbosa, porque esa posición contra los radicales no es más que intolerancia y la evidencia de que su partido entró ya en la autoritaria unanimidad tan común en el viejo PRI.
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@RaulRodriguezC.
