¿Hay futuro?
En recuerdo de
Pedro Ojeda Paullada.
José Elías Romero Apis
No cabe la menor duda de que el presidente Enrique Peña Nieto tiene preocupaciones fuertes sobre el tema de justicia mexicana. Pero, si la memoria es fiel, ésas fueron preocupaciones que, también, inquietaron a Carlos Salinas, a Ernesto Zedillo, a Vicente Fox y a Felipe Calderón. Tengo confianza en que los resultados de Peña Nieto sean mucho mejores que los de sus antecesores.
El asunto es crudo y cala muy hondo. Los recientes acontecimientos obligan a pensar, aunque sea en lo mínimo, sobre nuestra esencia y nuestro porvenir. ¿Hay un futuro para la justicia mexicana? ¿Dónde podremos reencontrar el camino?
Quizá, por eso, hace casi 15 años con la directora general, Beatriz Pagés, convine la publicación, en estas hospitalarias páginas de Siempre!, de una serie de 22 entregas intitulada El Desafío de la Justicia, donde señalábamos la innegable crisis mexicana de justicia.
En varias ocasiones, la desazón me ha llevado a refugiarme en mis recuerdos estudiantiles y en sus enseñanzas. Mucho he remembrado a Themis, a Némesis y a Cratos.
En la teología helénica existían dos deidades femeninas que representaban la norma y su aplicación. Una de ellas, Themis, simbolizaba la ley, concebida como un sistema regulatorio de la conducta de los hombres. La otra, Némesis, representaba un sistema compensatorio del comportamiento humano. Era, ésta, una figura dual. Si la consecuencia del incumplimiento era la prevista por la propia ley se estaba en presencia de una pena. Si, por el contrario, se trataba de un resultado fuera de la previsión legal entonces se estaba ante una venganza.
La ley de Themis ya, desde aquel lejano entonces, era muy vulnerable. Ya los hombres habían encontrado muchos métodos para derrotarla. La corrupción, la consigna, el abuso, la amenaza, la astucia, la trampa, la ignorancia, la pobreza, la indefensión, la componenda y hasta la política, entre muchos otros.
Pero la ley de Némesis era invencible por naturaleza. Themis y Némesis no eran hermanas pero actuaban como si lo fueran. Cada vez que la primera era burlada, engañada y vencida, la otra aguardaba al licencioso para cobrárselas, por la buena o por la mala, en esta o en otra vida, pero sin el menor descuento y, antes más, con los más usurarios réditos.
Quizá por eso identificaron a Némesis con lo invicto y lo vengativo, atributos, ambos, ajenos a los hombres porque sólo a los dioses se les consideró invencibles y sólo a ellos se les permitía vengarse.
Todo esto, que lo creí bien comprendido desde muy joven, la vida ha tardado en mostrarme la compleja sabiduría helénica, la cual yo supuse simple y sencilla, debido a mi inexperiencia e inmadurez. Como desde muy joven abracé las doctrina positivista del derecho y de la justicia, paulatinamente me fui alejando del pensamiento naturalista y deposité todas mi esperanzas en la justicia de los hombres, a la que nunca creí ver tan derrotada, tan humillada y, en ocasiones, tan odiada con lo está en nuestros días.
Porque hoy en día, muchos mexicanos consideran, con razón o sin ella, que la ley y las autoridades son las culpables de la inseguridad, de la criminalidad, de la violencia, de la impunidad y de otros pecados peores de nuestra vida colectiva.
A la justicia de los hombres he consagrado mi esfuerzo profesional y, si existe la reencarnación, lo volvería a hacer cuantas veces tenga la ocasión. Sin embargo, debo reconocer que a veces me gustaría creer en la inmanencia de la justicia. Bella ensoñación que promete una justicia que no se tuerce, que no se cansa, que no se asusta, que no se equivoca, que no se arrodilla y que no se vende.
Porque hay una relación entre poder y justicia que la sintetizo en lo siguiente. Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de la potestad jurídica. Que Cratos, ineludiblemente, es hijo de Themis.
Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Que Themis es, inevitablemente, hija de Cratos.
Para todos los juristas, excepto Hans Kelsen, el poder de la ley proviene de los hombres. Para todos los politólogos, excepto Hermann Heller, el poder de los hombres proviene de la ley. Pero yo agrego que nada impide la posibilidad de que el poder requiera de la ley para ser aceptado y la ley requiera del poder para ser aplicada.
Si esto es cierto, hoy los mexicanos estamos como el gato que perseguía su cola. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado, hoy en día, es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.
Quizá no se pueda exigir ni culpar a un gobierno por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó, o por no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, de perdida, está obligado a aplicar la ley que el propio gobierno expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.
Es muy duro decirlo pero el gobernante que no puede ni siquiera poner en vigencia sus propias leyes, está totalmente perdido. Quizá por eso, siguiendo un poco a Seymour Lipset, debemos considerar la conjunción de la legitimidad, la efectividad y la legalidad como el síndrome infalible e insuperable del estado puro de craticidad o estado perfecto de poder. Por el contrario, la ausencia de esos factores da por resultado el estado perfecto de impotencia política.
w989298@prodigy.net.mx
twitter: @jeromeroapis
