Marcela Rodríguez Loreto

José Hierro ha sido uno de los poetas más entrañables de España. Por su obra obtuvo los reconocimientos de mayor categoría que otorga su país, entre éstos los premios Cervantes, Reina Sofía y Príncipe de Asturias. Hierro, además de trabajar para la radio española hasta que alcanzó su jubilación, pintaba, y escribía sobre arte. Está circulando ya en México una selección de sus textos en torno a esta materia que publicó en diversos medios ibéricos durante cuarenta años. Por rigor —y modestia—, no se animó a denominarlos crítica sino comentarios a las exposiciones que solía visitar, advirtiendo que “El rigor en el juicio tiene sus grados. Mi escala para enjuiciar una obra se basa en unas palabras de Juan Ramón Jiménez, que dicen aproximadamente: Alentar a los jóvenes, exigir a los maduros, respetar a los viejos”. Los sentidos de la mirada (Editorial Síntesis, España, 2012), “llega tarde porque es la primera vez que se reúnen en un volumen los textos sobre arte y pintura de José Hierro, que lo convirtieron en un referente ineludible”, anota en la edición el crítico mexicano Miguel Ángel Muñoz, comisario de exposiciones de relevancia, como Miradas cruzadas. Cinco artistas españoles contemporáneos, exhibida en el Centro Cultural España, y Gabinete Gráfico. Roberto Matta a 100 años de su nacimiento, en el Museo de Arte Carrillo Gil. El rescate y la selección del material que conforman el libro obedecen al empeño de Muñoz en la consecución del mismo, es él quien a través de un breve ensayo introduce a la vida y obra de Hierro, arrancando con este verso del poeta español: “Llegué por el dolor a la alegría. Supe por el dolor que el alma existe…”. José Hierro (Madrid, 1932-2002) iba para perito industrial cuando comenzó la Guerra Civil Española; suspendió sus estudios, y se abocó a ayudar a presos políticos, motivo por el cual, finalizada la guerra, fue procesado. De 1939 a 1944 estuvo encarcelado. En prisión escribió mucho. Pertene­cía a la clase trabajadora, y al ser liberado compaginaba la escritura siendo tornero en un taller de fundición, y listero (comprobaba la asistencia de los obreros) en una constructora, hasta que se fue decantando por oficios relacionados con la edición y la escritura. En 1947 recibió un importante premio en poesía, el famoso Adonis; entre el jurado estaba nada más Vicente Aleixandre, Dá­ ma­­so Alonso y Gerardo Diego. Si Los sentidos de la mirada consistiera en críticas o reseñas de arte a determinadas exposiciones que tuvieron lugar en España, este libro carecería de interés salvo para Muñoz y tres almas. Sin embargo, el compilador tuvo el tino de elegir aquellos textos atemporales, universales, y sustanciosos. Leerlo es contar con una fuente de formación y conocimiento. Se ha mencionado aquí que Hierro era riguroso. Selectivo. No escribía a destajo ni de cualquiera. Visitaba las exposiciones, a raíz de sus visitas nutria al lector, tejía referencias en torno al artista expuesto sin limitarse a la obra exhibida. Convergencias. Los textos, por breves que sean, como demanda el espacio periodístico, son pequeños ensayos en su mayoría. Los sentidos de la mirada es el registro de cómo miraba un poeta exquisito y dotado de gracia, ahí nos deja su ángulo sobre el Alberti pintor, Miró, Picasso, Man Ray, Matta, Giorgio de Chirico, Klee, Rembrandt, Kokoschka, Goya, El Greco, Zurbarán; y los españoles más cercanos en el tiempo como Antoni Tàpies, Rafael Canogar, Torres García, Eduardo Chillida, Antonio López García, Barceló… Hay en Los sentidos de la mirada un tema que Hierro va ir desgranando a lo largo de sus colaboraciones, uno muy actual e interesante: el coleccionismo. Hierro lleva al lector de la mano y se termina comprendiendo mejor esta actividad. El libro muestra fotografías de Hierro con otros artistas y poetas (Octavio Paz incluido); Hierro dibujando; recibiendo diversos laureles; dibujos realizados por él, y una charla sostenida en Madrid entre Miguel Ángel Muñoz y el poeta español.